A la sombra de Peñalara con Javier Reverte, poeta

© MANUEL RICO

El verano de 2015 fue un tiempo extraño. Yo acababa de asumir la presidencia de la ACE y uno de los primeros desafíos con que me encontré se dibujó tras una visita a la sede. Se trataba de Javier Reverte, narrador, autor de literatura de viajes, periodista cotizante a la seguridad social durante cuarenta años… y poeta casi oculto. Él llegó con una brutal sanción por haber compatibilizado la pensión de jubilación con los derechos de autor y pedía apoyo y asesoramiento jurídico. Creo que no nos conocíamos de antes salvo por las lecturas mutuas y por las referencias de amigos comunes. Sin embargo, en aquellos días comenzaría una sólida amistad y, en paralelo y de modo natural, empezaríamos a sentar los cimientos de lo que en ese mismo otoño sería la Plataforma Seguir Creando. Se iniciaba un movimiento de autores y, más allá, de trabajadores de la cultura que desembocaría, por vez primera en la historia del parlamento español, en la aprobación por unanimidad y tras largos meses de trabajo, debates e intercambio de propuestas, del Informe sobre el Estatuto del Artista y de la compatibilidad pensión/derechos de autor. La cultura entraba en el ámbito de la política por la puerta grande. Un paso de gigantes que la pandemia y sus consecuencias han dejado, al menos en parte, en el congelador.

Pero no es ese el motivo del presente artículo. Se trata de Javier, se trata de nuestros primeros encuentros, fuera de la “batalla profesional”,  con el telón de fondo  de la literatura, especialmente de la poesía. El mes de agosto de 2015 quedamos para almorzar en un lugar de montaña. Él estaba retirado, escribiendo, en Valsaín, en ese lugar paradisíaco donde, en la sierra del Guadarrama, la montaña comienza a hacerse pradera de camino hacia La Granja y Segovia, tierra de pinares y frío, de recuerdos clavados en un tiempo infantil de campamento y piel curtida, de himnos oscuros y sueños de montaña, de confusión y miedo a veces sorprendido en el rostro de nuestros padres.  En aquellos días de agosto yo estaba en el refugio de Gargantilla del Lozoya, en pleno valle al que da nombre el río. Quedamos en celebrar el almuerzo en un lugar equidistante entre Valsaín y Gargantilla, un restaurante en las afueras del pueblo de Rascafría. Nos acompañó Carlos Santos, en aquellos días responsable del programa de RNE “No es un día cualquiera” en sustitución veraniega de Pepa Fernández, y hablamos mucho de nuestra convivencia con la literatura y, sobre todo, con aquellos parajes. Reverte, al que había leído en algunas de sus crónicas viajeras, desde Vagabundo en África hasta Canta Irlanda, su viaje por las tierras de Joyce enriquecía su imagen de viajero cosmopolita por lugares remotos, desde Alaska a Nueva York o Pekín, se reveló como un enamorado de la sierra del Guadarrama. Había tenido alquilada una casa en Alameda del Valle, a orillas del Lozoya, en la que pasó largas temporadas, y acabó por dar el salto a una casa alquilada de Valsaín por razones que no vienen al caso. En aquella conversación nos descubrimos amantes de la caminata, de los días otoñales y de la búsqueda de setas y hongos, de los lugares recónditos de un territorio todavía a salvo de la fiebre especulativa y urbanizadora. Días después me sorprendió con un envío: el borrador de su último poemario, un libro en el que llevaba trabajando mucho tiempo y que acababa de concluir. Me lo hizo llegar para que le diera opinión y por si a Bartleby le interesaba. Cinco años después, en este otoño cruel (infinitamente más cruel que el abril de Eliot), tras una paciente espera, Hablo de amor entre fantasmas llegará a librerías. Ocupará un lugar en los escaparates y en las mesas de novedades.

Aunque la poesía de Javier ha ido siempre por senderos semiclandestinos y en paralelo a su obra narrativa y viajera, sus primeros poemarios nacieron en la década de los ochenta. Reverte es un novísimo no novísimo, un raro poeta que se califica a sí mismo de “digno”, pero a mi juicio sus poemas van más allá de la pura dignidad. Es una poesía pegada al mundo, hecha en la trastienda de sus viajes, trufada de intimidad y de fantasmas, directa y huidiza de retórica y artificio, cargada de verdad y de una emoción lírica contenida, casi pudorosa, pero eficaz.  Aunque somos de generaciones distintas (él nació en 1938, como Vázquez Montalbán), coincidimos en el año de publicación del primer poemario. En 1980, en una editorial desconocida, Colectivo 24 de enero, Javier publicó Metrópoli, y, ocho años después, en el tiempo dorado de la movida madrileña, Libertarias editó El volcán herido. Entonces, todo, o casi todo, estaba por construir. En aquella conversación a la sombra de la cumbre de Peñalara supe que habíamos coincidido en el partido comunista en los años difíciles, en el tardofranquismo, y que estuvimos, juntos y sin saludarnos, en todas las batallas por la dignidad colectiva y por la libertad que se fueron planteando en la transición y en la post transición. En aquel entonces que hoy parece remoto, todo estaba por inaugurar y hoy, a la luz de los poemas del poemario de Javier, ahora todo parece despedirse: el padre, la memoria de la posguerra, la dignidad del abuelo, los grandes amigos, los ideales, un poso de decepción y otro de melancolía, las chispas justas de ironía y unas no desdeñables dosis de las convicciones y verdades que han dado sentido a la vida.  Y de las mentiras y las decepciones.

Hay algo muy especial, casi magnético, en la sierra del Guadarrama. Javier y yo compartimos devoción por sus rincones y, en buena medida, nos sentimos conmovidos por poemas de autores que han hecho de ella motivo de inspiración como Leopoldo Panero, o Luis Rosales, que se apropió sentimentalmente de Cercedilla, lo convirtió en lugar de retiro y de escritura, o de Antonio Machado, o del Alberti de La amante, de Enrique de Mesa, o de poetas sin nombre que se sintieron atraídos por esos lugares que cuando la infancia crecían entre nieves y hielo en los inviernos, y en frondosas y acuáticas primaveras, veranos de erial y tormentas de atardecer, y otoños envolventes de hojarascas y níscalos, de robles ocres y amarillas fresnedas.

En este otoño de pandemia e incertidumbre, Javier Reverte nos hablará de amor entre fantasmas.  Será en un libro cómplice que nos acercará a los recovecos de su memoria y de su fromación sentimental. Y también a algunas experiencias duras, como la que inspira su poema «Elegía a mi padre», con cuyo primer apartado concluyo estas líneas:

«No he aceptado que has muerto, viejo tunante.
Y me queda el consuelo del sueño de las siestas:
que te has ido de viaje y de vuelta estás pronto.

¡Ay, cara de niño pícaro al mirar de soslayo!
Como si lo supieras todo,
sabiendo que sabías
que nadie sabe nada.

Siempre sueño, en la tarde,
que apareces de pronto
sin advertirlo a nadie,
cargado de sonrisas,
con tu mirada de oro
y con tu voz que brota
como surgía el agua de mi infancia
cuando estaba a tu lado
buscando mariposas, truchas y lagartijas,
a la orilla de un río,
al pie de Guadarrama:
aquellos riachuelos perdidos en la sierra,
cumbres de blanco y negro en postguerras de hambre
que tu hacías alegres.

Creías en los niños, solo en ellos.
Y ellos te admiraban.
Asomaban de pronto,
a todos nos besabas:
el primer beso, el mío,
lo digo con orgullo.

Y cantando, cantando a toda hora.»

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