‘La bufanda roja’, de Yves Bonnefoy

RICARDO MARTÍNEZ.

Probablemente este autor, sin miedo a la exageración, pueda citarse como uno de los ejemplos más brillantes en haber salvado esa combinación no siempre fácil en literatura, su condición de poeta (un exquisito poeta ‘de interiores’ del hombre moderno) y la de prosista claro, directo, significativo en su discurso expresivo.

Ahora, pues, es de alegrarse el tener acceso a este libro que, asimilado a una autobiografía, es, en el fondo, un ejemplo más de sus preocupaciones estéticas y literarias: una reflexión vital cuajada de detalles iluminados, expositivos de una forma de ser comprometido en el sentido más intimista y analítico. Un texto lúcido y lúdico donde la vida transcurre con sencillez y, al tiempo, bajo la observación estética más delicada, más comprensiva: “Pero Génova, Génova que está en el norte de Italia. Génova que está a los pies de los Alpes, ¡qué remarcable excepción en esa relativa carencia! ¡Esa ciudad tan ampliamente establecida frente a un mar muy próximo, y que establece su cuartel como la sala de un teatro donde el mar abierto sería la escena, sobre ella los dramas del cielo y del agua ante los que numerosos espectadores tuvieron que reaccionar, a través de los siglos!”

Qué ritmo descriptivo y sencillo, qué cadencia en el observar, qué poética alusión implícita a cualquiera de los lectores, de los transeúntes ante ese escenario que escucha y habla y convoca. Alusión poética y realidad real, nítida, pulcramente humana. Tal es la condición de este escritor de larga trayectoria intelectual (poeta, ensayista, crítico de arte y literatura, estudioso de las culturas del mundo) que, con su palabra, con su pensamiento sutil, se hace compañía benefactora y necesaria de todo solitario, de todo lector.

Con acierto y precisión se nos dice que “en este libro Bonnefoy nos lega su infancia, la relación con sus padres, sus silencios, sus frustraciones, el nacimiento de su vocación por la poesía…” Se convierte así, en un testimonio humano profundo y sensible, lo que nos aproxima a la literatura en su sentido más válido, más trascendente, el hombre pensado por sí mismo a través discurso, de su elección artística, la artesanía de las palabras: “Ese interés por las palabras era mucho más vivo, estaba más a flor de piel, cuando los textos que leía no tenían un significado claro para mí que habría podido llevarme a pensar en situaciones de la existencia cotidiana: tanto era así que muy pronto leí a Racine, y no podía entender quién era Fedra, qué sentimientos la agitaban (…) Y por mi parte había algo que ahora siento como una culpa. Distraído por las palabras, por su promesa de otro mundo, no tenía necesidad –no una verdadera necesidad- de mi padre, y no le pedía esa especie de atención que habría podido hacerle bien”

Una lección de vocación y de humildad, una entrega total a un sueño tal vez, a una voluntad de construir para sí y de transmitir hacia los otros el empeño de vivir manifestado –con la pasión omnívora del estudio, con la entrega del héroe- en el discurso literario que, al fin, y como resumen vital principal, se plasmó en versos cuya concepción estética permanecerá en nuestra memoria: “Esas palabras él sabe de dónde vienen,/ Recuerda el día en que las leyó/ Con ese deslumbramiento que vuelve a atravesar/ De un golpe sus ojos de tantos años después./ Sigue girando las páginas”.

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