“Laberinto, anatomía del presente». De dioses y Hombre

Por Francisco Collado

«Laberinto. Anatomía del presente», de Marino González Montero —representada en el Teatro López de Ayala de Badajoz el 16 de enero de 2020— deja patente, desde el primer diálogo, que se trata de una propuesta que enlaza directamente con su anterior obra «Muerte por Ausencia».

El autor-director opta por redescubrir aquella escenografía espartana. Nos regala de nuevo, esos  personajes solitarios, pero imbricados. Además introduce directamente al espectador, en el primer texto, cuando el personaje de Hombre cuenta como “La única forma de llegar al presente y la muerte, es la ausencia”. La propuesta formal navega entre el existencialismo más atroz, coqueteando con el teatro del absurdo y revitalizando el mito clásico con la presencia de esa diosa políglota y el trágico hado que sobrevuela a los personajes. Un fatum del que es imposible escapar y que tampoco es posible exponer, para no revelar el elaborado desenlace. Aquí, el autor vuelve a rizar el rizo con un punto de encuentro final para los personajes, demoledor y desolador, como ya hiciera en su anterior obra.  Deambulando entre las ruinas de una iglesia-teatro, las presencias (llamémosles así), celebran un ritual de ausencias. Una ceremonia donde la nada, lo irracional o la comicidad nihilista se aposentan en sus ¿vidas?

Este descenso al laberinto borgiano es al mismo tiempo derrota y victoria. Como la misma esencia de la vida. Una vida que los protagonistas (Hombre y Mujer), parecen haber abandonado en algún instante. El espectador se encuentra ante un teatro nada complaciente, un teatro donde el texto es el soporte vital del pathos. Donde la emoción surge de la identificación con personajes que deberían sernos ajenos, pero que conforme avanza la historia, van dejándonos su calidez y su aliento.  Caminamos con ellos hacia ese abismo nietzscheano que, sin duda, se va a asomar dentro de nosotros. Intentamos retomar el miltoniano Paraíso  Perdido, pero la sensación de liberación solo puede proceder de la palabra. Del verbo como catarsis.

Tyche (Ana García) propone a las dos presencias un viaje a través de la música y la palabra como camino iniciático. Camino que al final  deviene catarsis emocional. Toda la arquitectura de la obra se apuntala sobre un soberbio texto que, enraizando en lo clásico, mixtura posmodernidad, sentido del humor, absurdo o filosofía. En justa medida. En un excelente equilibrio entre lo humano y lo divino, entre la mundanidad y el pensamiento en estado puro. Acierto que se traduce en el ritmo narrativo, en la alquimia entre texto y puesta en escena. Mención aparte merece la labor compositiva de Claudio Gutiérrez al enfrentarse a unos textos, a priori, casi imposibles de musicar. Canciones que sirven de sendero e instantes de reflexión, defendidas con solvencia.

Laberinto, anatomía del presente es tan solo un título coyuntural, casi accidental. Las vivencias y cuitas de los personajes son universales y atemporales. Se enraízan en la tragedia clásica, se asoman al abismo nietzscheano, después de haber toreado a ese Minotauro que todos llevamos dentro, y se avecinda en el nihilismo de Sartre. Pero Marino González maneja un lenguaje posmoderno (a la par que clásico) al que los intérpretes saben dotar del necesario pálpito para que el dolor trascienda alegría, para que podamos vencer al abismo con el arma de la palabra y la ironía.

El elenco extrae una paleta de amplio cromatismo de los acerados diálogos, de la sutil poesía que sobrevuela el texto. Este es uno de los grandes aciertos de esta propuesta dramática: la recuperación de la creación per se, el retorno a lo teatral como texto, la palabra como alquimia y la petición a la platea para participar en la reflexión ofrecida. Y sobre todo, el respeto al espectador, no considerado como un consumidor de obras cómodas y de escasas entendederas. A día de hoy se agradecen proyectos en los que el espectador salga del teatro llevándose a casa algo más que unas efímeras carcajadas.

Ana García elabora un difícil personaje, una diosa díscola, políglota, que trata de guiar a Hombre y Mujer lejos de los buhoneros y vendedores de humo que acechan en la realidad. Paca Velardiez es la Mujer, con un intenso sesgo dramático, de amplia inflexión y recorrido. Jesús Manchón vuelve a destilar su personal punto de ironía y dominio  del timing, para extraer aristas y matices. Quizás toda la realidad de la humanidad se condense en ese gesto final, tierno, revelador, catártico, de un hombre que lo ha perdido todo y le ofrece su paraguas a otra persona “Por si afuera llueve”.

Con obras de este calibre, podemos afirmar que el teatro extremeño está en el buen camino. Como diría la diosa Tyche: ¡Chapeau!

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