‘Corónicas de Ingalaterra’, de Eduardo Moga

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Por Ricardo Martínez Llorca

Corónicas de Ingalaterra. Una visión crítica de Londres

Eduardo Moga

Varasek

Madrid, 2016

307 páginas

 

Si Londres muriera, sería enterrada con honores militares del siglo XIX. Salvas con bayonetas, misa en latín con traductor simultáneo, incluido el traductor para sordos, un paseo silencioso por barrios de casas con buhardilla y gatos sobre las tapias, que evitaría las calles del Soho, aunque las prostitutas de Londres habiten ya en arrabales y sean mestizas. Lo que cuenta es conservar la fama. Las puertas del British Museum se cerrarían y un crespón negro se colgaría en cada estatua, incluida la del almirante Nelson, a quien se fotografiaría asegurando que se le veía caer una lágrima. Los policías dejarían sus nuevas gorras de plato y cuadrados blancos y azules, para ponerse el uniforme de gala, ese que lleva un orinal en la cabeza. Si Londres muriera, seguiría siendo el mismo Londres de hace siglos, el mismo Londres que visitó Julio Camba o Ignacio Carrión, un sitio raro porque los coches circulan por la izquierda y los punkies lucen crestas de gallo diseñadas por alcohólicos de cerveza negra. Sería el mismo Londres en que se jugaba al fútbol con pelotas de cuero reforzado y volvería la tristeza durante un día, de tal manera que el vaho de sus habitantes haría regresar la niebla que desapareció el día en que se puso filtro a las chimeneas de las fábricas. Pero al día siguiente el Speakers Corner se llenaría de orates, las cabinas se barnizarían para que posen junto a ellas los turistas, el Big Ben volvería a dar las horas con una puntualidad marcada por la ciencia de Greenwich, la gente sería amable y, sobre todo, se hablaría inglés. El inglés es un idioma muy extendido, a pesar de ser originario de una parte de las islas británicas. Se conoce como inglés, no como británico, una batalla que ganó Londres al mundo, como la ganaría Burgos si nuestra lengua se llamara en todo el planeta castellano y no español. Y además, Seguiría siendo un sitio caro, carísimo, excepto los museos nacionales, que seguirían siendo gratis.

En Londres, uno siempre es un invitado.

Debe existir, sí, el londinense, la persona cuyo árbol genealógico no saca sus raíces de Londres en centurias. Pero los demás, quienes se afincan para el resto de la vida o quienes pasan allí un fin de semana, siguen siendo unos invitados a esa ciudad en la que cuerpo y prótesis son una misma cosa. Eso sí, las prótesis se las ingeniaron para gestarlas cuando se inventó la literatura, y se las ingenian para mantenerlas igual de seguras. Los genuinos de Londres son aquellos que defienden que las cosas están bien como están, porque siempre han estado así. El problema para el visitante, para Julio Camba, para Ignacio Carrión, tal vez para Azorín, para Eduardo Moga (Barcelona, 1962) es cómo describir el Londres que visita. Si lo vista, pues, no puede ser otra cosa que un espectador más o menos sofisticado: desde el voyeur al peatón que no se acostumbra a que los coches circulen por el lado contrario. La crónica será costumbrista, porque muerto y resucitado, Londres es una costumbre. Y el lenguaje tendrá cierto tono antiguo, como de buena redacción escolar de los años sesenta, cuando las normas las dictaba Lázaro Carreter y se imponían en los colegios de curas. El Londres que Moga ve, es el Londres de siempre. Los encabezados serán los tópicos del lugar. En un lugar en que los tópicos dan para una enciclopedia. La mirada entre la extrañeza y el humor, porque en Londres lo que uno no pierde es la esperanza en que lo que suceda provocará una sonrisa. Da la sensación, leyendo a Moga, de que la inocencia es una virtud que se conservará siempre en Londres. Pero uno puede subirse a un pedestal o a unas escaleras para observar la ciudad. Moga no la visita en horizontal, a pie de calle, de modo que los árboles no le permitan ver el bosque. Moga quiere ver el bosque y para eso es preciso elevarse. De ahí que forme bajo sus pies un cierto empaque de conocimientos, de competencia, de orgullo se saberse una de las personas mejor preparadas para transmitirnos qué o quién es y ha sido, por los siglos de los siglos, Londres.

‘Luz en las grietas’, de Ricardo Martínez Llorca

 

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