‘Máximas y pensamientos de Napoleón’, de Honoré de Balzac

Máximas y pensamientos de Napoleón

Honoré de Balzac

Traducción de Hugo Savino

Mármara

Madrid, 2020

112 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Balzac no podría olvidarse de la comedia humana, entendiendo por comedia la relación que se establece entre las distintas versiones de la condición, del espíritu, de los anhelos con ánimo de que la historia personal termine mejor de lo que empezó, ni siquiera cuando seleccionaba aforismos. En este caso, la relación de frases se corresponde a libros que aludían a Napoleón, en los que se recogía alguna sentencia que Balzac iba anotando en un libro de cocina, como escondiéndolas de sí mismo, y que terminó por publicar con seudónimo. La comedia, claro está, también implica las contradicciones, que no cesaba de ser la obsesión del escritor francés, así como la versión casi catastrófica, de su idea del aspirante a emperador, un hombre de voluntad violenta que apenas sentía una sola curiosidad, la de la imposición de ésta a través de las leyes.

“Esta recopilación de axiomas será sobre todo el código de los poderes amenazados: nadie mejor que Napoleón tuvo el instinto del peligro en materia de gobierno”, escribe en el prólogo, en el que también da cuenta de la franqueza que le caracterizaba: “glorificó la Acción y condenó el Pensamiento”.

La selección posee un cierto rigor cronológico, pues nos transmite la evolución del personaje. En alguna de las primeras máximas (pues son más esto, una imposición de las ideas que un pensamiento, una resolución de las reflexiones) aparecen atisbos de identificación con el pueblo; pero rápidamente pide un absolutismo, un despotismo, y se entrega a él. Y esta solución de gobierno se impondrá por medio del sable. Napoleón aboga por la acción, que empieza definiendo a través de la revolución, luego hace apología de la guerra para terminar definiendo sus estrategias de gobierno. El libro termina con algunas sentencias escritas en Santa Elena, durante el exilio, en las que la melancolía que da veladísima, pues continúa imperando el deseo de poder o, para ser más exactos, el deseo de dominio. El libro es un acierto en cuanto a la definición del militar francés, y por momentos nos demuestra que su inteligencia no estaba dedicada en exclusiva a los términos bélicos: “La mayoría de los sentimientos son tradiciones”, escribe, y nosotros nos quedaremos meditando sobre los mismos, sobre cuánto de lo que nos emociona nos ha sido impuesto por motivos geográficos: ¿de verdad lo que nos pone la piel de gallina es lo aprendido, lo exclusivo de nuestro entorno social?

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