‘Japón perdido’, de Alex Kerr

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

http://tanaltoelsilencio.blogspot.com.es/

Japón perdido

Alex Kerr

Traducción de Núria Molinés

Alpha Decay

Barcelona, 2017

290 páginas

 

Si los amantes de Japón son sensoriales, como afirma Alex Kerr en contraposición de los amantes de China, que son intelectuales, el problema es cómo construir un libro sensorial con la herramienta intelectual del lenguaje. ¿Cómo consigue que nos lleguen las sensaciones? La solución es tan sencilla que da envidia: este no es un libro de viajes ni una secuencia de ensayos, Japón perdido es un libro narrativo, esencialmente autobiográfico, una confesión de las filias de Kerr. Su admiración por Japón es sobre todo sublime. Existe un Japón sublime, que es cada vez más escaso. De ahí que este libro tenga también su punto de elegía. Ese Japón exquisito, delicado, que vemos representado con más frecuencia en las imágenes del pasado, es en el que Kerr desea vivir. Hasta el punto de aconsejar a sus amigos visitar Japón con tapones para los oídos, que se utilizarán durante la estancia en los templos del silencio. Todos conservamos la idea espiritual de las pagodas y los ambientes de meditación, pero la realidad es que no son impermeables al ruido del tráfico.

Kerr, que sabe que no se puede ser sublime sin interrupción, hasta el punto de confesar haber trabajado diez años para un promotor inmobiliario americano, comienza lamentando la pérdida de la naturaleza. Japón fue el primer país que tuvo leyes de protección de los bosques. Sin embargo, es un país en el que ocurren anécdotas como la que confiesa Kurosawa cuando le preguntaron por qué había elegido cierto plano en la película Ran: “Si abro el campo hacia la derecha”, contestó, “sale un aeropuerto. Si lo hubiera abierto hacia la izquierda, una autopista”.  De ahí que considerando que se ha perdido la gran guerra, quiera encontrar con la armonía del buen Japón en detalles, en instantes que todavía difieren de las convenciones occidentales: un suelo de madera, una pared de pergamino, un pescador lanzando la caña, un actor de teatro clásico… a la par que lamenta los atavismos de esa civilización, mayormente los sociales, como la imposibilidad de hacer amigos en la edad adulta o la educación sin emociones que se practica. Kerr lamenta la falta de interés por la herencia cultural y viene a sugerir que el país se está estrangulando a sí mismo. La sociedad laboral es piramidal y por tanto enferma.

Pero el libro no es un desgarro. Kerr hace toda una demostración de amor sano, amor por la sofisticación y la delicadeza, por los pequeños momentos en que las pequeñas plenitudes sirven para justificar haber vivido hasta entonces. De hecho, intuye cierto fracaso neoliberal porque las teorías de los Chicago Boys chocan contra fundamentos japoneses. Entre otras razones, porque en Japón se vigila hasta el extremo el impacto de cualquier cosa que venga del exterior. Todo esto lo expresa con el orgullo de haberlo aprendido desde niño, y así nos va explicando cuál ha sido su larguísima relación con Japón y con otros países de Asia. Asia, todos los sabemos, es la región simbólica del misticismo, de la espiritualidad, pero esa sensación debe vivirse. Y a Kerr, coleccionista de arte, le importa lo que ve en el camino, no llegar hasta el final. En este Japón perdido, Kerr consigue que el cariño por un pasado que todavía se puede rescatar, sea una ceremonia.

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