‘Pachinko’, de Min Jin Lee

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Pachinko

Min Jin Lee

Traducción de Eva González Rosales

Quaterni

Madrid, 2018

543 páginas

 

Detrás de una palabra tan sugerente como Pachinko, se oculta la ludopatía. Pachinko es el nombre de unas máquinas de juego muy populares en Corea y Japón, al menos muy populares hasta la aparición del mundo digital. La forma redonda del juego y los colores, nos remiten a los mandalas. La sencillez de uso a lo universal: una bola cae por una serie de palancas y puentes y el jugador debe controlar su recorrido. Pero en este caso, apenas sirven para dar nombre a una novela en la que, tal vez, la estructura, que es la de una vida longeva, pudiera reproducir ese juego, en el que el resultado tiene algo de azar, una gota de control por parte del protagonista, y ciertas dosis de manipulación que ejecutan los dueños de las máquinas para ganar más dinero. Se menciona que la novela es una saga familiar, pero la familia es muy pequeña, un hilo entre millones de hebras, una madre joven y su hijo mayor. Así de fino trabaja Min Jin Lee en una obra que le ha costado toda su vida componer y que está escrita con la sencillez de quien piensa en el cine, es decir, en todo tipo de lector.

La novela parece pensada para trasladarse a la gran pantalla. Algo que no es ningún agravio: no existe escritor que no esté influido por el cine, aunque sea para alejarse lo más posible de él. Sin embargo, Jin Lee opta por no dejar cabos sueltos. Los personajes actúan y el narrador nos relata sus reacciones y las emociones de sus reacciones. Nos menciona su personalidad, cómo se ha construido, y luego cómo son consecuentes con ella, con los prejuicios que han ido aprendiendo, con el sentido del deber, de la nobleza o de la resignación. Nos dicta los secretos y quién participa de ellos. Entra en profundidad en la historia que parte de una adolescente pobre, coreana, embarazada por una suerte de conde Valmont, el protagonista de Las amistades peligrosas. El galán es un coreano exiliado en Japón, en una época en que los dos países son el mismo, pero son agua y aceite. Él ha tenido éxito, tanto como para que más adelante, cuando vuelva a aparecer mediado el libro, sea un yakuza, uno de los dirigentes de la mafia japonesa de Osaka, la ciudad a la que no le ha quedado más remedio que huir a la protagonista. Junto a ella convive su buen marido, un católico perdido en la inmensidad de otras religiones, su segundo hijo, su cuñada y la familia de su cuñada.

Aquí ya han aparecido casi todos los temas que irán influyendo en el desarrollo de las historias personales, cargadas del peso de la historia que les toca vivir. La guerra de colonización japonesa, la Segunda Guerra Mundial -incluyendo la bomba atómica de Nagasaki-, el ostracismo de los practicantes de religiones minoritarias, la lucha de clases, la emigración que es, en buena medida, el gran tema del último siglo, el tema definitivo, el mayor fracaso de la humanidad. La historia será una vida de supervivencia. Seguiremos a una gente que vive al día, que apenas se puede permitir comer arroz. Ellas dos trabajarán en puestos callejeros en el mercado y solo la intervención del yakuza transformará el destino de la familia. Lo transforma y lo perturba, pues destroza la relación entre la madre y el hijo. Al menos durante una temporada. Ese es otro de los temas presentes: las relaciones filiales y, en las figuras masculinas, el deshonor de no poder ser útil, pues quienes deberían poner el músculo para tirar del carro, caen enfermos. Mueren o, lo que es peor, viven queriendo morir.

Hasta que llegamos a la última parte del libro, los años sesenta, setenta, ochenta, cuando se desdibuja la falta de simetría entre japoneses y coreanos, cuando uno de los miembros de la familia logra abrirse camino gracias al pachinko. Quedan las viejas costumbres, las tradiciones. Queda el pasado, el ideal del retorno a Corea, a la aldea donde transcurrió una infancia. Pero el mundo ha girado muy deprisa. Lo occidental genera cambios hasta en el tuétano. Seguimos el hilo de la pequeña familia, sí, y este no se rompe, entre otras razones por la fuerte presencia de las mujeres, que han sido las protagonistas ocultas de la historia de Asia: siempre escondidas, siempre trabajadoras, siempre dignas. Se merecen este libro, una de esas ediciones que escasamente encontramos en las librerías, un objeto bello, cuidado, que uno desea tener en las manos. Es de agradecer la labor de la traductora y de quienes hayan revisado las pruebas: no existe ni una sola errata. Quaterni está haciendo una labor que se merece nuestro reconocimiento, una tarea de rescate y divulgación de lo mejor de la cultura que inventó el pachinko y una forma de dignidad muy pacífica.

 

 

A favor de la luz

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