‘República’, el primer cisma

Por Jakub Nowak.

El parentesco entre la literatura y la filosofía, aunque sin duda bello, con total certeza no constituye un enlace sencillo. Es una relación complicada, una de esas interacciones mutables entre el amor y el odio digna de una telenovela con más temporadas que Los Soprano, como la de Ross y Rachel en Friends o la de Walter White y la moral en Breaking Bad. Recordemos, sin embargo, que en su concepción no fue así. Los primeros filósofos se valían del verso como vehículo de sus ideas, y la autoridad moral en el mundo helenístico recaía sobre los poetas. Sin mencionar tensiones no muy relevantes, podríamos continuar nuestra metáfora cinematográfica con un capítulo piloto consistente en un idilio literario-filosófico de siglos de duración, y cuyas idiosincrasias autorizan a Heráclito a usar pies métricos con el mismo arbitrio con el que permiten que Homero eduque al pueblo heleno en la verdad. Pero la escalación de las tensiones, otrora irrelevantes y cada vez más ostensibles, devino en un final inapelable.

Aquel final lleva el nombre de República. Nacida hace alrededor de 2400 años de la mano de Platón, fue la piedra angular del anunciado cisma entre la literatura y la filosofía. Si bien es cierto que la crítica de Platón hacia los poetas no es un aspecto novedoso de la obra, pues sus rastros están presentes en otros textos, es en la República donde presenta sus acusaciones de la manera más directa y donde niega a los poetas un lugar en su Estado ideal. Un ostracismo que, tanto para la literatura como para la filosofía, supuso un antes y un después.

Es también en la República donde debemos rastrear una explicación para la incansable querella de Platón contra los poetas. Partiendo de la búsqueda de la verdad como regla que de manera ontológica abarca su pensamiento filosófico, debemos entender su rechazo de la poesía no como un rechazo de la poesía en sí, sino como intento de solucionar los problemas que supone la poesía en relación con la ética, la estética y la política.

Esos problemas radican en la dualidad expresada por la tan famosa alegoría de la caverna (libro VII de la República). Siguiendo la lógica platónica, la verdad esencial no puede hallarse en el mundo sensible al ser este cambiante. Existen, pues, dos mundos: el de las ideas y el sensible, que es copia (mimesis) del primero. Por tanto, en conocimiento de la verdad no está en las copias, sino en las ideas. En ello reside precisamente lo nocivo de la literatura, pues la labor del poeta consiste en una segunda mímesis: los poetas imitan acciones y objetos del mundo sensible, que no contienen la verdad de los modelos, no tienen contenido epistemológico.

Recordemos que en la Grecia antigua la literatura configuraba en su totalidad el imaginario social. Para Platón, quien entiende que la sociedad debe subordinar al individuo a lo colectivo – por lo que, evidentemente, requiere de una buena educación – la poesía se convierte en enemiga del bien público. El filósofo acusa a los poetas de aprovechar la naturaleza mimética de la poesía para proponer modelos de influencia negativa en la sociedad, todo ello bajo el abrigo de una verosimilitud que hace que lo descrito parezca verdad, aunque su relación con la verdad haya quedado diluida en la múltiple imitación. Arremete además contra la dimensión alegórica de los textos, que hace que el ciudadano pueda interpretar literalmente textos con un significado distinto.

La solución planteada por Platón para los problemas que acarrea la poesía consisten en una censura de la misma, permitiéndose sólo aquella que pueda favorecer un desarrollo correcto del ciudadano. Más allá de la variación que sufriría la influencia del mito en la sociedad helena (tan sólo ese desarrollo podría dar pie a muchos artículos mucho más extensos), la importancia de la expulsión de los poetas es simbólica. No sólo porque la República supusiese un ataque a la literatura por parte de la filosofía que pocas veces volvería a suceder con tanta fuerza, y probablemente nunca con tanta intención. Sobre todo, por el hecho de haber supuesto una ruptura sin precedentes. La primera ruptura entre filosofía y literatura en Occidente.

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