El nacimiento de Japón (Segunda parte)

Por Jorge Mur.

 

La cultura Yayoi

Se desarrolla entre el 300 a.C. y el 300 d.C. y posee un carácter neolítico. El término que la denomina significa “tercer mes” (marzo), y hace referencia al barrio de Tokyo en el que aparecieron las primeras piezas cerámicas. Destaca el cambio cultural que se produce con respecto al anterior periodo (cultura Jomon), un hecho que tiene su origen en la marcada influencia china que traen consigo los distintos pueblos que llegan a Japón vía Corea.

Es una época en la que se conquista el cultivo del arroz, y en la que empieza a generalizarse el uso de hoces de piedra, azadas de madera y diferentes utensilios de hierro. También se introduce el torno alfarero, así como la manipulación de metales y la producción de tejidos. También aparecen los primeros asentamientos permanentes y una labor continuada en los campos. Es decir, la sociedad cambia y podemos afirmar que existe una mayor estabilidad social. No es extraño entonces, que la sociedad evolucione y quede organizada en comunidades regidas por los primeros reyes o líderes japoneses que serán, precisamente, quienes ostentarán el poder político y religioso, además de ser los encargados de intervenir entre el pueblo y el kami (la divinidad).

En cuanto a las aldeas, éstas estaban compuestas por cabañas de planta oval o cuadrada, con estructuras de madera, suelos semihundidos y tejados de paja, y solían protegerse del agua mediante el amontonamiento de piedras o con un perímetro de empalizadas. También existían otras dependencias, como los almacenes, que acostumbraban a ser de planta rectangular y también realizados en madera, y que destacaban por sus tejados volados y cubiertos con elementos vegetales. Estos edificios, además, podían quedar sobrealzados del suelo mediante unos pilotes de madera que aislaban los productos de la humedad y de los roedores. Es importante señalar que esta dependencia servirá como modelo básico para la arquitectura religiosa del sintoísmo del período Kofun.

Réplicas de estructuras de época Yayoi, Yoshinogari Historical Park

De hecho, si hablamos de religión, en este periodo se desarrollan las creencias sintoístas dando como resultado un mayor números de kamis (divinidades). Se establecen, además, dos centros fundamentales, Ise e Izumo. También aumentan las creencias en el más allá, ya que contamos con varios ejemplos de tumbas y ajuares funerarios, de manera que los muertos eran enterrados en grandes vasijas de barro, cestas o ataúdes, e iban acompañados de diferentes objetos, un hecho que nos habla ya de una individualidad y una distinción social según los mencionados objetos. Y no olvidemos que estas tumbas eran señalizadas al exterior mediante lajas, dólmenes e, incluso, por medio de unos montículos que serán el antecedente inmediato de los túmulos del periodo Kofun.

Una cerámica alegre y refinada

Las primeras piezas fueron descubiertas en un barrio de Tokyo que recibía este nombre, Yayoi, y que significa “alegría, renovación”. La cerámica de este periodo tiene una serie de rasgos que la diferencian de la que se producía en la cultura anterior. Y es que la pasta, por ejemplo, adquiere un color rojizo por la presencia de hierro, se le añade arena como también ocurría en la cerámica del periodo Jomon, pero ya no encontramos fibras vegetales, conchas, o mica. Se trata de una pasta de mayor calidad, muy refinada.

Los tamaños oscilan entre los 25 y 30 cm de altura, si bien existen excepciones, como las urnas funerarias, que podían alcanzar los 160 cm. En todo caso, predomina una cerámica de uso doméstico y, pese a la gran variedad de formas, se repite un modelo de base estrecha, cuerpo esférico, cuello estrecho y boca ancha.

La decoración, por incisión o pictórica, se concentra en unos compartimentos delimitados por líneas y, que según algunos autores, podrían reflejar la estratificación social de la época. De cualquier manera, lo más característico de estas piezas es su diseño. Se trata de piezas simples, de líneas depuradas, regulares, simétricas y proporcionadas, con un gusto especial por las curvas, de paredes finas… Es decir, unas cualidades que se entienden por la presencia del torno. Además, en este momento se cuenta con hornos que alcanzan los 800ºC.

Pieza cerámica de época Yayoi, Tokyo National Museum | Dōtaku, Musée Guimet, París

Dōtaku, las primeras campanas japonesas

Es en este periodo cuando surgen unas campanas realizadas en bronce, que presentan una empuñadura muy desarrollada y que carecen de badajo, ya que se tañen lateralmente mediante un palo. Su tamaño oscila entre los 40 y 50 cm, y se ponen en relación con los pueblos extranjeros que introdujeron en Japón la manipulación de los metales. De hecho, eran realizadas mediante una técnica similar a la de la cera perdida, es decir, mediante moldes. La decoración más exuberante se concentra en la empuñadura, donde podemos apreciar volutas, mientras que el resto de la superficie se divide en franjas o cuadrados en los que aparecen representaciones de carácter figurativo.

En cuanto a su función, se piensa que se usaron como objetos mágicos, de carácter propiciatorio (cosechas) y que se enterrarían en la tierra. Sin embargo, cada vez cobra más fuerza la teoría de que se trataría, en realidad, de instrumentos musicales usados en ritos vinculados al sintoísmo. Esta segunda teoría está avalada por el hecho de que en Corea se han encontrado piezas similares con esta función, si bien en Japón estas campanas podrían haber desempeñado ambas funciones.

La cultura Kofun

Se puede decir que nos encontramos en el último eslabón evolutivo de la propia cultura Yayoi gracias, en gran medida, al enriquecimiento con otros pueblos que fueron llegando al archipiélago. De esta forma, la cultura Kofun exhibe un mayor desarrollo de la agricultura, sobre todo en lo que a la mejora del sistema de regadío de refiere, así como al impulso de nuevas zonas de cultivo y la expansión de las ya existentes. Además, la cerámica multiplica su presencia y se observa un mayor dominio de las técnicas del hierro y el bronce.

Por su parte, la sociedad estaba claramente estratificada y existía una cúspide, dominada por los Uji, es decir, una serie de clanes familiares que poseían un amplio poder sobre las tierras y sobre el resto de los grupos sociales, entre los que cabe mencionar a los Be, que eran agrupaciones de trabajadores, o los Yatsuko, los sirvientes.

No hay que olvidar que de forma paralela se desarrolla una estructura política, dado que el conflicto entre los clanes hace que destaque uno de ellos, el clan Yamato, que se ubicaba en la zona central de la isla de Honshu, y cuya autoridad acabará imponiéndose por medio de conflictos armados o vínculos matrimoniales. Como resultado de lo anterior, el jefe del citado clan será el primer emperador de Japón, y contará con un consejo de estado formado por los cabecillas de los distintos clanes. Además, los Yamato expandirán su poder fuera de Japón, estableciendo una colonia en Corea, denominada Mimana, que favorecerá la llegada de más influencias al archipiélago.

Por todo ello, en este periodo se establecen y codifican mitos y creencias sintoístas, en especial la creencia en el más allá, que darán como resultado la construcción de grandes túmulos funerarios, o Kofun, término que da nombre a la cultura que los desarrolla.

Los grandes túmulos funerarios

Los denominados Kofun tienen su origen en las tumbas continentales, como la tumba de los guerreros de Xi’an, y en Japón aparecen los primeros ejemplos durante el periodo Yayoi a modo de montículos. Sin embargo, ese sistema de tumba con un montículo se fue depurando a la vez que la figura del jefe o líder adquiría una mayor relevancia. En todo caso, detrás de estos túmulos también se encuentra el mito de la montaña, dado que en las creencias sintoístas la montaña es la morada de los dioses y, por lo tanto, se consideran plataformas desde las que los espíritus de los muertos pueden ascender a los cielos.

Estos túmulos albergaban los enterramientos de emperadores y algunos cabecillas de clanes, y quedan concentrados en dos zonas, en Nara/Kyoto/Osaka, y en Okayama. La mayoría fueron construidos entre los siglos IV y VI ya que, más tarde, con el arraigo del budismo, los enterramientos fueron sustituidos por la cremación.

Sepulcro del Emperador Nintoku en la ciudad de Sakai, Japón. Construida en el siglo IV-V, es la de mayor tamaño con 32 hectáreas

Aunque al comienzo del periodo los túmulos son más sencillos y, según transcurren los años, éstos ganan en complejidad y riqueza, el tamaño del túmulo también variaba en función de la persona que estuviera enterrada en él, es decir, cuanto más importante fuera el personaje mayor tendría que ser el tamaño y la complejidad de la tumba. Aun así, todas las tumbas se caracterizan por tener unos fosos que separan el montículo del entorno, y que representan la separación entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Los túmulos con las cámaras sepulcrales pueden presentar distintas plantas: circular, cuadrada, mezcla de cuadrada y círculo, unión entre triángulo y cuadrado e, incluso, la mezcla de tres formas. Sin embargo, predomina la de ojo de cerradura.

A los túmulos se accedía por medio de un pasillo que conectaba con un pasadizo realizado en piedra que llevaba hasta la cámara o cámaras funerarias. Allí se solía localizar el féretro, realizado en madera, piedra o laca; y en la mayoría de los casos también había un ajuar compuesto por multitud de objetos que resaltaban el poder de la persona enterrada. En las tumbas más recientes en el tiempo se han hallado murales que presentan colores primarios y que están basados en motivos geométricos simples, aunque en ocasiones aparecen escenas de género, como ritos funerarios, que son copias de pinturas chinas.

Haniwa con forma de caballo, Tokyo National Museum | Haniwa con forma de soldado, Meiji Daigaku Museum

Al exterior, las tumbas presentaban árboles (cuya función era la de asentar la tierra del montículo) y unas esculturas de carácter funerario denominadas haniwa, realizadas a mano con arcilla, huecas por dentro, y cuya parte inferior era cilíndrica para poder ser clavadas en la tierra. Podían representar figuras humanas, animales, casas, barcas, etc. Y se clavaban con un orden: siguiendo hileras concéntricas, una exterior y otra interior, sobre el lugar que ocupaba el enterramiento propiamente dicho. Estas esculturas, al comienzo, debieron de ser simples cilindros de arcilla, huecos por dentro, cuyo drenaje evitaría los corrimientos de tierras durante la época de lluvias. Pero, con el paso del tiempo, los artesanos decidieron dotarlos de formas muy diversas y fueron adquiriendo simbologías: evocaban a los acompañantes del difunto en su viaje al más allá, o representaban el poder ostentado en vida por la persona fallecida. Sin embargo, el rasgo más sobresaliente de estas piezas es que con pocos recursos, a pesar de su factura simple, son piezas muy expresivas que poseen un encanto especial; sin olvidar, por otro lado, que harían de barrera entre el mundo de los muertos y el de los vivos.

 

Para saber más:
  • HANE, M. Breve historia de Japón, Alianza Editorial, 2000.
  • KONDO, A. Japón: evolución histórica de un pueblo (hasta 1650), Editorial Nerea, 1999.
  • BRETT L. WALKER. Historia de Japón, Editorial Akal, 2016.

 

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