De Muñoz Molina: “Tus pasos en la escalera”: inquietante novela junto a un hombre que espera

Por Horacio Otheguy Riveira

Los pasos en la escalera se mencionan varias veces, están ahí, se repiten elegantemente para confirmar la empatía que el lector pueda sentir por quien se va aislando cada vez más en una tensión creciente.

Esos pasos, a menudo los del propio personaje, además de aquella a quien espera, vienen a ser una sombra cuyo sonido nos alcanza, por eso la novela mantiene hasta el final el inquietante tono de estar junto al protagonista, el hombre expectante, esperanzado… mientras también nos hacemos muchas preguntas acerca de esa neuróloga célebre llamada Cecilia, sobre la que deambula como un funambulista el hombre que permanece aguardándola y la mirada siempre afectuosa de Luria, el casi humano can que le acompaña y también escucha, presiente, adivina… sus pasos en la escalera.

Antonio Muñoz Molina compone historia y personaje, modelados con la paciencia de un pintor que utiliza su propia experiencia en datos prácticos y en el universo poético, cuando no social, de dos ciudades en las que ha vivido: Nueva York y Lisboa. Dos ciudades cargadas de historias personales y generales que dan contexto y marcado colorido a una obra sensiblemente atraída por la suspensión etérea de la soledad: ese muro infranqueable para cualquiera que no sea uno mismo.

La primeras palabras impresas aparecen en una página en blanco, previa al comienzo de la novela: una cita de un filósofo que el protagonista lee con especial interés: “Il faut cacher sa vie” (Hace falta ocultarse). La firma Montaigne (Francia 1533-1592), un maestro de la obsesión por saber de sí mismo para comprender el mundo. Un aislamiento polémico, siempre interesante, como el que el protagonista prematuramente jubilado de esta novela vive con minuciosa prolijidad.

Después de la cita del filósofo francés, comienza la narración en Lisboa, la hermosa, decadente o reluciente capital de Portugal:

Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo. Las condiciones son inmejorables. El apartamento está en una calle silenciosa. Por el balcón se ve a lo lejos el río. (…) Al fondo de la calle, más allá del río, está el horizonte de colinas de la otra orilla y el Cristo con los brazos abiertos como a punto de levantar el vuelo. En Siberia hay ahora mismo temperaturas de cuarenta grados. En Suecia el fuego alimentado por un calor inaudito arrasa los bosques que se extienden más allá del Círculo Polar Ártico. En California incendios que abarcan centenares de miles de hectáreas…

En Lisboa se instala para esperar a Cecilia que vendrá volando desde Nueva York. Se procura un acogedor reposo en el que la desolación rara vez se ve seguida de encuentros gratificantes. Sí le salva de sus propias torpezas un eficaz colaborador, un hombre todoterreno que le ayuda a decorar el apartamento para que Cecilia encuentre sus cosas, sus rincones, sus aromas preferidos. E incluso escenifica las mañanas que llegan después de noches hermosas «con su dulzura sexual», así que siempre que desayuna, prepara un servicio completo para la todavía ausente.

Entretanto anda poco, lee mucho: «En cuanto termine la segunda lectura hipnotizada de las memorias del almirante Byrd emprenderé la de los seis volúmenes de la Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, de Edward Gibbon, que sin duda me llevará varios meses. Sin darme cuenta he perdido el hábito de beber whisky de malta y de leer los periódicos impresos. Una cosa que echo de menos es abrir la puerta cada mañana y encontrarme en la alfombrilla mi ejemplar del New York Times y sentarme luego con él en el sillón de lectura, junto a la ventana. Al menos el sillón de lectura lo sigo teniendo, y una ventana casi idéntica por la que miro hacia la calle, justo a la altura de la esquina por la que doblan los coches, los pocos que pasan por aquí».

En la pantalla del televisor: destrucciones de actualidad. En páginas impresas la soledad del almirante Byrd en la Antártida («Confiesa que le apetecía ese experimento no solo por el interés científico, sino por el deseo de estar unos meses apartado del mundo, al margen de las obligaciones y de la vida pública agotadora que llevaba»). Montaigne en el siglo XVI. Byrd en el siglo XX hasta 1957. El tiempo entre las manos de un hombre tranquilo solo en apariencia, a quien Los pasos en la escalera imaginados se entrecruzan con una angustia solapada que, poco a poco, va abriéndose paso en la espesura de su memoria, su ansiedad, y el mundo que hace todo lo posible por reventar:

Las noticias sobre el fin del mundo me llegan con puntualidad por internet y en los canales innumerables por culpa de los cuales me desvelo todas las noches y pierdo inútilmente horas valiosas de lectura y de sueño. Luria a mi lado en el sofá, el mando a distancia y un vaso de vino al alcance de la mano. Sátrapas con armamento nuclear, aspirantes a dictadores y a genocidas, proveedores de corrupción y de odio. Veo imágenes de huracanes devastadores y de islas del Pacífico que van siendo tragadas por el ascenso del mar…

 

 

 

 

 

 

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