‘Lobo negro’, de Nick Jans

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Lobo negro. Historia de una amistad salvaje

Nick Jans

Traducción de Miguel Ros González

Errata Naturae

Madrid, 2017

407 páginas

 

Existen miles de tratados sobre ética y millones de discusiones morales que se ramifican hasta formar selvas de discursos, sentencias, comunicaciones, volúmenes y enciclopedias. Sin embargo, la ética solo tiene una raíz, que nadie menciona, y esta es el cariño. Mientras filósofos o eruditos, o teólogos o Don Nadie se anda por las ramas, ahí arriba, en el espacio, aquí en la tierra, una caricia es el don supremo de la ética, porque hace presente al otro. Una caricia o un beso son una muestra de cariño. También una mirada. Porque la mirada es el alma y no oculta ninguna farsa, como la puede ocultar el lenguaje. De eso trata este hermoso libro, del cariño como la raíz de toda ética. El planteamiento, por lo demás, es muy sencillo: Nick Jans, reportero y fotógrafo de viajes, unifica en su voz la de todo un pueblo que se encariñó con un lobo negro que, a lo largo de varios años, se acercaba a las lindes de la ciudad de Juneau, la capital de Alaska. Desde el primer encuentro entre el hermoso y temible animal salvaje con una perrita labrador del propio Nick Jans, hasta la fortuna de familias enteras que aprendieron a reconocer la parte humana de lo salvaje, nuestro ser como naturaleza, en el respeto hacia el lobo. El mismo que el lobo mostró hacia los habitantes de Juneau y los perros domésticos.

Jans vive en el límite de una ciudad cuyo entorno ya es una inmersión en la naturaleza. Alaska tal vez sea la última frontera para el hombre, desde el momento en que lugares como la Antártida no pueden ser habitados. Juneau está rodeada por el mar, las montañas, un glaciar, lagos y frío, mucho frío, el suficiente como para mantener helada la superficie del lago durante meses y meses. El lago se convierte, en buena medida, en uno de los lugares de recreo para los habitantes de Juneau. Y es allí donde aparece ese solitario lobo, una representación de la parte buena que hasta el diablo de los cuentos de hadas puede tener. Jans es un experto naturalista y mide mucho su acercamiento al lobo y su contacto con él durante el tiempo en que la convivencia se mantuvo. Hubo otros naturalistas que quisieron mantener un vínculo más frecuente, y, como no podía ser menos, la fama de lobo se extendió hasta el punto que, en ocasiones, demasiada gente lo veía como una atracción de feria. Pero Jans y sus amigos, y la mayor parte de la población, reconocen que hay un espacio entre la naturaleza doméstica y la naturaleza salvaje, y que este lobo es una prueba de ella. En cierta medida, la pregunta que surge, una y otra vez, es semejante a la nos planteamos al leer Frankestein o ver Blade Runner: ¿qué es lo que nos define como humanos? No basta una partida de nacimiento, pues existe más humanidad en otro tipo de creaciones que en muchas personas. Al igual que existe más naturaleza, y por tanto más ética, más vida, en este lobo negro que en el cazador desleal, vanidoso y grotesco, sin duda un cóctel peligroso de traumas y complejos, que termina por aparecer y mandar lo salvaje a la mierda.

Al contrario que en otros libros de similar planteamiento, aquí no es un hombre quien decide convivir con la naturaleza. Aquí lo salvaje se acerca al lugar donde vive el hombre. Falla, pues, ciencias como la etología. Lo cual facilita que surja algo tan querido como es el misterio. Jans no resuelve el misterio. De hecho, no cesa de incrementar las dudas a lo largo del libro. Hay muchas conjeturas, sí, pero solo una certeza: que la raíz de cualquier valor ético es el cariño.

Martínez Llorca y sus grietas de luz

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