Las cruzadas, del mito a la realidad. Parte I: La Primera Cruzada

Por Tamara Iglesias

 

Cuando pensamos en la Edad Media una de las imágenes arquetípicas que se nos viene a la cabeza es la del valeroso caballero, ese Lancelot de Richard Gere o ese William Thatcher de Heath Ledger que revivían el Código de Caballería entre 1995 y 2001. Por desgracia, la realidad tras estas figuras poco tiene que ver con la ficción cinematográfica y al consultar los documentos historiográficos la imagen del justiciero que luchaba por la paz se desvanece para dar paso al sanguinario carnicero que diezmaba aldeas enteras con tal de obtener fama, gloria y oro.

Y si bien los diez siglos que abarca este periodo dieron pie a una plétora de ejemplos, en este artículo vamos a detenernos en el célebre pero desconocido caballero cruzado.

Diferentes hermandades de caballeros cruzados

¿Quiénes fueron los cruzados?

Entendemos por cruzado a toda persona armada y adscrita a una orden cristiana de la Europa Occidental, manteniendo un modus vivendi propio regido por las enseñanzas de San Agustín y San Benito. Cualquier persona, con independencia de su rango social, podía convertirse en militiae o, lo que es lo mismo, “combatiente por la fe”. ¿Qué suponía este título? Que el interfecto lograba el perdón de los pecados y la salvación eterna a través de la violencia meritoria, como un defensor y mártir de la Iglesia.

¿Cómo surgieron?

Aunque la pregunta es muy compleja y dedicaré un artículo entero a responderos, podemos resumirlo en que surgieron como principio de acción frente a contemplación, dando lugar por un lado a las ordenes mendicantes (como los franciscanos y los dominicos) y por el otro a las militares de entre las que destacan la Orden del Temple, la Orden de Santiago, la Orden de Avís y los Hospitalarios (sobre los que profundizaremos en futuras entregas).

¿En qué consistieron las cruzadas?

Grosso modo, podríamos decir que se trató de nueve conflictos bélicos impulsados por un objetivo común: que la cristiandad obtuviera el dominio de Jerusalén, ciudad que había estado en manos de los musulmanes desde el siglo VII. Su origen fue el Concilio de Clermont-Ferrand (7 de noviembre de 1095), cuando el Papa Urbano II instó a los reinos europeos a participar en la acometida contra lo que él denominaba “infieles y paganos”.

La primera cruzada

Los contingentes principales se reunieron desde Lombardía, Francia, Renania y el sur de Alemania, destacando las tropas de Pedro el Ermitaño por incluir a campesinos (hombres, mujeres y niños) e hijos de las bajas casas nobiliarias, lo que dio a esta cruzada el sobrenombre de “cruzada popular o de los pobres”. Según los estudios del historiador contemporáneo Jean Flori, podrían haber sido un total de 120.000 nuevos cruzados los que se encaminaron hacia el Este en verano de 1096 (contando con tan solo 15.000 caballeros experimentados). Tras cruzar Asia Menor en agosto de 1096 fueron diezmados a manos de los seleucidas en la batalla de Civitot, tras el asedio de Xerigordon.

«Pedro el Ermitaño predicando la cruzada» de Francesco Hayez, entre 1838 y 1867 (Biblioteca Nacional de París)

Por su parte, los ejércitos de Godofredo de Bouillon y Raimundo de Tolosa bebían la victoria a cada paso que daban: Nicea, Edesa y Antioquía estaban entre sus más recientes triunfos, pero por desgracia el combo entre falta de provisiones y las permisividades papales pronto dieron lugar a saqueos y ataques, sufriendo los mayores estragos aquellos núcleos de población que albergaban comunidades judías. ¿El motivo? Muchos de los nobles y príncipes europeos consideraban lícito adoptar una actitud antisemita y obtener, de paso, las riquezas de los fallecidos sin necesidad de entregar la peccata minuta a sus superiores.

Es interesante destacar que muchos representantes religiosos (obispos, arzobispos, párrocos…) quisieron evitar estas masacres, pero en la mayor parte de los casos (como en Colonia) las sinagogas fueron quemadas con decenas de devotos en su interior y cientos de ciudadanos encontraron el filo del cuchillo mientras huían por las calles.

 

¿Cómo fue la toma de Jerusalén?

El asedio comenzó la noche del 13 de mayo del año 1099, con cruzados rellenando los fosos que rodeaban las murallas para acercar las torres de asalto, y el uso continuo de catapultas destinadas a abrir brechas en las líneas de Iftikhar al-Dawla, quien hasta entonces había sido el gobernador de la ciudad santa. Y he aquí un apunte interesante: cuando revisamos la versión de los cronistas sirios como Bar-Hebraeus, nos encontramos con que, al saber de la llegada de los cruzados, al-Dawla decidió evacuar a la mayoría de la población (incluidos los cristianos) asegurando su supervivencia, algo muy diferente de lo que solían hacer los gobernadores occidentales (que normalmente tendían a pagar su odio y frustración con los civiles que compartieran las creencias de los atacantes).

Pero volviendo al tema que nos ocupa: tras seis semanas de asedio y a cambio de salvoconducto para sus hombres, el líder musulmán entregó un enorme botín y las llaves de la ciudad a Raimundo de Tolosa, monarca que se había unido a la cruzada para cumplir sus deseos de ser enterrado en tierra santa; a pesar del oro obtenido, los cruzados sólo dieron paso a al-Dawla y sus soldados, lanzándose luego contra los inofensivos habitantes. A este respecto, Fulquerio de Chartres (cronista de la cruzada) cuenta que la avaricia de los escuderos y los campesinos llegaba al punto de abrir los cadáveres en canal y remover los intestinos de las víctimas para asegurarse de que no se hubieran tragado monedas o joyas. El 18 de julio los últimos cautivos fueron ajusticiados por orden de Godofredo, nuevo gobernante de la ciudad y, el 1 de agosto, habiendo sido elegido Arnaulfo de Rohes como nuevo patriarca, fueron expulsados todos los sacerdotes griegos, armenios, sirios, coptos y georgianos, asegurando un único culto en la urbe: el cristiano.

Curiosamente el hombre que había originado todo este cómputo de barbarie, Urbano II, moriría el 29 de julio cuando aún no había llegado a Europa la noticia de la conquista.

Oye, Tamara, así entre nosotros… ¿era realmente necesario recuperar Jerusalén?

«Toma de Jerusalén durante la Primera Cruzada». Grabado tardomedieval, siglos XIV-XV, atribuido a Sebastien Mamerot.

Bajo mi punto de vista, no. A diferencia de lo que creía la mayoría occidental, no era necesario “salvar a los cristianos” de Jerusalén dado que se mantuvo una convivencia positiva entre las diversas creencias religiosas. Ahora bien, al margen de motivos religiosos (que a mi entender nunca deberían justificar ningún tipo de violencia o abuso) lo cierto es que en esta contienda intervinieron factores como la relevancia geoestratégica de la ciudad, muy relevante para las potencias mediterráneas. Su recuperación suponía una demostración de fuerza, especialmente si añadimos el hecho de que la Península Ibérica acababa de reconquistarse y Córcega, Cerdeña y Sicilia habían sido colonizadas. Para más inri, en marzo de 1905 Urbano II había recibido una llamada de auxilio del emperador bizantino Alejo I Comneno pidiendo mercenarios para combatir a los seleucidas, así que al enviar a los cruzados se ganaba el favor del emperador.

En último lugar, también fue una oportunidad excelente para los segundones de las familias nobiliarias, que podían dejar de lado la acostumbrada vida eclesiástica para buscar fama y poder en el aparato bélico, así como una distracción y entretenimiento para los estratos más bajos de la población, que comenzaban a ser conscientes de que la sociedad feudal era la culpable de todas sus desgracias.

 

Para saber más:
CUESTA, J.I.: Breve historia de las Cruzadas. Madrid, Nowtilus, 2005
GARCIA GUIJARRO-RAMOS, L.: Papado, cruzadas y órdenes militares, siglos XI-XIII. Madrid, Ed. Cátedra, 1995.
TYERMAN, C.: Las cruzadas. Realidad y mito. Barcelona, Ed. Crítica, 2005.
Las cruzadas: la cruz y la media luna” (2005) un documental de Stuart Elliot y Mark Lewis

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