Reseña de «Ceses», de Tomás Rivero

Por Rafael Escobar Sánchez.

Tal vez sea una impresión subjetiva, es decir, errónea. Pero respecto a De un libro que no pienso escribir nunca (Tigres de Papel, 2017), veo en Ceses (Amargord Ediciones) un mayor aire de posicionamiento moral, una conciencia de heterodoxia marginal reivindicada de una manera espontánea, ajena al orgullo («Hoy sólo sirvo para ser un retirado. Retirado como la única utilidad que puedo ofrecer a esta sociedad ociosa a la que tanta incomodidad debo»), en que el afecto nace como un roce entre seres marcados por el estigma de la extrañeza o el dolor que llega a crear, por sí mismo, una ficción de compañía («Hay una mujer sentada que me mira y me desea. Si ha llorado no estaba sola») y hasta determina una peculiar sensualidad que se alimenta de la confusión deliberada entre lo natural y lo libresco («Llámala libro. Busca en su cuerpo de papel excitante hasta encontrar la humedad derramada por los árboles»). Resulta esencial en estas páginas la fortaleza que permite resistir en la incertidumbre y hasta convertirla en un credo vital («Toda duda es una huida. Toda certeza es una pérdida») y afrontar el arte como un pulso contra la irracionalidad que pretende doblegarlo («Pensé que de la convulsa violencia de mi cuerpo / nacía la belleza más pura»).

Actitud que resulta coherente con una poética tallada desde la renuncia y el ostracismo voluntarios (“Ceses”), con la alineación vital con cuanto queda al margen del triunfo oficialista (“Ciegos tropiezos”), en la que apunta, ocasionalmente, tonos casi lapidarios, de manual de preceptiva ética («No seas avaricioso de todo / deja que una generosidad mayoritaria / se propague sobre la tierra»). La poesía se convierte en una manera de no desaparecer ante un uso burocrático y deshumanizado de la lengua, que hace vacío cuanto toca a base de convertirlo en algo idéntico y reglado, en enumeración apática (“Índice de nombre propio”) y, por tanto, en una dinámica para que no cunda la extinción («He de pensar / en las consecuencias tristes del silencio») en la que, a veces, no se puede esquivar la pena por lo utópico de toda comunicación humana (el breve poema “Aquel hombre” es uno de los mejores que reproduzco al final de este escrito).

Otra línea temática esencial del libro resulta la sintonía vital con lo más esencializado de la naturaleza: en su incertidumbre, en su certeza de ser algo inconsistente o en su miedo a nombrar, en cómo se recurre a ella para encontrar símbolos que le permitan comprender sus propias emociones (“Rama”) hasta el punto de que pueda llegar a operarse una mímesis completa («Oigo cuervos. Me levanto y vestido de negro, escucho cantos. Me levanto desnudo y con orejas negras escucho alas negras: oigo cuervos»).

En cuanto al estilo, pronto entenderá el lector la pertinencia de la invocación vallejiana con que se inicia. También en estos versos hallará rasgos de audacia y extravagancia léxica, transgresiones gramaticales que hasta se justifican, atribuyéndolas más a la fatalidad que a la inquietud creativa, en una nota final, una trama de irracionalidad por medio de imágenes que rompen con la lógica y desubican al lector privándole del confort de una lectura lineal, unos “giros de timón” imprevistos que saben a poema creándose a sí mismo de manera autónoma y que podrían recordar a los que ejerce la escritura de su paisano lucense, Miguel Ángel Curiel. Igualmente destacable es la potencia sugestiva de los textos más orientados a lo descriptivo, más frecuentes en la parte final del libro, por medio del juego cromático (“Bodegón”) o el paladeo en realidades pequeñas, un mimo sensorial en el que se van filtrando sutilmente fondos de melancolía (“Retrato”) o de un sereno hedonismo que permite a lo cotidiano hablar con humildad de esa trascendencia suya que, a menudo, no se ve (“El invierno al sur”).

En definitiva, es Ceses, quizá, el libro más exigente, a nivel de forma y pensamiento, de Tomás Rivero, pero también el que más premia al lector que acepte acercarse a él con lentitud, con una actitud de tanteo en que el sentido irá brotando con el ritmo y hasta las limitaciones que marque el propio verso. En los tiempos de la escritura hecha “fast food”, de textos ya previamente masticados, que se ignoran al segundo para engullir otro de la misma y mediocre factura técnica, una valiosa apelación a ese reto intelectual en que siempre debe consistir leer poesía.

 

AQUEL HOMBRE

Ella regaba las plantas con zumo de naranja.

Él las miraba morir lentamente cada día.

Ella creía que les estaba devolviendo algo que fue suyo.

Él pensaba que su mujer sufría

Y añadía sal a la tierra.

Ambos lloraban a escondidas.

 

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