‘En el barco de Ise’, de Suso Mourelo

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

En el barco de Ise. Viaje literario por Japón

Suso Mourelo

La línea del horizonte

Madrid, 2017

214 páginas

 

La tentación es irresistible: “Mañana parte un tren a la memoria”. Esa es la conclusión de alguien que pasa por Japón sin dejar de beber sake, pero con una suerte de concepción del sake como bebida espiritual: donde otros reconocer en alcohol, él ve alma. En el acto de beber sake hay mucho de ritual compartido y lo que se comparte, si es algo realmente común, solo se puede hacer en armonía. El verbo tal vez sea comulgar. Pero dadas las referencias a que este nos remite, uno no se atreve a exponerlo con precisión. Y, sin embargo, de eso trata este libro delicioso, de comulgar, de poner en común la presencia en Japón de un viajero, Suso Mourelo (Madrid, 1964) y los habitantes de un país que va conociendo sucesivamente, sabiendo que jamás formará otra parte de él que no sea el impulso de la curiosidad y el reflejo del respeto. Así lo expresa al inicio del libro y antes de poner pie en el territorio habitado por japoneses: “Esos pobladores van a ser el domicilio de mis miradas; sus palabras, el rumor de mis oídos. Ahora solo deseo vagar. Ser vagabundo, como los monjes y los poetas, antes de partir a donde empieza el viaje”. Ahí está de nuevo la acepción de comulgar, algo propio de los monjes, incluso de los monjes de clausura, quienes rezan para hacer del mundo un lugar mejor, que es tanto como decir para poner en armonía el Chí. No siendo monje, quedan los poetas.

Mourelo decide seguir los pasos que algunos escritores japoneses exponen en sus obras. Mishima, Tamizaki, los anónimos creadores de Haikus y Tankas y, por encima de todos, Kawabata. Su anhelo, en el que no existe el menor atisbo de violencia por mucho que reconozca su preciosa inutilidad, es comulgar con el gusto por la belleza, y en consecuencia por la ética, al estilo japonés. No hay amor más puro que el amor platónico. Japón es el país donde se expresa la violencia en los cruces de calles superpobladas de Tokio o en cómics manga de baja estofa. Junto a ese Japón, convive el de cada persona, que hace de su aura un reino en el que está conciliado con el oficio de vivir. Mourelo se comportará y escribirá como sueña que hacen los japoneses que, al margen de la violencia o determinación laboral, por ejemplo, es el país donde el respeto a los bosques se retrotrae a siglos. Las primeras leyes que se imprimieron para proteger las flores de los cerezos, datan del siglo XV. Para ello no se agrupa con masas, sino que define su paciencia, y la de su compañero, en encuentros con gente de clase media, sin diálogos que atoren la lectura intentando deslumbrar. Los sentidos, los cinco, se ponen a la vez en juego para definir algo sencillo, como la presencia de un río. Porque solo en lo sencillo, entiende Mourelo, puede aproximarse a algo que nosotros llamamos síndrome de Stendahl, y que termina por reconocerse como la humildad del otro, que se traducirá en la humildad de la escritura de este hermoso libro.

Las limitaciones de la palabra son otro de los temas que aparecen permanentemente. No todo lo que se siente se puede traducir al lenguaje. Y mucho menos cuando se busca lo japonés que convive con el Japón globalizado, eso que es melancolía, porque tanto de presencia como de pasado. Y mientras tanto, Mourelo camina por senderos y calles de Japón. Pero caminar, como en los principios de Thoreau, es sinónimo de delicadeza. Hasta el punto de que la locura sucesiva de Tokio será un poema. Para ello basta con definirlo en dos o tres frases. ¿Qué es comulgar para Mourelo? Comulgar es convivir a la vez con la meditación y las palabras. Ese es el efecto de este poema que se titula En el barco de Ise.

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