La textura del deseo

Por Álvaro Guillén.

Durante un paseo por el camino de Méséglise el protagonista de En busca del tiempo perdido, Marcel, ve a través de los arbustos de espino albar que bordean la senda a una joven a la que aún no conoce, pero que se convertirá en su primer amor. En ese momento la mirada de ella se cruza con la suya, y ésta le hace un gesto en el que él cree leer rechazo y desprecio. Cuando, años más tarde, ella le confiesa que en realidad se trató de una invitación a la amistad, Marcel comprende que durante años un gesto malinterpretado enturbió su relación, y que su mente construyó una imagen falsa en torno a una apariencia. La idea de que lo que vemos de los demás y lo que los demás ven de nosotros no son más que aparienciaa que cada uno interpreta a su manera es precisamente uno de los pilares sobre los que Proust construyó su novela: el otro es siempre una cuestión de interpretación y reinterpretación, y el conocimiento verdadero de la otredad no es elusivo sino directamente inalcanzable.

Gran conocedor de la obra del francés, André Aciman indaga en Llámame por tu nombre en esa selva de malentendidos y señales contradictorias que caracterizan a las relaciones humanas, y que se exacerban particularmente cuando el deseo y el amor están presentes. La novela nos sitúa en la Italia de los años 80 para contarnos la historia del despertar amoroso del joven Elio. Su padre, profesor universitario, tiene por costumbre seleccionar cada año a un joven intelectual para que pase parte del verano en la villa familiar; a cambio de ayudarle con sus quehaceres académicos, el elegido obtiene el privilegio de ser tratado como un miembro de la familia más y de disponer de un entorno idílico donde dedicarse a sus proyectos con total libertad. La llegada de Oliver, el huésped de ese año, pronto trastoca a Elio, que se ve dominado por deseos que antes solo había había intuido.

Sobre estos cimientos Aciman va construyendo una novela en diálogo constante con Proust. No es casual que la narración se inicie con una palabra y con los recuerdos que a esta se le asocian: se trata de una rememoración del tiempo perdido desencadenada por la particular forma de despedirse de Oliver, a la cual siguen en tromba los recuerdos de su llegada, de su camisa ondulante, de sus sandalias y de sus talones, de su desapego estadounidense y de su aparente don de gentes: en el momento en el que Oliver desciende del coche que lo ha llevado hasta la casa Elio escucha cómo éste se despide de su compañero de carrera: con un “luego”—traducción al castellano algo forzada de later—pronunciado con alegre indiferencia. A partir de ahí Elio, al igual que Marcel, irá acumulando gestos, palabras y miradas con los que irá dando forma a una versión de Oliver basada en las apariencia. Lo mismo le sucede a este último, que experimenta el mismo deseo que Elio y que se deja engañar de igual manera. Son dos personas que se buscan mutuamente sin saberlo y que solo se encuentran cuando se dan cuenta de que el muro que los separa es imaginario.

En este sentido Aciman aporta una nota de optimismo que Proust le niega a las relaciones amorosas: para este último el conocimiento verdadero del otro no es posible, y la única forma de sublimación es el arte; para el primero sí que existe la posibilidad, aunque improbable y breve, de establecer un contacto real y fundirse en el otro, sin engaños ni equívocos. Para su vuelta de tuerca Aciman se apoya en otro francés, Montaigne, de quien toma una idea de la amistad entendida como identificación total entre dos almas que no se encuentra en Proust. “Porque era él, porque era yo” es la frase del ensayo “Sobre la amistad” que se incluye en la novela y con la que Montaigne explica su amistad con La Boétie como un evento inefable y predestinado. Para él esta relación, que muchos han identificado posteriormente más como amor que como mera amistad, fue un mandato divino, y afirma que, no conociéndose todavía, tras haber oído el uno hablar del otro, “nos abrazamos por nuestros nombres”, y cuando finalmente se conocieron en persona ya solo la muerte los separó. No parece ser casualidad que la frase de la que se extrae el título de la novela recuerde a la frase de Montaigne, y tampoco parece casualidad que sea precisamente el intercambio de nombres, el abrazo verbal, lo que simbolice la perfecta compenetración de los amantes. Mientras Montaigne y La Boétie ya se buscaban incluso antes de conocerse y al encontrarse se supieron al instante hechos el uno para el otro, Elio y Oliver deben superar esa inseguridad y ese temor a no ser correspondidos que acompañan a menudo al enamoramiento y que se traducen en recelos, inseguridades y malentendidos.

El diálogo con Proust no se limita a la adaptación de su visión de las relaciones interpersonales, sino que se materializa también en los motivos y metáforas concretas que refuerzan el tema. Aciman toma prestada, por ejemplo, la conexión que se hace en En busca del tiempo perdido entre judíos y homosexuales, tribus supuestamente hermanadas por el hecho de llevar vidas en la sombra. Las vidas del judío y del homosexual se articulan en torno a la disimulación y la falsedad, más intensa en ellos que en otros porque ahogan su esencia misma. Aciman, nacido él mismo en una familia sefardí, hace que en Llámame por tu nombre los personajes principales sean judíos: por un lado están Elio y su familia, judíos “discretos” que viven su religión de forma privada y que se abstienen de cualquier tipo de gesto público que los identifique, y por otro lado está Oliver, sobre cuyo pecho destaca una estrella de David que jamás se molesta en ocultar. Elio la interpreta como algo que los une a los dos por encima de todas sus diferencias, y pronto el símbolo se vuelve doble al amalgamar judaísmo y deseo homosexual. Elio termina por colgarse su propia estrella al cuello, lo que se entiende como una aceptación de sí mismo y una renuncia a la ley de la disimulación que rige su vida y la de todos los que son como él.

La acumulación de alusiones y metáforas evidencia que Llámame por tu nombre no se sostiene sobre su argumento, sino sobre un estilo y sobre un armazón de referencias cuidadosamente construido. La voz de Elio va hilando un denso tapiz cuyo objetivo es encajar la relación de los dos protagonistas dentro de toda una tradición: se parte de Proust y se apunta a Montaigne, pero también se cita a otros tantos autores que contribuyen al mensaje que Aciman quiere transmitir: que todas las formas del deseo son naturales y legítimas, y se manifiestan de manera continuada aunque se intenten ocultar. Por ejemplo Heráclito nos dice que la naturaleza gusta de esconderse, y Dante hace decir a Francesca en la Divina Comedia que el amor siempre obliga al amado a amar; se trata de construir un discurso en torno a la ineluctabilidad del deseo y a su lugar indiscutible dentro de la naturaleza sea cual sea su forma.

Para concluir: parece imposible hablar de Llámame por tu nombre sin mencionar su reciente adaptación cinematográfica, estrenada con su nombre inglés, Call Me By Your Name, que es a fin de cuentas la razón por la que la novela ha sido rescatada del limbo de los libros descatalogados. En algunos aspectos la película supera a la novela: destilar su esencia y podarla le permite a Guadagnino ofrecer una experiencia intensa y luminosa, sin las nubes que sí se atisban en los cielos de la novela; Call me By Your Name tiene la cualidad de los sueños, mientras que Llámame por tu nombre es más cerebral y más lenta, y recoge más explícitamente las angustias cotidianas de Elio. La vida no fluye dulcemente hacia delante, sino que se enmaraña en torno a dudas y recelos que se colocan constantemente sobre esa mesa de disección en que se convierte la mente aguda y a menudo angustiada del protagonista. De hecho, nada escapa al análisis del narrador, y eso a veces arruina, al llenarlas de palabras, escenas en las que un silencio habría bastado. Vienen a la mente la ya mencionada Francesca y la historia de su caída: ella y su amante, Paolo, están leyendo juntos y de repente sus miradas se cruzan: “este, que de mí nunca ha de apartarse / la boca me besó todo él temblando / No seguimos leyendo ya ese día”. La narración de Francesca acaba ahí, y en el silencio que la sigue hay una intensidad y una elegancia que ni la prosa más cuidada puede suplantar. La manera en que la película impone silencios allá donde la palabra se vuelve torpe es precisamente uno de los éxitos de la misma.

Pero parece obvio que Aciman no buscaba la simplicidad e intensidad que Guadagnino ha querido para su versión; Aciman, a la manera proustiana, lo pasa todo por el tamiz del lenguaje. Escribir es vivir, y por tanto cada palabra es un pedacito de vida. Lo que Aciman hace es recordarnos que la vida no es un ininterrumpido delirio amoroso, sino que éstos aparecen en medio de lo que Virginia Woolf llamaba “el algodón de la vida cotidiana”, refiriéndose a todos esos momentos insignificantes y vacíos del día a día que constituyen la textura de la vida. La densa textura del deseo es justo lo que Aciman nos ofrece en su novela: la acumulación de momentos perdidos, de dudas que echan a perder las oportunidades, de saltos al vacío exitosos y de decepciones aplastantes; de miradas a través del espino correspondidas por miradas que uno no sabe muy bien cómo interpretar y de confesiones tardías que ya no recuperan el tiempo perdido, aunque lo redimen; de albaricoques y melocotones experimentados en toda su plenitud, de sensualidad y gozo, de mal de amores y de éxtasis amoroso.

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