‘Los senderos del mar’, de María Belmonte

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Los senderos del mar. Un viaje a pie

María Belmonte

Acantilado

Barcelona, 2017

229 páginas

 

Que viajar es un estado de ánimo es algo que nos resulta familiar. No tanto pensar que lanzarse a caminar a pie es un acto de subversión. Por más que nos lo recuerde cada línea y cada homenaje a Thoreau, tan recordado, no sin melancolía, en estas fechas. Y eso incluye, de alguna manera, este libro de María Belmonte, que ya nos demostró que sabe seguir los pasos de otros peregrinos con un juicio en el que las sensaciones son el alma. Peregrinos de la belleza, su obra anterior, es uno de esos libros que deben figurar en cualquier estantería que se precie de un buen criterio ético: Thoreau, Rushkin o un Sutra del agua y la piedra son algunos de los principios sobre los que se asientan los pasos que María Belmonte está dispuesta a dar. Existe, sí, cierta obsesión por el Romanticismo. Hasta el punto de que Belmonte es capaz de trazar con su escritura figuras góticas, casi fantasmas: acantilados, castillos, iglesias, playas… todos ellos en silencio o interrumpidos por una aparición fugaz, casi un fantasma. Vientos invernales, aguas marinas, plantaciones arbóreas, morada de espíritus silvanos e incluso el tremendo misterio de la vida que supone ver de cerca el musgo, nos remiten a lo gótico y a lo romántico. Pero también a una referencia que ella sabe inalcanzable: Robert MacFarlane. El gran escritor británico autor de Las montañas de la mente o Naturaleza virgen, cuya búsqueda del recodo puro abarca cualquier escala, desde la sideral a la entomología. MacFarlane es inimitable.

María Belmonte lo fue, pero aquí es más humana que en su obra anterior: su proyecto, sencillamente, es más pequeño. Describe su ruta y menciona a quienes por allí pasaron, como si la historia se pudiera respirar. Aunque al trabajo final se le notan un poco las costuras, sabe que uno no es dueño de su proyecto de vida, de su proyecto literario, hasta que no consigue ponerle nombre a la Creación. Así, con mayúsculas. Y eso es lo que ella hace, ir nombrando lo que le sale al paso y recibe por cada uno de los sentidos. Tanto científica como divulgativamente. El sentido de la Creación no es otro que el crear para uno mismo. Hasta tal punto que para ello es precisa la paciencia, pero también el silencio y en ocasiones la inmovilidad. Belmonte considera que esa actitud es una actividad. Su ánimo es el de los caminantes peregrinos del siglo XVIII o del XIX, pero reniega de lo industrial, del XX y el XXI. Lo cierto es que los últimos ciento y pico años de la historia de la humanidad han hecho complicado que uno consiga relajarse. Esa es la terapia que Belmonte busca al caminar. Aunque escriba con lugares comunes, presta atención a lo que pueda contener una promesa.

Ya lo sabíamos de esta autora que tanto promete: ha decidido que es mejor vivir en el pasado. Hoy, que Thoreau o el mito de Thoreau es más necesario que nunca, como lo son los de los Sutras, no sobra ninguna mención a ello.

 

Martínez Llorca y sus grietas de luz

 

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