‘El hijo del héroe’, de Karla Suárez

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

El hijo del héroe

Karla Suárez

Comba

Madrid, 2017

340 páginas

 

Si hablamos de fragmentos de vida cotidiana que sólo se vuelven importantes cuando descubrimos que se han ido, hablamos de ti, de mí, de él, de nosotros, de cualquiera que no precise de una esquizofrenia o un cociente intelectual de doscientos para destacar. Hablamos de un profesor de secundaria que tiene una familia, por ejemplo. O un enfermero. Cuidan a su mujer como ella les cuida a ellos y quieren a sus hijos, les riegan, les protegen de las plagas. Hablamos de una literatura que es buena porque no hace daño. Nada de jugar con el lector a un cuadro de Escher entre la estructura de la novela, ni de intentar que la llaga sea más tierna y carnosa que las de otras heridas. No. Hablamos de nosotros y del día en que tuvimos la mala suerte de que llamaran a nuestro padre, un reservista, para que defendiera una causa en el otro lado del mundo. Una causa justa, una causa noble. O al menos no para convertirse en un sicario de las finanzas o del IBEX 35.

Karla Suárez (La Habana, 1969) parte de una familia en la que el padre fallece en Angola, junto con otros militares cubanos, en una lucha en la que solo existe una idea posible de la gente, del desfavorecido. Jamás habrían apuntado a un enfermo, a un anciano, a un mendigo, como hacen los bancos y los accionistas de Monsanto. Esa Cuba sigue siendo una patria en Karla Suárez, pues a pesar de los años que lleva viviendo en Lisboa, no ha perdido el oído de la isla. Siempre imaginamos a la gente de Cuba con un cimiento en el ritmo y otro en la incertidumbre, siempre en una situación a punto de desplomarse y, por tanto, siempre aprendiendo. Como tantas novelas que han salido de ese país, esta es una bildugsroman. Una serie de tipos tan raros como creíbles que descubren el amor, la muerte y la faceta terrible de la muerte que es la desaparición, que viven como si no tuvieran planes y así inventan una memoria. Al menos esa es la sensación que transmite la novela, sobre todo en su primera mitad.

Vivir es tener vínculos con los demás. Uno utilizaría la palabra amor si no hubiera desgastado su sentido arrastrándose entre tanto manual de autoayuda. Pero eso es lo que practican los personajes de esta novela. Quererse. Y así, sabrán que es bonito haber vivido. Por ejemplo, el padre da la sensación de estar cada cierto número de páginas volviendo a marchar a Angola. Y la despedida es triste, pero es amor, es vínculo, es vida. De ahí que nuestro narrador sea crisálida. Sabemos que se transformará. Y en la segunda parte tendrá que demostrar que ha sido capaz de transformarse, cuando sus decisiones sean de adulto, cuando emigre a Lisboa y a Berlín, para acabar siendo alemán casado con una peruana. Esta crisálida tiene que aprender a dejar de vivir todo como si fuera un drama, a través de la desaparición de su padre, hasta el punto que esa emoción le oculta a sí mismo: todos le conocen mejor de lo que se conoce él. Incluido ese amigo autoexiliado en Lisboa, que cometió el crimen de enamorarse de una angoleña siendo soldado. Porque Angola, sí, ha sido un país o una guerra, o un hecho o unos años, que marcaron a Cuba y a su población mucho más de lo que hasta ahora nos habíamos imaginado. Karla Suárez viene para recordárnoslo. Y lo hace con mucha elegancia.

A favor de la luz

 

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