‘El uso de las ruinas’, de Jean-Yves Jouannais

Por Ricardo Martínez Llorca

El uso de las ruinas. Retratos obsidionales

Jean-Yves Jouannais

Traducción de José Ramón Monreal

Acantilado

Barcelona, 2017

136 páginas

 

Hubo un tiempo en que todos quisimos ser Borges. Contra el viento de la maldición, ese que le denunciaba por preferir el orden a la justicia, quisimos escribir como él, hablar como él, saber todo lo que él sabía. Y además ser justos. Al fin y al cabo, Goethe fue quien premio enunció esa predilección por el orden. Y Borges apenas mostraba otra opinión política que no fuera la de que creía en las personas, no en los estados. Galeano contestó que nada hay más ordenado que un cementerio. La pregunta, aquí y a ahora, frente a este libro que nos hará disfrutar de la lectura como no lo hacíamos desde aquella Historia universal de la infamia, es si las ruinas, incluidas las del cementerio, son orden o caos. Son justicia o tristeza. Porque la tristeza no es, necesariamente, un mal sentimiento. Sobre el sentido de las ruinas, sobre su significado, se asienta ese punto de moral que hace de este sucesor de Borges, Jean-Yves Jouannais (Montluçon, 1964) un autor con más literatura que el maestro. El razonamiento surge de una aporía. La obra literaria de Borges, como la de Bolaño o la de Vila Matas, a quien se le rinde tributo explícito en este libro, se asienta sobre la literatura. Antes de él, había bebido directamente de la vida. Borges, o Bolaño, sustituyen a la literatura por la literatura: beben de quienes bebieron de la vida.

Jouannais retoma el pulso a la apuesta y confiesa su tributo a las ruinas. Una vez que en literatura todo está creado, parece decir, prestemos atención a las ruinas de la literatura, a lo que queda de ella, que es el terreno no explorado. El uso de las ruinas es un libro meditado, con la intención expuesta desde la primera línea, y tan exquisito como fue la obra que ahora es ruina. Y José Ramón Monreal se está convirtiendo en uno de los traductores que mejor reescriben en nuestro país.

Las ruinas son una metáfora de la nostalgia por el tiempo que nos hubiera gustado vivir. En este caso, eso sí, desde la platea, dado que en su mayor parte son paisajes después de la batalla. Son un hermoso cadáver: “una promesa de resurrección ligada a un sustrato (…) un sueño violentamente desvirtuado del romanticismo, consistente en manipular (…) a los espectros de una gloria desvanecida en el escenario de un teatro futuro, teatro esperado, casi deseado, que sólo podrá edificar la muerte”. De este modo, Jouannais nos obliga a repensar las ciudades o los monumentos que conocemos y se mantienen en pie por su potencial como ruinas. Frente a la costumbre del turista o del viajero de reimaginar las ruinas, pensando en su pasado, cuando estuvieron entero, se nos empuja hacia la paradoja de imaginar lo que se imaginaría uno que sería la ciudad si contemplara las ruinas. Un fabuloso juego de engaños y espejos: las ciudades serían más bellas si las recreáramos. Serían un espectáculo equívoco.

Jouannais no deja espacio de la historia por recorrer: Babilionia, la Alemania de la postguerra y Londres bombardeado, el paso de las tropas de Napoleón, las increíbles historias de la China clásica, la tercera guerra púnica, el imperio otomano, Tombuctú y su leyenda, Polonia como tierra de paso y conflicto, los castillos franceses y cualquier delirio de grandeza que se ve expresado no en la obra que construyeron los personajes que aparecen en el libro, sino en la obra que destruyeron. Y cada uno con distintas motivaciones para transformar un hábitat en ruinas, desde la resistencia numantina al romanticismo idiota; desde el uso (o antiuso) militar hasta la sangrienta historia de Stalingrado o Cartago; desde la autodestrucción hasta el lucimiento de ingenios bélicos; desde la fuerza que hace falta para desviar un río que diluya una ciudad, hasta la Zona Cero de Manhattan. Los personajes son tan intrigantes como magnéticos. Ahí está Julio César montando una guerra para poder escribir sobre ella, Víctor Hugo paseando o Klemperer, un filólogo, prestando atención al detalle de los papeles de plata con que los aliados engañaron a los antibombarderos alemanes, tal y como lo describe en su obra maestra LTI. La lengua del tercer imperio. Y todos ellos, el adivino y el especialista en reconstrucción, el destructor y el nostálgico, llenos de unos complejos de los que Jouannais no se atreve a dar fe. Eso es materia para intelectuales, no para la literatura.

http://www.culturamas.es/blog/2017/02/05/luz-en-las-grietas-de-ricardo-martinez-llorca/

 

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