‘Viaje por Europa’, de Lampedusa

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por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Viaje por Europa. Correspondencia (1925-1930)

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Traducción de Juan Antonio Méndez

Acantilado

Barcelona, 2017

200 páginas

 

El aristócrata que entendió que para hablar de la decadencia de la aristocracia tenía que crear un personaje canalla, el autor de El Gatopardo, resultó ser un esteta dotado con un fino estilo de humor, aunque el adjetivo suene a tópico. Este libro, una edición cuidadísima, llena de acotaciones precisas y erudición, es una muestra de un talento que le costaba gastar. Ignoramos por qué fue tan rácano con la creación, alguien con tantísimo talento. Pero al menos estas cartas y postales nos vienen a reconciliar con el decadente aristócrata que se tenía por gourmet de todos los sentidos, sobre todo de la vista. E incluso a quien no le importaba caer en contradicciones extremas, como los elogios a la vida en la campiña inglesa, con su paisaje a lo Constable, para a continuación referirse a Berlín, la ciudad que solo es ciudad, como la gran fuente de vida en ebullición.

En cualquier caso, se agradece esta sinceridad tan mediterránea, pues no esconde que cree que Palermo es el centro del mundo y que cualquier lugar, objeto o persona deben ser calificados, catalogados y valorados con los criterios sicilianos, que son el pozo de la moral mediterránea. Su fe en una época y en una casta no es impermeable, pero tampoco móvil, como demuestra al cotejar las políticas europeas con Mussolini. O a la gente con las estatuas, donde Bellini es lo sublime. La mayor parte de la correspondencia, dirigida a sus primos, los Piccolo de Calanovella, parte de Londres, “un bosque en el junto a los tristísimos árboles también han crecido casas”. Allí comienza su búsqueda de piezas de arte y estampas, como las que ve en su desplazamiento hacia el norte, en la región de York, “ateniéndose sobre todo a las venerandas sedes de las catedrales, a las serenas ciudades de los estudios”.

El Monstruo, que es como se refiere a sí mismo en tanto que viajero, no perdona el aspecto antipático, pero respeta la urbanidad. Así, bipolar, escribe con lo que llama fervor, que no es otra cosa que una declaración obsesiva por el buen gusto. Mientras regatea por porcelanas y artesanías, mientras elogia el paisaje escocés y su toque féerico, está en contacto con la clase alta, se muestra exquisito y cristiano. “Tratar con los ingleses da gusto: son corteses y expeditivos, y su aparente estupidez es sólo inmensa e irrefrenable timidez”, terminará por dictar, aunque entre paréntesis. El Monstruo, mientras tanto, es incurablemente literario. Describe películas mudas y sonoras, pasa de largo por París, por ese tumor benigno que supone Suiza en el mapa de Europa y más adelante llegará a Berlín, una ciudad que ejerce perversa fascinación, sobre todo en contraste con la vieja Europa que ha recorrido hasta llegar allí, un terreno casi vacío sobrevolado por la nostalgia. De Berlín, destaca los hombres extraños que la pueblan, cuyo oficio podría ser cualquiera, incluido el de espía. En cuyo caso el 90% de la población trabajaría para los servicios secretos de otro país.

El libro termina con unas cartas breves a Massimo Erede, apuntes, postales, y con un par de cartas familiares, en las que reserva la ternura para su madre y la frialdad para sus tías. Y con ganas, por parte del lector, de que alguien descubra algún otro párrafo enterrado de este gran autor de tan poca producción.

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