‘Sicilia paseada’ de Vicenzo Consolo

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Por Ricardo Martínez Llorca

Sicilia paseada

Vicenzo Consolo

Traducción de Miguel Ángel Cuevas

Traspiés

Madrid, 2016

107 páginas

Sicilia paseada

Estas son algunas de las cosas que dan belleza al mundo: las leyendas reales y todo lo que la imaginación pudo aportarlas; la herencia que va implícita en la sangre de esas leyendas y que en ocasiones fue derramada, pero por norma general es el agua con que regar las raíces. Los accidentes de una geografía que sirven para embellecerla: cabos, colinas, precipicios, reinos de cauces de ríos, laderas de vid y olivos, rastros secos y vertientes que caen hacia el mar, un mar que es concebido como una madre, un mar del que procede la vida. La pasión y aquella forma que toma la pasión más pura, que es el arte de la música, donde el arte se representa a sí mismo, donde el hombre sublima la poesía al reducirla hasta una maraña de sonidos en el que lo que importa es una única cosa, la armonía. El sabor de una lengua en la que reposan todos los sonidos que trae el viento, una lengua bien hablada, bien escrita, que está sucediendo al tiempo que el crepúsculo, ese momento que es paradoja pues vaticina muerte y hace presente la belleza. Todo aquello que simboliza vida y que sale a la luz, porque la luz es vida, incluida la luz del crepúsculo, tierna, pero también la de los mediodías del sol del Mediterráneo y de las islas del Mediterráneo, que bañan tanto como pueda existir bajo el sol de un tamiz de gasa blanca. La historia, sí, la historia que ha quedado como memoria colectiva, porque rememorarla es poner en marcha un ejercicio de imaginación y la imaginación también es hermosa o no es, es sensible o no es nada más que una relación de tópicos; y esas reconstrucciones que reflejan necesariamente lo barroco y necesariamente lo religioso, el bullicio y las loas a la Vírgen, que no son la tradición contra la que nos debemos poner en guardia, sino la certeza de la costumbre, que es una salvaguarda para el reposo, que nos garantiza descanso incluso cuando representa la sequedad bíblica, en la que el desierto es una extensión estética. El mestizaje, el cruce cultural en el que se engendra belleza, en el que las razas se aceptan y se consumen en otras razas, en nuevas razas sobre tierras legendarias. Lo misterioso que viene desde antes del conocimiento, desde antes de lo helénico, cuando las diosas tenían función de madre y la tierra tenía la función de una diosa.

Todo esto está presente en este hermosísimo libro, Sicilia paseada, que Vicenzo Consolo, uno de los grandes escritores italianos del siglo XX nos regala en forma de himno. Pues esa es la esencia de este periplo por la isla, de esta descripción en la que las enumeraciones destilan qué es lo trascendente, mientras que Consolo reproduce su vivencia con un ritmo musical que da envidia. Las aliteraciones, tan bien conservadas en la estupenda traducción de Miguel Ángel Cuevas, los tonos musicales y la viveza del texto, hacen de este pequeño libro uno de esos frascos de esencias frágiles. No sobra una palabra, no falta una nota musical. Leer Sicilia paseada es como escuchar una de las mejores composiciones de música barroca o neoclásica. Es una experiencia estética, una dicha, un descanso, un momento de fortuna.

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