‘Tiene que ser aquí’, de Maggie O’Farrell

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Por Ricardo Martínez Llorca

Tiene que ser aquí

Maggie O’Farrell

Traducción de Concha Cardeñoso

Libros del Asteroide

Madrid, 2017

470 páginas

Recomendación muy alta: una de las pocas ocasiones para reconciliarnos con la gran novela.

Existen las enfermedades concretas y existe una enfermedad total. Su nombre lo conocemos todos, pero se hace más y más patente al ser padre, dice el tópico, en tanto que ya debería haberse apoderado de nosotros al ser hijo, cuyo rango coloca Maggie O’Farrell (Corelaine, Irlanda del Norte, 1972) en la misma línea de flotación que la maternidad. Existe una dialéctica de las alergias, como existe una dialéctica de los vínculos fraternos y maternos. En ellos la bondad es celestial y la maldad un infierno, es decir, la relación entre padres y madres con los hijos, o entre los hijos con sus progenitores, pertenece al terreno de la teología. Lo malo es que en esta ciencia existe la tesis, la antítesis, pero no la síntesis. El virus que te da la vida es el polen que te mata. Esta historia se puede concretar en una invención con múltiples formas, pero no todas ellas se adaptan mejor a la novela que al cine. El caso de Tiene que ser aquí es de los que solo se pueden contar en forma de novela. Y no por alardes lingüísticos, a pesar de los recursos de O’Farrell y de que esa sea la especialidad de uno de los protagonistas, sino por la estructura y la complejidad cronológica, que solo puede resolverse gracias a los nombres: los de los actores y los de los lugares.

Uno puede imaginarse a O’Farrell frente a una pared en la que ha ido pegando los rostros de los personajes, los sitios donde sucede la acción, los sucesos que determinan el temperamento ocasional y toda una red de líneas rojas que unen a cada partícipe de la novela con los demás. Todo un alarde de vínculos, digno de una película en la que los detectives precisan de metros cuadrados de pared para reproducir el esquema de su investigación. Esa es la impresión que da, a no ser que O’Farrell tenga una mente prodigiosa y sepa moverse en el fichero con la facilidad de un bibliotecario con más años de labor de los que ella tiene de vida. La historia, en realidad, es muy sencilla: una pareja ha decidido, por diferentes razones, irse a vivir una segunda vida a un rincón idílico de Irlanda. Él viene de Estados Unidos, de un matrimonio fracasado, de un duelo incompleto por una hija. Ella viene de Suecia, huyendo del éxito del cine y de una pareja con el ego por montera. Lo que él oculta y los celos de ella harán de la relación otro imposible, que se resolverá, para bien o para mal, pues no desvelaremos cómo termina la novela, gracias a los hijos, los de las relaciones anteriores y los que ellos han tenido. A lo largo de la novela, el tiempo se balancea. En general durante los años de convivencia, desde su encuentro hasta su ruptura, pero en ocasiones el arco se amplia en décadas, las suficientes como para explicar de dónde viene cada uno de ellos, qué les ha construido. De hecho, los capítulos más inmediatos en los que uno de ellos es personaje central, están narrados en primera persona, en tanto que los más alejados, o en los que un tercer personaje es el centro de interés, se explican con un narrador omnisciente. Lo que parece va a obligar al lector en exceso, se transforma, a medida que pasa las páginas, en un atractivo más. La cronología es fácil de seguir y uno relaciona, inmediatamente, la necesidad de retroceder o avanzar en el tiempo.

Pero sí existe un tema que flota constantemente, que es la dificultad de hacerse adulto. Eso sucede a cualquier edad. Porque el problema de hacerse adulto no radica tanto en la capacidad para hacer una declaración de la renta o resolver con solvencia un trabajo de despacho o social. La capacidad de asumir la consecuencia de las decisiones será lo que delimite la frontera entre ser adulto y lo que sea que uno es antes, que no es necesariamente una adolescencia. La inmadurez marca, pero marca sobre todo porque uno es inmaduro si no entiende la culpa, algo que parece inevitable si uno toma consciencia de estar hecho de recuerdos. De ahí que los dos personajes centrales de la obra busquen un espacio para pensar, porque pensar es algo que solo puede hacerse sin ruido. Fuera de eso, no coinciden en casi nada que no sea el amor por los hijos. Los huecos que quieren dejar en el pasado, como si pudieran empezar desde cero, matarán como mata una alergia. Y esta ciencia es casi una teología, pues habla de la dificultad de vivir. Pero Maggie O’Farrell plantea y resuelve la obra de forma que solo pueda ser contada en forma de novela, de una de esas novelas seductoras, de casi quinientas páginas, que uno lee en un fin de semana. Lo que salva a esta novela, al margen de todos los atractivos que hemos expuestos, es, precisamente, que solo puede expresarse como un relato escrito. Un gran relato escrito, con personajes de carne y hueso como en el cine, pero construido de una manera que el cine todavía no ha sido capaz de igualar, porque no se describe igual que se ve, y la descripción, de los acontecimientos, de los lugares, de las sensaciones, de la culpa, es uno de los puntos fuertes de la historia.

‘Luz en las grietas’, de Ricardo Martínez Llorca

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