Entrevista con Lucía Quintana, a través de formidables personajes y emotivos recuerdos

Por Horacio Otheguy Riveira

La vemos componer muy diversos personajes que se sitúan a nuestro lado en cuanto comienza la acción. Nunca distante, cualesquiera sean las características de su personaje, siempre la percibimos cercana, como si se nos acercara al oído para susurrarnos secretos. El misterio de la veracidad del arte cobra en su talento un cariz de facilidad, consolidado a fuerza de mucho trabajo.

Cuando se la felicita al salir del teatro, siempre agradece con una sonrisa contagiosa, una mirada limpia, junto a pocas y sencillas palabras. La máscara del personaje ha quedado resguardada en la oscuridad del camerino. El hechizo del arte escénico y la transparencia de la vida cotidiana casan estupendamente en la personalidad de Lucía Quintana, una actriz forjada en el camino de la permanente búsqueda de nuevas posibilidades creativas.

En el ya centenario Teatro Infanta Isabel, encarnó con gran éxito a una divertida prostituta de los años 60, convertida en angelical criatura por la desprejuiciada mirada de una familia todo corazón: Maribel y la extraña familia, de Miguel Mihura, dirigida por Gerardo Vera, 2013.

En la misma sala, siete años después, se ocupa de una protagonista muy distinta que también actúa a sala llena. Ahora no hay rastro de comedia, se trata de una víctima de abuso sexual en la adolescencia, sin otra redención que su propio esfuerzo cotidiano por salir de aquella pesadilla, «un personaje apasionante porque hace de su dolor una poderosa revelación para millones de mujeres que aún sufren tormentos similares»: Urania Cabral en La fiesta del Chivo, de Vargas Llosa, dirigida por Carlos Saura.

Entre una función y otra, existieron otros muchos personajes, principales o secundarios, siempre brillando con luz propia, lo mismo en Jardiel, un escritor de ida y vuelta —en el papel de la encantadora Leticia en amoroso contacto con su marido muerto— que en la ensoñada joven que adora Quevedo-Juan Echanove, en impactantes Sueños o a cargo de una madre indiferente, implacable; breve intervención en un personaje clave sobre el que gira Islandia.

«Para mí el oficio de interpretar es una manera hermosa de conocer la realidad, de ahondar en los misterios de la vida, de comprender mejor el mundo, de ser más conscientes, de sentir y reflexionar… En el teatro se mueve una energía muy especial propia del directo, exigiéndonos ser creativos función a función; también por parte del público para que se sientan inspirados por lo que ven en una puesta en escena, en nuestra interpretación. El arte de contar historias ajenas y hacerlas nuestras como aprendizaje en la propia existencia. Por supuesto que en los colegios se debería inculcar el interés por el teatro, porque entre otros muchos motivos ayuda mucho a los chicos a salir de sí mismos y comprender a quienes les rodean.

Sin duda, tuve suerte al participar en la labor tan importante y de tantos años de mis padres en el teatro, pero me tuve que esforzar mucho también al llegar a Madrid, aquí nadie regala nada, es todo muy exigente y en ese camino he tenido también la suerte de contar con grandes maestros y compañeros…».

Esfuerzo y capacidad para aceptar a los buenos compañeros de viaje en escenarios donde siempre se ponen a prueba.

En Los hermanos Karamázov, 2015-2016, junto a Markos Marín. Detrás, Ferrán Vilajosana.

Una actriz sumergida en un proceso creativo constante desde la infancia, gracias a sus padres: la escenógrafa, figurinista, escultora, Meri Maroto, y el actor y director Juan Antonio Quintana. Largo recorrido en Compañía propia con sede en Valladolid y numerosas giras. Al tiempo en que hacía de chico y de chica desde los 12 años, Lucía iba descubriendo los mil y un factores que construyen un espectáculo, incluyendo todo lo que el público no ve, el intenso trabajo que existe detrás de los decorados; a medida que crecía como mujer, potenciaba el deseo de venir a Madrid a estudiar y profesionalizarse, pero su padre-director-primer actor, consideraba que aún no estaba preparada, que tenía que madurar, que esperara un poco, «mejor estudia una carrera, que este oficio es muy duro».

«A ver, qué carrera, si lo único que yo quería era ser actriz».

Finalmente le hizo caso, entró en Historia del Arte. Aguantó dos años detrás de pupitres, esperando con ansiedad el siguiente ensayo, la próxima función, y un día llegó Sonia, el muy difícil personaje «de la muchacha fea» y muy trabajadora, pendiente de un amor imposible en un ambiente de agonía y decadencia: Tío Vania, de Chejov. Entonces todo cambió definitivamente.

¿Cómo fue aquella experiencia?

Sin duda, fue mi primer gran personaje, especialmente difícil al representar a una chica desolada, padeciendo un amor no correspondido, y una melancolía tan tremenda como muy poética. Me dirigía mi padre y por eso tiene una importancia aún mayor. Fue el origen de una hermosa carta que me escribió, emocionado por mi interpretación. En esa carta dejaba constancia de que ya estaba preparada. Detrás de su exigente mirada de maestro y director, al fin cedía a mi deseo de dejar de estudiar Historia del Arte y venir a Madrid a probar suerte en la RESAD (Real Escuela Superior de Arte Dramático) y dedicarme profesionalmente al teatro. Fue muy importante porque se unían muchas partes en mi vida: los años de vivir en escena y entre cajas, participando activamente en todas las tareas de una Compañía teatral junto al talento y la enorme capacidad de trabajo de mis padres y mi deseo de independizarme.

Ante la Sala Olimpia, 1997, donde Juan Antonio Quintana interpretaba y dirigía Yepeto, de Roberto Cossa. A su lado, hija y esposa en uno de sus entrañables encuentros.

Usted empieza a volar con alas propias con el auspicio de su padre. Otro hombre la habría sujetado lo más posible…

Jamás existió la posibilidad de que quisiera atarme. Había un concepto muy fuerte de familia y libertad, no solo en la creación. Y aunque era hija única, los dos pensaban en mi independencia y siempre estuvieron ayudándome de diversas maneras, a caballo entre Valladolid y Madrid, hasta que una enfermedad crónica del corazón se llevó a mamá el pasado año, y un Parkinson paralizante mantiene ingresado a papá. Estas situaciones me han generado mucho dolor, y aún lo hacen, pero precisamente ellos me enseñaron que todo golpe ha de sernos útiles para fortalecernos y seguir aprendiendo en las cosas de la vida y en esta profesión que reclama constante evolución. Fueron dos seres con una capacidad de trabajo y una creatividad admirables.

Resulta muy interesante cómo su padre —a quien tuve el gusto de aplaudir en varias ocasiones, y con quien conversé largo y tendido tras su creación de Lucky en Esperando a Godot— aunaba lo artesanal del teatro con el estudio de diversas técnicas, y lo bien que supo transmitirle a usted esa capacidad de trabajo y ese deseo pertinaz de conocimiento.

Siempre ha sabido renovarse, preocupado por algo que yo valoro especialmente: la capacidad de sorpresa, de no dar por conocido ni por sentado nada, pues si todos tenemos luces y sombras, el teatro se alimenta de una catarsis liberadora que necesita permanente observación y conocimiento. Recuerdo que con 12 años fui el niño de La zapatera prodigiosa, de García Lorca, y poco después la niña en la misma obra. La magia del espectáculo también tenía ensayos, repeticiones, decorados que armar y recolocar, vestuario, pasar frío, calor, para rendirse a unos aplausos que siempre eran la antesala de nuevos proyectos.

Ya lleva muchos años en el teatro, varias series de televisión y el éxito reciente de la serie de humor negro, Matadero —donde se ocupa de un personaje insólito en su carrera—, casi al mismo tiempo que el estreno de esta formidable creación de Urania Cabral en el teatro. Un proceso emocionante.

El año pasado fue un año muy especial, tanto en lo personal como en lo profesional. Estrené una serie maravillosa con mi primer protagonista en televisión, tuve a mi segunda hija, murió mi madre y otro familiar muy querido, y a finales de año me metí de lleno en el papel de Urania Cabral en La fiesta del chivo. Creo que abro etapa, me siento más madura en algunos sentidos, más consciente como actriz y como persona, la vida nos cambia, los acontecimientos nos transforman, en nuestra mano está hacer que esos cambios nos ayuden a crecer.

A menudo se la escucha agradecer a quienes la han ayudado…

He dado con maestros, directores y colegas muy generosos, que me han abierto puertas y facilitado senderos. El primero en Madrid fue Ernesto Caballero, profesor en la RESAD que a varios alumnos nos llevó al Teatro de La Abadía en los comienzos donde dimos primeros pasos. Luego, algunos compañeros y mi entonces pareja, Alfredo Sanzol, juntos tuvimos una compañía durante nada menos que 15 años; mucho tiempo de lucha dura en salas alternativas hasta que fue destacando y hoy, entre muchos otros ejemplos, allí está La ternura, un gran éxito temporada tras temporada, y Sanzol director del Centro Dramático Nacional. Luego llegó Gerardo Vera con Woyzeck, Maribel y la extraña familia, Los hermanos Karamázov, Sueños… Aunque la lista podría ser larga entre pequeños y grandes detalles, mi amigo y primer actor Juan Echanove es hoy una compañía valiosa para seguir dominando el arte de interpretar, pero sobre todo un ejemplo de honestidad, de ética, sin la cual nos convertimos en marionetas sin responsabilidad alguna…

Cara de plata, de Valle Inclán. Con Jesús Noguero. Teatro María Guerrero, 2005.
La persistencia de la imagen, de Raúl Hernández Garrido, Teatro María Guerrero, Sala de la Princesa, 2005.
En la luna, de Alfredo Sanzol. Teatro de La Abadía, 2011.
Jardiel, un escritor de ida y vuelta, de Jardiel Poncela y Ernesto Caballero. Teatro María Guerrero. Temporada 2016-2017.
Matadero. Serie de Televisión creada por Daniel Martín Sáez de Parayuelo, 2019.

Nos separamos frente al teatro Infanta Isabel. Falta hora y media para que empiece la función de La fiesta del Chivo. Dentro, el ambiente es muy cálido para la única mujer del reparto, junto a su gran amigo Juan Echanove, esta vez a cargo de un tirano con aires de simpático bonachón. Les acompañan notables profesionales como Manuel Morón, Eduardo Velasco, Gabriel Garbisu, David Pinilla.

Lucía Quintana cruza la calle, me quedo con su preciosa sonrisa, y las muchas palabras que hemos compartido entre mutuos recuerdos. La acompañan la felicidad del amor de sus hijos y su pareja, y la a ratos pesada incertidumbre de su camino. También están a su lado la memoria de sus padres dándole mucha fuerza y todas las mujeres de las que se ha ocupado con espléndidos recursos.

Entra en el teatro, recorre los viejos pasillos de la antigua sala, y cuando al final de la jornada resuenen aplausos y ovaciones («sobre todo de mujeres que se sienten identificadas con el sufrimiento de Urania»), volverá a emocionarse por dar testimonio de una oleada de machismo criminal enquistada en políticos que lo pervierten todo y dan por normales las mayores monstruosidades.

«He interpretado a mujeres muy variadas, todas fuertes, con carácter… me quedé eso sí, con las ganas de hacer Julieta, me fascina, ya no llego por edad, pero ahora me apetecen muchas otras cosas, volver a hacer Chejov, por ejemplo, más Shakespeare, Macbeth me gustra mucho… La buena persona de Ze Chuan, de Brecht, y no sé, mujeres de todo tipo, quizá sea verdad que los personajes nos eligen en el momento que estamos en el punto justo para hacerlos. Cuando murió mi madre me vino una necesidad enorme de aprovechar la vida que queda… Me gustaría emprender nuevas aventuras, generar proyectos, dirigir, escribir… en todo caso, arriesgar».

 

Matadero, TV, 2019, junto a Ginés García Millán.

 

 

 

 

 

 

 

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