María Jesús Espinosa: “Quiero libros peligrosos que me hagan torcerme y revolverme”

 

Por Luis Reguero (@quijotesancho78)

Cree en un periodismo sosegado, reflexivo, sin prisas, un periodismo de respiración profunda donde cada palabra guarda bajo su piel un latido íntimo, literario. Periodista cultural, cofundadora y subdirectora de elextrarradio.com, María Jesús Espinosa de los Monteros nació en Valencia el 7 de noviembre de 1982, en un hospital de monjas, el mismo día en que el Papa Juan Pablo II visitaba la ciudad. “Casi no quedan monjas para atender a mi madre”, señala entre risas. Ha participado de lleno en la radiomorfosis de los últimos años en España, un fenómeno que ha transformado la forma de hacer y entender la radio de siempre.

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María Jesús Espinosa de los Monteros.

Su voz artesanal araña con fuerza el aire cuando habla de Bukowski, Salinger o Bolaño, cuando suena el látigo de Joyce en el centro del bullicio.  “Mi objetivo cuando pensé en este espacio radiofónico no era otro que convertirlo en una especie de pequeña linterna que iluminara aquellos recovecos de la literatura que habitualmente no pueden ser abordados en radio convencional”, dice esta periodista, que consiguió el Premio Ondas a la Innovación Radiofónica en 2013 junto a Olga Ruiz, directora y cofundadora de elextrarradio.com.

María Jesús Espinosa de los Monteros ha escrito este año textos de subrayado obligatorio. Entre ellos el artículo donde vincula la literatura con la natación, Nadar se escribe con el cuerpo (El País), y uno reciente en la revista Jot Down sobre los escritores asmáticos, donde destaca Marcel Proust. “No debe ser sencillo tener instalada la muerte en el sistema respiratorio temiendo que algún día aparezca repentinamente”.

Hay un libro que le ha marcado demasiado: Instrumental, de James Rhodes, y otros que va acumulando en su mesita de noche como si en lugar de ir a dormir fuera solo a seguir descubriendo a sorbos la belleza indomable de una página. Debuta estos días en Ahora semanal, después de haberlo hecho en Letras Libres, Mercurio, RNE, Babelia… Precisamente en este último suplemento de El País ha comenzado un nuevo proyecto donde recorre las principales galerías de arte contemporáneo en España y donde sigue dando pasos secretos para escribir su primer libro, cuya idea seguro que le va y le viene a la cabeza como una brisa ligera, agradable, precisa.

 

El Extrarradio ha demostrado que otro periodismo radiofónico es posible. ¿Cómo es la vida de la radio en las afueras?

Pues es una vida llena de emoción y de ilusión. Muy vibrante. Nosotros creemos que, de alguna manera, estamos siendo agentes importantes de ese cambio que se está gestando en el periodismo -en general- y en el radiofónico -en particular-. Proyectos tan apasionantes como Carne Cruda, Radio Cable, Gladys Palmera o Radio Ambulante están cambiado el paradigma de la radio en español y están generando una nueva manera de hacer y escuchar la radio. Y nosotros también, desde las afueras y en nuestra parcela, lo estamos haciendo. Hay un término que se emplea en el ámbito académico y que a mí me gusta citar especialmente: es la radiomorfosis. Retomando ese concepto tan literalmente kafkiano, creo que es un auténtico privilegio poder ser parte activa de esta convergencia entre la radio más convencional y la nativa digital.

Ante la difícil situación por la que atraviesa el periodismo se hace necesario que los periodistas arriesguen, experimenten más que nunca nuevas propuestas, como la que emprendisteis con El Extrarradio

Es cierto. Cuando recibimos el Premio Ondas a la Innovación Radiofónica, Olga Ruiz, directora y cofundadora de elextrarradio.com, pronunció un discurso en el que mencionaba un lema que casi se ha convertido en un mantra que vamos expandiendo en las distintas universidades y foros profesionales a los que asistimos: “Creer, crear y soñar”. El Extrarradio nació casi como una necesidad tras un despido fruto de la crisis que mencionas. Con el tiempo se ha convertido en una elección. Hemos tenido oportunidad de volver a la radio convencional, de convertir nuestra radio en un producto de la radio convencional. Pensamos que no es nuestro lugar y que estaríamos traicionando todo aquello en lo que creemos y hemos defendido con uñas y dientes. En las universidades lo que decimos es que se olviden de la vieja idea de entrar en un único medio de comunicación y permanecer allí hasta la jubilación. Eso ya no existe. Y es más, lo que yo personalmente les digo a los alumnos que me preguntan es: “eso ya no existe y además deberías alegrarte de que sea así”. Porque te confieso algo: si no nos hubieran despedido, El Extrarradio probablemente jamás hubiera nacido. Se está muy bien con un trabajo estable, en un medio potente y que, además, en nuestro caso, no exigía demasiado. En la actual y compleja coyuntura que vive el periodismo es imposible que sin riesgo, trabajo y experimentación exista un resultado satisfactorio.

Este trabajo radiofónico tuvo un primer reconocimiento en 2013, con el Premio Ondas a la innovación radiofónica

Así es. Con menos de un año de vida conseguimos este premio que para nosotros era impensable. Luego llegó el de la Academia de la Radio. Fue un punto de inflexión muy importante para nuestro medio y sobre todo, fue un honor poner a la radio online en el lugar donde merece, junto a los otros compañeros que también la están reivindicando y dignificando. Nosotros fuimos capaces de innovar en radio porque lo aprendimos todo en la radio convencional. El otro día leía en Jot Down la extraordinaria entrevista que Ramón Lobo le hacía al director de The New Yorker, David Remnick, y él decía que no había que ser románticos, que en el periodismo anterior a la era internet también había basura. Y tiene razón, en mi opinión, aunque vivimos en un mundo en el que fácilmente se puede arrasar a lo anterior en masa, en grupo, por generaciones. Y eso no es justo.

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Recogiendo el Ondas en 2013.

Nosotros no sólo no abominamos de ese tipo de radio, sino que somos habituales oyentes de ella ya que contiene valores que nos gusta rescatar. Pero sabemos que es imposible competir con su soporte económico, su infraestructura o su apoyo mediático. Nuestra labor no es competir sino añadir. Creemos que no son excluyentes además, que existe un tipo de oyente que combina la escucha de ambos tipos de periodismo radiofónico y que ese será el oyente del futuro. Después del Ondas llegaron otros premios que para nosotros son también esenciales porque se destaca la labor concreta de algunos de nuestros compañeros: el XI Premio Carmen Goes de Periodismo a Carlos Moreira por su reportaje de las Bacha Posh, esas niñas que deben travestirse en niños para sobrevivir en Afganistán; la mención de honor del último Premio Tiflos de Periodismo organizado por la Fundación Once a Carmen Ruiz y su programa solidario “Objetivo: Superación” o el que ha recibido hace sólo unos días Paloma Torrecillas en el Premio Joven de Periodismo de la Universidad Complutense por su crónica “CIE: la cárcel de los inocentes”. El reconocimiento es estupendo pero la verdadera recompensa, te lo digo con la máxima sinceridad, es la posibilidad de seguir contando historias, que nuestras piezas sonoras se escuchen, se conozcan, se valoren. Ese es el mayor reconocimiento.

La poesía de Bukowski, el enigmático Salinger, la suicida poeta Alejandra Pizarnikson algunos de los escritores que han protagonizado El látigo de Joyce, tu programa de El Extrarradio. ¿Qué sensaciones buscas producir en el oyente con estos contenidos tan literarios?

Perdona que sea pesada con la entrevista a Remnick pero es que la tengo casi toda subrayada (risas). Él dice allí que un periodista no es un artista. Lo que no quiere decir que en mis programas de El látigo de Joyce no se propicie un cierto estado de ánimo en el oyente. Pero, desde luego, no es mi intención. Mi objetivo cuando pensé en este espacio radiofónico no era otro que convertirlo en una especie de pequeña linterna que iluminara aquellos recovecos de la literatura que habitualmente no pueden ser abordados en radio convencional -exceptuando por ejemplo esa maravilla que es Documentos de RNE-. Dedicar 30 ó 40 minutos de creación radiofónica a la turbulenta vida de Salinger, a recordar los Diarios de Pizarnik, los 50 años de Rayuela o recrear la poesía de Bukowski y hacerlo además con invitados como Antonio Lucas, Juan Cruz o Eduardo Lago, pues es un privilegio. Además, yo escribo el guión, locuto y edito todos mis programas y me gusta hacerlo casi artesanalmente. Lo que salga, para bien o para mal, es responsabilidad mía. Quiero que mi programa sea lo más preciso posible, lo más bello posible y lo más veraz posible. Y para conseguir eso, no hay que tener prisa. Por eso, en El Extrarradio, somos militantes del llamado slow journalism y un reportaje o documental no sale antes de que esté absolutamente terminado. Ahora, por ejemplo, tengo uno que espero que salga antes de Navidad dedicado a tres mujeres potentes -Chantal Maillard, Selva Almada y Pilar Adón- y surgió la posibilidad de añadir una cuarta -Clara Usón- y cerrar el programa totalmente y he preferido esperar porque creo que mejorará el resultado final.

A mí me gusta vivir en un país en el que se lean libros de calidad. Y aunque sé y asumo que los gustos son absolutamente personales, quiero contribuir, desde mi pequeña parcela a que se lean libros que merezcan la pena ser leídos. Decía Harold Bloom que él creó su famoso canon porque somos mortales y la perspectiva de leerlo todo es irrealizable. Pues bien, si yo puedo conseguir que alguien lea El Oso de Marien Engel, antes que 50 sombras de Grey, estaré satisfecha. Hay un libro de Eduardo Halfon que se titula El ángel literario que me parece bellísimo y ahí decía algo que yo luego lo incorporé casi como mantra en mi quehacer radiofónico. Decía: “encontrar el momento en la vida de las personas con tan pocas circunstancias propicias en que les pasa un ángel por encima y caen en la literatura”. Bueno, pues a mí, lo que me gustaría todos los días de mi vida es eso: ver a los ángeles literarios pasando por encima de las cabezas de las personas. Creo que me ha quedado un poco ñoño, pero es así… (risas).

Dices que harías lo que fuera por resucitar a Bolaño o que Vila-Matas se tomara un whisky contigo. Estamos ante dos escritores cósmicos

Bueno, eso es una broma (risas). Aunque como todas las bromas, contiene algo de verdad. Cuando creamos El Extrarradio pensamos en escribir unas biografías cortas a través de las cuales nos conocieran. Yo escribí eso porque es cierto. Me encantaría y fascinaría ver resucitado a Bolaño y comprobar hacia dónde se escoraba su trabajo ahora. Terminó con la monumental 2666 que es la mejor forma de terminar. Pero creo que hubiera vuelto a hacer cosas grandiosas. Fundamentalmente en el ámbito de la novela porque la parte poética de Bolaño es la que menos me gustaba. Dediqué un programa de El látigo de Joyce a Bolaño al que titulé Roberto Bolaño: maldito romántico y lo hice casi en estado febril. Leí a todo Bolaño durante una época de mi vida y lo que me provocaba su lectura era unas irrefrenables ganas de escribir. Fui a Blanes una vez, paseé por el mismo sitio donde él lo hacía…en fin, soy poco mitómana pero reconozco que con Bolaño algo me subyugó. Luego, pasado el tiempo, he detectado algunas sombras en su escritura que no veía entonces. Aún así, me sigue fascinando. Creo que es cósmico en el sentido de que generó y diseñó un universo absolutamente singular.

Con Vila-Matas me pasó algo parecido antes. Recuerdo que me regalaron Suicidios ejemplares y lo leía en el metro cuando me mudé a Madrid a hacer el doctorado y buscaba trabajo como telefonista que asesoraba en la Declaración de la Renta (risas). Jamás pasé las pruebas porque soy nefasta con los números, pero allí me entró en vena Vila-Matas. En unas navidades me regalaron Doctor Pasavento y caí absolutamente rendida. Después llegó El viento ligero en Parma, un librito excepcional de ensayos o Dublinesca que me tuvo enganchada y con frío tres días de puente. Y bueno así, hasta leerlo todo. Y claro, me encantaría tomarme algún día un whisky con él, pero creo que ya no bebe…

Bolaño pasó penurias, rechazos literarios, realizó muchos otros trabajos al tiempo que escribíahasta que llegó Jorge Herralde y le publicó Estrella distante. No hay que dejar de perseverar en este mundo tan complejo de escribir

Yo creo que no hay que dejar de perseverar en nada en la vida. Bueno, en algunas cosas, quizás sí, es mejor una retirada elegante a tiempo. Pero todo aquello relacionado con un impulso, con un latido íntimo como es el periodismo o la literatura, creo que hay que insistir. La vida está llena de noes y de portazos. Y uno tiene que saber combatirlos. Yo creo que ahí la lectura ayuda mucho. Y la paciencia. Y el saber que tampoco te vas a morir por no publicar, que un no, no te va a destruir. Porque escribir puede escribir cualquiera que lo desee. Hace falta muy poco: ordenador, papel, boli. Y si alguien necesita vivir literariamente su existencia, también puede hacerlo. Lo de publicar y ganarse la vida con eso ya no depende de uno. Bolaño, por ejemplo, era un escritor cuando trabajaba de vigilante en el camping “Estrella de Mar” de Castelldefels. Hay gente que ha publicado una decena de libros y que yo jamás los consideraría escritores. Lo de ser escritor, a mi modo de ver, tiene que ver más con una forma de estar y mirar el mundo.

Hace unas semanas publicaste en Jot Down un artículo sobre los escritores asmáticos. Marcel Proust es uno de estos escritores. Dices que el autor de En busca del tiempo perdido escribía como respiraba, es decir, ahogándose

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Espinosa de los Monteros durante la entrevista.

Sí, es cierto. Eso cuentan los cronistas y biógrafos de Proust y también Walter Benjamin que escribió un ensayo magnífico a propósito del escritor francés. Yo soy lectora asidua de Jot Down desde sus inicios y de ese periodismo de largo aliento. Participé en el libro de JD100 Series juveniles y en Valencia presentamos el libro. Allí conocí a Ángel L. Fernández Recuero, uno de los locos de Jot Down y quedamos en que le pasaría alguna cosa. De Jot Down siempre me gustó el descaro que tienen para combinar temas que de antemano parecen estar en las antípodas. A mí me atraía la posibilidad de cruzar la literatura, el hecho literario y a los autores con otras disciplinas y asuntos. El tema de los artistas y escritores asmáticos surgió en una charla con Juan Cruz, asmático también. Y bueno, es cierto, si haces el ejercicio de leer en voz alta alguno de los fragmentos de En busca del tiempo perdido te darás cuenta que contiene el ritmo propio de una respiración torcida. A partir de ahí, comencé a documentarme, investigar y después me puse a escribir.

Dicen que sin asma, Proust, Séneca, Dickens, todos ellos asmáticos, hubieran desarrollado una creatividad y una sensibilidad distinta

Es difícil responder a esa pregunta haciendo predicciones literario-respiratorias (risas). Personalmente, no creo que Proust hubiera sido peor escritor sin asma. Lo que sí creo es esa condición de asmático, enfermo y aislado le proporcionó un clima muy adecuado para esa escritura feroz y casi compulsiva que practicaba. No debe ser sencillo tener instalada la muerte en el sistema respiratorio, temiendo que algún día aparezca repentinamente. Eso le debe condicionar a uno, sea cual sea su oficio. Si además es escritor, imagino que influye muchísimo más en la forma de comprender y escribir el mundo. Lo que más me gustó descubrir en aquel articulo es que son muchos los artistas que han padecido asma y han hablado de ella como un hecho significativo. Además de los mencionados, estaba Benedetti, Lezama Lima, el pintor Francis Bacon o el cineasta Chaplin.

En otro artículo abordas la relación entre la natación y la literatura. ¿Cómo han sido estos vínculos y qué escritores han estado más relacionados con el mundo acuático?

Ese artículo fue uno de los que publiqué este verano en El País. Siento el lugar común pero para mí ha sido un sueño hecho realidad poder escribir en el periódico que he leído desde que era pequeña: El País. Luego sabes que hay mutaciones dentro de cada medio y asuntos ideológicos que pueden interferir y del que no están exentos, creo yo, ningún periódico. Yo, personalmente, estoy feliz de escribir allí de vez en cuando y sigo siendo lectora diaria, ahora en la web. Pues bien, Ferran Bono era el encargado del suplemento veraniego del periódico en el que tienen cabida temas y asuntos que durante el año, por las prisas o por la omnipresencia de la política y la economía, no tienen tanto espacio. Le propuse varios temas a Ferran y desde el principio le gustó mucho esa posibilidad. Todo nació de la imagen de que nadar no es otra que escribir con el cuerpo. Yo he nadado durante mucho tiempo y es cierto que se crea un clima absolutamente perfecto para la reflexión. Recordaba la famosa sentencia de Kafka en sus Diarios porque Vila-Matas la citaba en distintos artículos: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar”. Y como siempre, a partir de ahí surgieron múltiples referencias que descubrí y me descubrieron. Por ejemplo, el maravilloso y desgarrador poema de Manuel Vilas, Los nadadores nocturnos, donde los llama samuráis hundidos. Me faltó incluir una cita de Cesare Pavese magistral que conocí más tarde gracias a Jorge Carrión: “Narrar es como nadar”. En fin, sí, sin duda, hay mucha relación entre este deporte y la literatura.

Juan Tallón publicó el año pasado Libros peligrosos. ¿Cuáles son los tuyos?

Sí, devoré ese libro de Xoan, como el último, Fin de poema y sus columnas deportivas y literarias. Y estoy convencida de que si escribiera en los botes de champú o en manuales de instrucciones, también lo leería porque es lúcido, lapidario, canalla y sensible a la vez. Da la sensación de ser inmortal y pasarse por el forro lo que dijo Bloom. Él sí se ha leído todos los libros del mundo (risas). Si no recuerdo mal, él definía estos libros como aquellos que te atacan por la espalda y te cambian la vida y son peligrosos por lo que tienen de adictivos, placenteros, desconcertantes, imprescindibles o subyugadores. Y me recordó mucho ese libro al catálogo que confeccionó Julio Ramón Ribeyro en sus Prosas apátridas donde hablaba de libros viscosos, secos, filudos, acolchados, libros-meteoro, libros-larva, velludos, cojonudos, orquestales… Me encanta Ribeyro. Pues bien, yo parto de la base que si un libro no es peligroso no es un buen libro. Los libros complacientes o los libros blandos en los que el lector está cómodo no me atraen. Yo quiero libros que me hagan torcerme y revolverme. Hay muchos afortunadamente. Ahora mismo me viene a la mente, por ejemplo, El ruido y la furia de Faulkner. Ese libro contiene una frase que siempre me ha hecho temblar de peligro: “Caddy olía como los árboles y como cuando dice que estamos dormidos”. Toda Clarice Lispector me parece tremendamente peligrosa y para mí, el libro más peligroso y del que me he comprado una guía de Michael Morris publicada en Cátedra para su lectura, es el Tractatus de Wittgenstein. Podría estar una vida entera leyéndolo e intentando comprenderlo. Esta obra contiene siete tesis clave y la última me parece de lo más sensata y me hace pensar que en el fondo Wittgenstein no era un tipo tan complicado: “7. De lo que no se puede hablar hay que callar la boca.”. ¿No es genial? (risas)

Uno de esos libros que te tuercen es Instrumental de J. Rhodes. De hecho lo señalas como el mejor de 2015 y dices que los va a regalar mucho esta Navidad…

Sí, sí. Ya he encargado varios. Rhodes es un pianista autodidacta que sufrió abusos sexuales a partir de los cinco años por un profesor de boxeo. Tuvo varios intentos de suicidios y una vida realmente terrorífica. Y pronunció una frase que me dejó pensando durante mucho tiempo: “Si no hubiera conocido a Bach, yo estaría muerto”. Te confieso que he llorado pocas veces leyendo un libro. Con el capítulo 21 de Rayuela, por ejemplo, o con la brutalidad de algunos pasajes de Vida y destino de Vasili Grossman, pero lo que me ha pasado con Rhodes es difícil de explicar. Y como es tan difícil, a los que más quiero, deseo que lo experimenten y poder hablar de ello durante las sobremesas y las tardes improvisadas de cañas o vinos.

¿Qué otras obran te han impactado más en este año que se acaba?

Pues a ver, ha habido cosas muy muy buenas, creo yo. Reconozco que soy un poco caótica y tengo una mesita de noche en la que habitan muchos libros diferentes y cada dos por tres me dicen que lo ordene todo. A lo que yo respondo… “¡pero si ya está ordenado! (risas) Este año he disfrutado muchísimo otra vez con Carrère y El Reino, casi al mismo nivel que Limónov. He sucumbido a los encantos de esa escritora misteriosa y fascinante que es Elena Ferrante. Hay un debut de una escritora llamada Belén García Abia que ha publicado en Errata Naturae un libro titulado El cielo oblicuo, que me parece un libro-cuchilla que no deja indemne a nadie. Soy muy lectora de poesía y las antologías de Fernández Mallo y Elena Medel -tan absolutamente dispares entre sí- me parecen, junto a El sueño de Visnú de David Meza, de lo mejor del año poético. Y luego, este año he leído más no-ficción que nunca. Y además relacionada con periodismo. Siento devoción por dos editoriales relacionadas con el mundo del periodismo: son Libros del K.O. y la reciente Circulo de Tiza. El catálogo de la primera es fascinante porque consigue algo muy complicado: contar una historia que respete la veracidad y a la vez se construya como una narración. Hay un libro en concreto (Como si masticaras piedras. Sobreviviendo al pasado en Bosnia, de W.L. Tochman) que es devastador, lúcido y riguroso. Altamente recomendable. Y de la segunda editorial, pues me parece que con un solo año de vida ha conseguido tener un catálogo envidiable con nombres como Juan Cruz, Antonio Lucas, Leila Guerriero o Martin Caparrós. En las clases que impartimos desde El Extrarradio de Innovaciónn Radiofónica por las diferentes facultades de periodismo y comunicación, suelo recomendar, más allá de los libros totems, estos otros que deben despertar la voracidad periodística.

¿Cómo es tu proceso creativo a la hora de preparar tus programas radiofónicos o tus textos?

Son procesos muy diferentes porque no tiene nada que ver escribir para radio que escribir para un periódico o una revista. En la radio acostumbro a pensar en sonidos. Intento elegir los temas que mejor encajen en la filosofía de El Extrarradio. Temas que se salgan de la norma. Por ejemplo, he hecho programas acerca del llamado Femicrime, otro de las niñas oscuras de la literatura -con Lolita y Monelle como adalides-, o una anatomía del plagio literario. Luego llega el proceso de producción, grabación y una vez con todo eso, construir una especie de puzzle sonoro en el que todas las piezas encajen a la perfección. Intento generar un relato sonoro que al mismo tiempo reflexione sobre otros relatos. En mis programas de radio intento hablar poco, lo justo. Creo que todo aquello que en radio se pueda decir con un sonido, una música, un efecto o incluso un silencio, no debe ser dicho con la palabra del narrador. Este año además tengo una sección quincenal en el programa de RNE, “La estación azul” de Ignacio Elguero. Es el programa decano de literatura en la radio y para mí es un honor. Allí hago justo lo contrario, cápsulas cortas de 5 minutos con formato reportaje en el que hablo de un autor o personaje de la literatura que merezca ser rescatado. Ignacio me ha dado absoluta libertad en la elección de los protagonistas e incluso yo misma edito mis propias cápsulas. Estoy encantada.

Los textos para medios impresos tienen elaboraciones distintas. Están las reseñas que hago para Letras Libres o Mercurio, los reportajes de viajes que hago en Lonely Planet donde prima más la cercanía, alguno relacionando con el fútbol que he hecho en la Revista Panenka donde intento aportar un punto de vista diferente al mundo del fútbol tan cósmico… En El País también hay diferencias: no es lo mismo cubrir la Feria del Libro o el Festival Eñe como he hecho hace unos días en Madrid donde lo importante es estar en el sitio y saber transmitir el color de un evento, que un artículo como el de Nadar se escribe con el cuerpo o Cabo de Gata: letras y paisajes en el que es necesaria una escritura y lectura más sosegadas. Dentro de muy poco empiezo a colaborar en el periódico semanal AHORA y estoy muy contenta porque Aloma Rodríguez, encargada del suplemento cultural, deja una libertad absoluta y permite un periodismo narrativo de largo alcance que a mí es el que me interesa como periodista y lectora.

¿Para qué sirve la literatura?

Pues hasta hace apenas unos meses, te hubiera dicho que para nada en especial. Que servir, servir, sirve el médico o el bombero. Pero como suelo dudar muchísimo y cambio de opinión cuando algo es lo suficientemente contundente como para hacerlo, hay dos lecturas que a mí me hicieron tener una posición distinta. Una es la poesía de Joan Margarit. Explicaba en una entrevista en ABC que había dos tipos de intemperies, la física y la moral. Y decía Margarit que la intemperie física en el mundo occidental apenas existía porque la técnica la había resuelto: si hacía calor, se ponía el aire acondicionado. Si hacía frío, la calefacción. Solucionado. Pero la otra, la moral, ¿cómo se resolvía? ¿Qué botón aprieta uno cuando su hijo se le muere? ¿Qué herramientas existen? Y entonces Margarit decía que la poesía, la música, la literatura, la pintura… Pero precisaba que todas estas bellas cosas tenían una característica terrible y es que uno necesitaba conocerlas para que fueran útiles. Y que por eso exacta y justamente era necesaria la cultura. Ahí mi mente cambió. El otro hecho literario ya te lo he mencionado antes: James Rhodes y su salvación gracias a la Chacona de Bach. Entonces, uno piensa: bueno, la vida mancha y alguna vez me tocará a mí. Más vale que me vaya aprovisionando de todas estas herramientas que me serán necesarias tarde o temprano.

¿Y el periodismo?

Pues el periodismo para mi es otra cosa. Es mi forma de estar en el mundo, mi oficio y mi pasión también. Leila Guerriero, a la que tú conoces y has entrevistado, comenzaba su columna en El País un día de septiembre con una frase de las suyas cargada de verdad: “Soy periodista. Vivo de entender. A veces, como ahora, no me sale.” Me pareció el resumen perfecto de nuestro oficio. Y me parece brutal la honestidad de Leila cuando dice que a veces no lo entiende. Porque es lógico que así sea: ¿cómo entender todo lo que está pasando? Y la labor de un periodista es casi la de un traductor del mundo, no tanto la de un notario. Aborrezco eso que nos explicaban en la universidad de la objetividad y la equidistancia. No soy capaz de practicar la objetividad puesto que no soy un objeto, sino un sujeto. En las facultades intento decirle a los alumnos que si sustituyen objetividad por honestidad, todo irá mucho mejor.

¿Pensando ya en publicar algún libro?

No, realmente no. Estoy centrada en mis colaboraciones con distintos medios, en las clases y talleres que El Extrarradio ofrece en las universidades, en mis programas de radio y en un proyecto que comienzo ahora en Babelia recorriendo las principales galerías de arte contemporáneo del país. Es muy posible que escriba algo en algún momento de mi vida pero no es mi objetivo prioritario ni mucho menos. En cualquier caso, no creo que fuera una novela o un relato. Se movería seguramente en el género de la no-ficción. Pero bueno, si ese momento llega, volvemos a hablar… (risas).

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