‘Muerde ese fruto’, de Aharon Quinconces

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Por Ricardo Martínez Llorca

Muerde ese fruto

Aharon Quinconces

Tolstoievsky

Alicante, 2016

140 páginas

 

La novela urbana es como un cadáver con prótesis de plástico: por más que uno se empeñe en enterrarla, una buena parte de ella no se degrada. Las razones pasan por la falsa expectativa que supone la novela urbana: catalogamos como tal a obras que suceden en las ciudades, porque las ciudades permiten reunirse a gente de diversa condición, distinto estrato social y con variados oficios, en un espacio limitado por las calles. Dado el origen, con frecuencia desconocido, de cada uno de los que intervienen, el protagonista desconfía de todos. La desconfianza se traduce en la manía de expresarse con paradojas, un juego casi cínico en el que los escritores se mueven como pez en el agua, pero un juego, al fin y al cabo, tan limitado como el espacio de las calles. Sin embargo, una novela urbana tendría que ser un ladrillo enorme en el que la principal característica fuera la que define a una ciudad: que la gente no se conoce. Mientras tanto, asistiremos a ese cadáver con más prótesis que órganos, que es la novela que reúne a gente de estirpes variadas por lo general alrededor de un cadáver. Y el cadáver suele aparecer en la primera página.

Aquí es donde Muerde ese fruto, novela urbana, se desliga de las demás, pues el cadáver aparece hacia el final del relato, y no es lo que más peso tenga en la trama o, para ser más precisos, en el desarrollo de la novela. Porque Muerde ese fruto es una novela con más desarrollo que intriga. No importa tanto si existe un culpable en la muerte de ese futuro cadáver, como las etapas urbanas por las que pasa el protagonista. Este va saltando de escenario a escenario, cada uno de ellos caracterizado por un elemento clave: la música pop, la droga, el bar que no podía echarse en falta, el hospital, las putas, el periodista y, sobre todo, el tipo de gente a la que atiende un periodista de provincias, cabezas de ratones, o de ratoncillos o de ratas, como concejales de urbanismo o toreros. Y también está a la gente que sí conoce, con bastante convicción, el protagonista, que fueron sus compañeros de instituto, con los que queda a cenar.

Todo esto, como es fácil suponer, da como consecuencia el costumbrismo. Pero un costumbrismo que está en función de algo. En primer lugar, de delatar que las relaciones raramente son buenas. Ni siquiera las de pareja. De hecho, las relaciones entre hombre y mujer suelen venir enlatadas en dominación o con la etiqueta de sexo. Y los matrimonios son una situación falaz, algo falso, algo social, que la mujer, más que el hombre, necesita creer como quien se confía al ancla en un tifón. Pero donde Quincoces da en el blanco es en la constante presencia de los ansiolíticos y las pastillas para dormir. Estas nuevas drogas son, junto al hecho de que la gente no se conoce, lo que caracteriza a la ciudad. Las neurosis urbanas te las resuelve Bayer. Por esa razón las descripciones de la ciudad que atraviesa el protagonista se atienen a las partes del cuerpo que no son prótesis: carne, sangre o virus, son algunas de las fórmulas que utiliza para relatarla. Y luego está la necesidad de denunciar el sistema sanitario, tan podrido en esta novela como en El jardinero fiel. Y que es el detonante de la acción, antes de que aparezca el cadáver.

‘Luz en las grietas’, de Ricardo Martínez Llorca

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