‘Regreso a Berlín’, de Verna B. Carleton

Regreso a Berlín

Verna B. Carleton

Traducción de Laura Salas Rodríguez

Errata Naturae y Periférica

2017

405 páginas

 

A partir de un viaje a Alemania que la autora hizo con su íntima amiga la gran fotógrafa Gisèle Freund, Verna B. Carleton tuvo ocasión de conocer el ambiente alemán tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial y el comienzo del llamado “milagro alemán”. Hay mucho de ruinas y mucho de rejuvenecimiento, lo cual es tanto como decir que hay mucho de melancolía en una etapa en la que, obligados a pasar página, los actores secundarios son melancolía en la juventud, derrota en la lucha, dignidad en la pérdida y necesidad de seguir respirando durante la búsqueda de ilusión. La narración, en primera persona, coloca la mirada en una periodista norteamericana que se encuentra a bordo de un viejo barco italiano que navega por el Caribe recogiendo pasajeros para Southampton y Génova. En el barco conoce a un matrimonio inglés que regresa a su país, Nora y Eric Devon. Desembarcados en Inglaterra, la narradora, y nosotros con ella, pues ya somos parte de la tensión narrativa, decide acompañarlos en un viaje a Berlín.

A diferencia de los referentes que designan los editores, Graham Greene o Somerset Maugham, la tensión narrativa proviene de la definición. Nos explicamos. Greene mantiene tensiones en los conflictos morales de los personajes, muchas veces definidos por el reflejo religioso o pseudoreligioso, y Maugham lo fía casi todo a su solvencia magnética, a la inevitable preocupación que sentimos por la suerte de los personajes. La historia que leemos está tan bien construida como la mejor de los maestros y, tal y como hemos expuesto, enseguida acompañamos a los protagonistas, porque es inevitable la empatía y hasta la compasión: no solo comprendemos sus sentimientos, sino que los sentimos. Y para eso es necesario mucha sensibilidad, lo cual quiere decir mucha inteligencia. Todo está en función de la idea base: cómo renacer, cómo resurgir desde el año cero.

Eric, que casi sin querer pasa a ser el actor más importante, es un hombre lleno de prejuicios y rencores, producto de la narración que conoce, tal vez de la mentira que validaba el exilio y de la muerte en la cárcel de su padre. Viaja a Berlín, con la familia en la cabeza, como un tumor, y ni siquiera sabe dónde vive su hermana Käthe. Visitan la vieja casa familiar, convertida en escombros. Buscando en la guía telefónica encuentra su apellido en una dirección que le sorprende, pues se trata de la casa que compró su padre, a la que se mudaron y que suponen confiscada por los nazis. Deciden acudir a ver quién la habita. Es allí donde conoce de primera mano a su tía Rosie. Rosie, que para Eric es la traidora, la que abandonó a la familia a su suerte, apoyada en su marido nazi, la que regentó las llaves de la delación a los de su sangre. A partir de aquí, sucede un cambio dramático que hará de la tía Rosie el personaje más principal de la novela, a su pesar y a pesar de la distancia desde la que la conocemos, pues seguimos tras la mirada de los ojos de la narradora, que acompaña a Eric, un recién conocido.

La novela se convierte entonces en un viaje en el tiempo, un viaje espiritual, físico, emocional y por tanto emocionante, en el que Eric se adentra en “el otro lado”, el que él no vivió y que reconstruyó, del que se hizo una composición de lugar en la que el odio tuvo protagonismo fundamental; es aquí donde más se acerca a Graham Greene, en la obligación a mantener una doble visión sobre los hechos, a proyectar la interpretación desde dos ángulos, ambos sufrientes: el exilio y la derrota de quien sufrió el régimen nazi. Como en Greene, la decencia y la dignidad no son blanco y negro, aunque a los protagonistas, y a nosotros con ellos, les gustaría que fuera: así no se verían forzados a la lucha interior. Todo es más sencillo cuando solo hay rencor, o incluso solo hay miedo: porque el rencor y el miedo dictan fácilmente las normas éticas y heroicas. Pero la supervivencia no es una moral tan sencilla. La tortura interior de Eric, también nos remite a Maugham, sobre todo por el desconcierto, ese no llegar a ver toda el alma del protagonista, o de los protagonistas: Eric y su tía Rosie.

Todo lo demás que cabría decir, es que la novela es un artefacto perfecto: por su estructura, por su escritura, por su sinceridad, por las calidades de la moral que fluyen y por la sensibilidad, es decir, por la inteligencia, de su autora.

Sinopsis

Como las viejas y buenas historias, esta fascinante novela comienza en un buque repleto de pasajeros muy distintos entre sí. Tras un largo viaje por el Caribe, lleno de conversaciones y complicidades, el londinense Eric Devon, su esposa Nora y una lúcida periodista estadounidense deciden viajar a un Berlín que se recupera de los desastres de la última guerra y de los perversos efectos del nazismo. Vacilante y presa de los fantasmas de otro tiempo, Eric, por fin, se enfrentará allí a su pasado, oculto durante décadas.

He aquí una magnífica historia entre el «año cero» (recordemos la famosa película de Rossellini Alemania, año cero) y el llamado «milagro económico». En una ciudad devastada por la guerra, pero llena de vida, a nuestros protagonistas les espera aquello que, quizá demasiado sencillamente, llamamos una gran sorpresa. Nada es lo que parecía ser: Eric irá asistiendo, página a página, capítulo a capítulo, a una serie de revelaciones que lo harán cambiar para siempre.

Este impresionante viaje en el tiempo ofrece una inédita y refrescante visión del Berlín de finales de los años cincuenta. Tan poderosa y seductora que transforma nuestra propia perspectiva de esa parte de la historia, entre los escombros y la reconstrucción, con sus alegrías y su oportunismo, con sus miserias y sus remordimientos. Y lo hace de un modo muy refrescante y más allá de cualquier cliché.

Regreso a Berlín podría ser una historia de Somerset Maugham, pero no lo es. O de Graham Greene, pero tampoco… Eso sí, tiene todo lo que nos gusta de estos dos escritores (la potencia narrativa, el misterio, el perfecto análisis de los personajes, las disquisiciones morales) y también la sutileza y la inteligencia femeninas de Verna B. Carleton, uno de los grandes nombres secretos de la literatura de su época.

VERNA B. CARLETON

De madre inglesa y padre de ascendencia alemana (ella nunca quiso usar su apellido paterno, Von Kessler), nació en 1914 en New Hampshire, Estados Unidos, y se casó en México —con Frida Kahlo y Diego Rivera como testigos—, donde vivió durante la Segunda Guerra Mundial y donde frecuentaba los círculos artísticos de los exiliados alemanes. Allí se hizo amiga de los grandes escritores Anna Seghers y Egon Erwin Kisch. Escribió artículos para diversos medios, como el Saturday Evening Post o The New Yorker. En París, su hogar adoptivo, había conocido a Sylvia Beach y a Walter Benjamin y se había encontrado con muchas personalidades de la vida literaria. Hasta su muerte, en 1967, fue amiga íntima de la fotógrafa Gisèle Freund, a quien acompañó a Alemania en 1957. Regreso a Berlín, su primera novela, recibida con entusiasmo en su época, se inspira en aquel viaje: Freund se había exiliado de su país en los años treinta debido al nazismo; para ella, volver a poner un pie en territorio alemán era una difícil decisión vital: de Alemania y los alemanes no quería saber nada, pero tampoco lograba librarse de sus recuerdos. Verna la alentó a hacer aquel revelador viaje… que también era, en realidad, una búsqueda de su propio pasado.

Nos hallábamos a sólo unas cuantas horas de Fort Lauderdale, Florida, perdidos en el doloroso fulgor del sol implacable, sobre un ofuscado mar tropical, cuando conocí a los Devon.

El Caribe, un viejo barco italiano (de un blanco sucio) que cubría la ruta Southampton-Génova-Venezuela, era el tipo de nave en la que uno embarca no por propia decisión, sino por necesidad acuciante. Quería pasar el verano en Europa, y el único pasaje disponible a última hora (la arrebatada furia turística de julio de 1956) se encontraba a bordo de aquel vapor voluminoso pero aún testarudo. Para cuando yo embarqué, sin embargo, el Caribe llevaba días enteros errando por el suave mar que le daba nombre, recogiendo pasajeros holandeses en Curazao, británicos en Jamaica y sudamericanos y españoles en La Guaira, junto con una surtida variedad de otras nacionalidades, gracias a las cuales se formaba un coro tan desconcertante de lenguas que nuestro comedor parecía una asamblea de las Naciones Unidas durante una crisis particularmente turbulenta.

En contraste con la multitud colorida y palpitante, aquella silenciosa pareja británica daba la impresión de estar completamente perdida, fuera de lugar. Me los encontré 9 acurrucados el uno contra el otro en un banco de la cubierta superior, mirando desconsolados hacia la minúscula piscina, que a aquella hora era un hervidero de niños que chillaban y se arracimaban allí como abejas de vuelta a la colmena. Cuando me acerqué, ambos levantaron la vista con rapidez, como si saludasen cualquier interrupción con cierto alivio.

—Esto está horriblemente atestado, ¿verdad? —dijo la mujer, mientras una sonrisa asomaba a su rostro pálido, anguloso y algo tímido.

—Terriblemente —respondí—. ¿Llevan mucho a bordo?

—Cuatro días —dijo—. Embarcamos en Kingston. El consignatario de buques nos dijo que era un barco encantador, perfecto para el reposo. Lento, sí, pero…

—Eso mismo me dijeron a mí. —Recordé el deleite con el que había visualizado una larga y serena travesía por el Atlántico, una tumbona extendida en cubierta, los chillidos de las gaviotas—. Lo cierto es que vamos a bordo de un barco de inmigrantes que transporta a trabajadores de un lado a otro entre Europa y Sudamérica.

—Y en qué condiciones tan horribles —exclamó la mujer llena de indignación—. Verá cuando baje al agujero que lleva por nombre «tercera clase» y vea cómo han hacinado a los pobres jamaicanos que van a trabajar a Inglaterra. ¡Como ganado, con este calor! —Se quedó un momento esperando, como si pensase que su marido iba a añadir algo, pero no fue así—. Cuando llegue a casa voy a escribir una carta a The Times para protestar. De verdad. Es una vergüenza.

«Con gran dominio, Verna B. Carleton nos conduce a través de complejas relaciones familiares, concede a sus personajes la posibilidad del cambio y los dota —sobre todo a las mujeres— de inteligencia y coraje. De este modo, consigue un espectacular retrato de toda una generación en un país destrozado por la guerra. Un país que debe, laboriosamente, reconstruirse, reinventarse y ajustar sus cuentas con la culpa». Christiane Schwalbe, neue-buchtipps.de

«Verna B. Carleton apuesta por la potencia del diálogo, por la consistencia psicológica de los personajes y por una fascinante estructura de la trama… Una lectura apasionante». Christiane Florin, Deutschland Funk

«Una obra de tal humanidad que no podemos dejar de asombrarnos una y otra vez… Un hallazgo fascinante». Tanya Lieske, WDR

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