El Tour como ficción 2020 (IV): Galdós y un cuento real… inverosímil

Ha terminado ya el Tour de Francia del covid y en la última semana no ha habido más que cuatro ataques entre los diez primeros de la general: uno de Miguel Ángel López a tres kilómetros de meta, uno de Pogacar a dos, una aceleración de trescientos metros de Mas y otro de Landa, del que enseguida hablaremos. Es importante señalar esto para comprender que dos semanas después seguimos empantanados en los tiempos bobos del ciclismo y en la carrera más importante del calendario no ha pasado, en definitiva, nada más allá de la continuación de la estafeta romántica. Roglic ni siquiera ha necesitado atacar y se ha dedicado tres semanas a la más pura y aburrida regularidad: no se ha caído, no ha cedido nunca en la montaña y se ha apoyado en el equipo más sólido de la carrera, el Jumbo, que ha sustituido en la cúspide del canovismo ciclista al Ineos, manteniendo, eso sí, su devoción por Ovidio, al que han homenajeado metamorfoseando a un ligero escalador como Gesink en un potente gregario para el llano o a un pesado rodador como Van Aert, tercero en la última etapa de montaña, en el dominador de los grandes puertos alpinos.

Pero, como decimos, la resiliencia, y no la rebeldía, parece encumbrada en la escala de valores del ciclismo y el principal y casi único objetivo de todos los favoritos ha sido aguantar la rueda del tren del Jumbo y, en caso de crisis, perder menos tiempo que otros rivales. Por acostumbrados que estemos en la última década, es asombroso. No hace tanto tiempo que en el Tour de Francia se buscaban escapadas, victorias de etapa, estrategias colectivas para el asalto a la clasificación general y otros lances que hicieron del ciclismo el deporte de mayor altura épica de nuestros días. En los tiempos bobos, todo eso ha terminado y la explicación es, de nuevo, galdosiana.

Como ya dijimos hace dos semanas, el protagonismo de las novelas contemporáneas de don Benito recae en antihéroes frustrados que no solo no llevan al colmo sus proyectos vitales sino que ni siquiera llegan a ponerlos en marcha. Así, mientras que un típico héroe romántico (cualquiera de los protagonistas de las Leyendas de Bécquer, por ejemplo, o el Alberto Contador crepuscular) puede frecuentemente perder la vida o la razón en pos de su imposible asalto a lo sublime (es decir, lo desproporcionado, lo majestuosamente aterrador, la obra artística excelsa, los Alpes, mismamente), las desdichadas criaturas de Galdós, acordes a su época, fracasan de una forma francamente tonta que despierta más compasión que admiración: horneando pasteles como Tristana, cuidando pollitos como don Lope, suicidándose de forma patética como Ramón Villaamil. Esta es la clave de la novela moderna: no podemos admirar a sus personajes como admiramos a los héroes de la épica antigua, pero podemos empatizar con ellos y conmovernos con sus desgracias, añadiendo quizás alguna risilla porque no dejan de ser desgracias, las más de las veces, un tanto ridículas.

En este Tour galdosiano ha habido, pues, de eso en abundancia, y nadie representa mejor esta figura que Mikel Landa, el único contendiente que ha intentado algo distinto… pero de qué manera. En la etapa reina (etapa reina de ciento setenta kilómetros y solo dos puertos de montaña, como corresponde a los tiempos bobos), su equipo asumió el peso de la carrera y endureció las dos ascensiones preparando un ataque para asaltar el podio; finalmente, no solo no llegó a atacar, sino que se quedó cortado antes de que hubiese ninguna aceleración. En su primer Tour como jefe de filas único y a los treinta años, está por ver si sigue, como Tristana, quijotescamente empeñado en las clasificaciones generales o se abandona, también como ella, al “arte culinario en su rama importante de repostería” buscando, por ejemplo, las victorias parciales que no abundan en su palmarés.

Ha habido una cantidad más que respetable de fracasos antiheroicos, pero marcados además por otro rasgo de carácter tan omnipresente en los personajes y la sociedad de las novelas de Galdós como la tacañería, la obsesión por el vil metal que atenaza a la burguesía hogareña de Madrid, la clase media baja sometida al vaivén de los cambios de gobierno o a los golpes adversos de la fortuna económica. Impera en ellos, como en los ciclistas del Tour, el quiero y no puedo y el ahorro obsesivo de la última peseta, del último punto UCI, que determina la clasificación anual de cada corredor y cada equipo, o del último gramo de fuerza. Impera, vaya, la doctrina de Eusebio Unzué, director general del Movistar y avatar ciclista de doña Lupe, la de los Pavos, que preconiza la necesidad de reservar las fuerzas hasta el último día porque el Tour es muy duro y los Campos Elíseos se pueden hacer muy largos.

Su equipo, que funciona a todos los efectos como selección española, es desde hace mucho el mayor exponente de tal actitud y ha vuelto a alcanzar los resultados a los que cabe llegar sin hacer un solo esfuerzo más allá de lo necesario en tres semanas de carrera: el quinto puesto de Enric Mas con un solo ataque y pidiendo relevos justo después y la clasificación por equipos, la especialidad de la casa que, por ser la quinta en los últimos seis Tours y la cuarta consecutiva en una gran vuelta, un espectador inadvertido podría pensar que solo disputan ellos. Su segundo mejor corredor, el venerable Valverde, termina duodécimo con la misma estrategia y pierde a última hora el que parecía ser su objetivo, convertirse en el corredor más viejo que alcanza un top-ten en la Grande Boucle; por el contrario, su posición final es tan meritoria a sus cuarenta años como irrelevante en un palmarés con ciento veintisiete victorias como profesional y solo cuatro etapas en el Tour de Francia, pero fundamental, eso sí, para la apasionante clasificación por equipos.

La tacañería en el ciclismo, como en las novelas de don Benito, tiene efectos opuestos y suele beneficiar a quien menos lo merece. Así, Richie Porte accede al podio en la última cronoescalada sin un solo demarraje en toda la carrera y desplaza de la tercera posición al protagonista del único ataque medianamente serio de los Alpes, Miguel Ángel López, que por otra parte declinó un último intento de distanciar al australiano después de que este pinchara declarando tranquilamente después de la etapa que confiaba, por algún motivo incomprensible, en sus posibilidades contra el reloj. De hecho, López termina sexto tras toda una debacle en la contrarreloj. Quizás quepa ver aquí la mano de la justicia poética…

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Y entonces llegó Pogacar. Hasta aquí había avanzado yo en mi artículo, escrito de forma poco profesional, lo confieso, mientras veía la contrarreloj del sábado y, reacio a tirarlo entero a la papelera y reemprender la escritura desde el comienzo, intenté no darle demasiada importancia, pero enseguida se hizo imposible ignorarlo. Por sorpresa para todos, Pogacar había recuperado el minuto que le separaba de Roglic, uno de los más consumados especialistas en la lucha individual contra el cronómetro, e iba a ganar el Tour de Francia con una remontada histórica y, sobre todo, por completo imprevisible, teniendo en cuenta el desarrollo romántico y familiar del intercambio epistolar syldavo, aunque quizás la camelónica figura del director deportivo Matxín nos hubiera debido poner sobre aviso. Pueden ustedes imaginarse mi fastidio y mi asombro: todo lo que llevaba escrito seguía siendo cierto, pero ya no era importante, oscurecido como estaba por la irrupción del joven esloveno. Se me empezó a torcer el gesto y el sombrero se me saltaba de sobre la cabeza, pero mantuve la compostura y conseguí que no fuera nada demasiado inelegante, al menos en comparación con la mueca desencajada de Roglic, que llegó a meta con el casco en el cogote, o la expresión de desolación asombrada de sus compañeros de equipo. El contratiempo, con todo, era grande. Julio y yo nos habíamos propuesto narrar un Tour galdosiano y el Tour, todo sea dicho, nos lo había dado en bandeja, pero este vuelco final lo mandaba todo el garete.

Dediqué todo el día siguiente a pensar cómo podía salvarse este humilde homenaje deportivo a don Benito, pero parecía imposible. La remontada de Pogacar no entraba en la mímesis realista y, si acaso, encajaba mejor con las sagas medievales, los episodios mágicos de los libros de caballerías o incluso con la mitología clásica, si tomamos al campeón como un joven Hércules; los modestos aunque intrépidos héroes de los Episodios con los que le habíamos comparado, Gabriel de Araceli y Fernando Calpena, le quedaban ya muy pequeños. Para situarnos, Pogacar, que cumple hoy veintidós años y disputa su segunda temporada como profesional, gana el Tour en su primera participación, como Coppi, Anquetil, Merckx, Hinault o Fignon, se convierte en el segundo ganador más joven de la historia (aunque la precocidad es cada vez más frecuente en el ciclismo) y se apunta además la clasificación de los jóvenes, el maillot de la montaña y tres victorias de etapa (de nuevo, es el único que ha conseguido nunca tal logro junto con Eddy Merckx, el mejor ciclista de la historia). Su hazaña es de proporciones sobrehumanas y literariamente comparable a la victoria sobre Nelson en Trafalgar o sobre el ejército napoléonico en Bailén con su solo concurso. En resumen, por muy real que sea, no es verosímil, y esto quiebra la primera norma del Realismo literario.

Corrí a consultar historias de la literatura y la versatilidad del Galdós olvidado vino en mi ayuda. Recordé hojeando los sesudos volúmenes filológicos el hecho poco conocido de que don Benito no siempre fue un escritor realista y que en las novelas de su última época llega a prescindir de la poética mimética y la verosimilitud decimonónica de la mayor parte de su obra. Encontré, por suerte, el subtítulo de una desconocida novela suya, El caballero encantado, que reza Cuento real…. inverosímil. Nada más apropiado, me dije, para el ciclismo de hoy, que se empeña en mostrarnos las posibilidades literarias de lo increíble. A fin de cuentas, hace ya muchos años que en el Tour ocurren todo tipo de episodios inverosímiles y sin embargo perfectamente reales, y el más extraño de ellos no es la victoria de Pogacar, que además tiene la virtud de restablecer la justicia poética al castigar a los más grandes tacaños de la carrera (como siempre los que más tienen), Roglic y el omnipresente Jumbo, que no han buscado en ningún momento ganar tiempo sobre sus rivales y han llevado a Pogacar bien acompañado hasta la meta en cada etapa de montaña, y premia en cambio al único ciclista que ha atacado para ganar la carrera. En fin, lo fantástico y lo inverosímil son una de las salidas literarias a la plúmbea quietud de la Restauración. Hay otras, por supuesto, y el ciclismo profesional es una ficción tan sorprendente que es probable que las veamos el año que viene: aristocratismo decadente, espiritualidad morbosa, disquisiciones regeneracionistas o quizás incluso el absurdo y el esperpento. Por el momento, bien está que este Tour galdosiano termine como terminó la trayectoria artística de don Benito. Los corresponsales de Culturamas en la carrera, al menos, lo celebramos.

Posdata. Me comunica mi compañero Julio, siempre atento al valor simbólico de los nombres propios, tan importante en Galdós, y tras una exhaustiva búsqueda en foros especializados, que Roglic y Pogacar vienen a significar respectivamente en esloveno algo así como croissant y hogaza. Resulta delicioso poder consignarlo para cerrar este especial.

 

Anteriormente en Culturamas:

El Tour como ficción 2020 (I): Galdós y los cien mil hijos de Brailsford

El Tour como ficción 2020 (II): Galdós y los tiempos bobos

El Tour como ficción 2020 (III): Galdós y la estafeta romántica: Roglic y Pogacar

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