Bale, el escribiente

Han pasado ya algunas jornadas de la liga de fútbol y una ausencia me ha inquietado repentinamente. Acostumbrado como estaba a la sombra silenciosa del gris oficinista del balón, daba ya por descontada su presencia y no necesitaba ni siquiera mirar a la grada para sentir el confort que nos producen la estabilidad y la rutina, la sensación de seguridad que sentimos sin notarlo al volver a casa cada día y, afortunadamente (el mundo sería si no un lugar infernal), encontrar todos los muebles en el mismo lugar en que los dejamos. Por eso he tardado tanto en darme cuenta y por eso la sorpresa ha sido en cierto modo desagradable y tiene aún algo de angustioso. Hablo, por supuesto, de Bale, el escribiente.

Como es sabido, Bale, el escribiente, llegó a nuestras vidas en 1853, cuando Herman Melville le dedicó uno de los relatos breves más célebres de la historia de la literatura, y desde entonces no ha dejado de desconcertar a todo el que se ha topado con él, tal es la cantidad de enigmáticas preguntas que plantea su extraño comportamiento. Ya la primera página del relato lo dice claramente: “Bale era uno de esos seres sobre los que no se puede asegurar nada, excepto a partir de las fuentes originales, y, en su caso, son muy escasas. Todo lo que sé de Bale es lo que vieron mis ojos atónitos…”

Después de aquello, Bale desapareció y no se volvió a saber de él hasta que maravilló al mundo del fútbol con dieciocho años como lateral izquierdo del Tottenham. Al principio no le reconocimos porque su actitud no tenía nada que ver con el oficinista aburrido y mortecino que conoció Melville; era un joven poderoso y atlético que corría la banda con entusiasmo y sin cansancio aparente y parecía destinado a convertirse en una estrella del fútbol europeo. La confusión se mantuvo el tiempo suficiente como para que su entrenador de entonces, rendido a sus capacidades atléticas y a su desborde, le convirtiera en el centro del equipo dándole libertad para jugar por todo el frente de ataque. Este cambio le hizo anotar un número respetable de goles y llamó la atención de Florentino Pérez, el abogado de nuestra historia, que lo fichó para el Real Madrid esperando que con el tiempo tomara el relevo de Cristiano Ronaldo.

Visto ahora, quizás fue entonces cuando empezó a torcerse su carrera. Los desajustes eran en aquel tiempo tan imperceptibles que era difícil interpretarlos con alarma, pero viéndolo con la perspectiva que nos dan los hechos de estos siete años, desde el principio hubo señales de que algo no iba bien. Bale, el escribiente, no parecía encajar con sus compañeros y se encerraba en una melancolía solitaria de la que solo parecían sacarle Gales y el golf, en ese orden, y quizás algún gol conseguido sin participar especialmente en la jugada. Los éxitos de sus primeros años y su importante contribución a algunos de ellos enmascaraban el problema y daban esperanzas al presidente, que, como el abogado del relato de Melville, se esforzaba por dar a Bale todas las facilidades para sentirse cómodo y desarrollar felizmente su trabajo, que ya comenzaba a llevar a cabo “en silencio, mortecinamente, de forma mecánica”.

Por aquellos años, lo cierto es que no había queja posible de su profesionalidad, y el carácter taciturno difícilmente puede ser un argumento en contra de un trabajador, cualquiera que sea su puesto. Pero un día su actitud comenzó a ser insostenible. Ante una petición de su entrenador “hecha según la costumbre y el sentido común” (contribuir a la defensa, por ejemplo, o quizás llegar a levantar al tiempo los dos pies del suelo en sus desplazamientos, como si corriera), Bale declaró suavemente: “Preferiría no hacerlo”. Esto causó conmoción, en el sentido más estricto de la palabra, e irritación en el entrenador y en algunos de sus compañeros, pero el presidente, más compasivo, se sentía sencillamente desconcertado como un hombre cuyas convicciones más firmes se vinieran debajo de golpe: “No es raro que, cuando un hombre se siente intimidado de un modo insólito y violentamente irracional, empiece a tambalearse en sus creencias más simples. Comienza, por así decir, a sospechar vagamente que, por sorprendente que parezca, toda la justicia y toda la razón están del otro lado”.

Desde este punto, el relato de Melville y con él la andadura de Bale en el Real Madrid se centran más bien en la inquietud que la situación provoca en el narrador testigo, el abogado y el presidente respectivamente, hombres de negocios, capitalistas de éxito que tienden a entender las relaciones humanas en términos mercantiles y en cuya visión los empleados cobran por trabajar y no entran ahí consideraciones morales, psicológicas o filosóficas de ningún tipo, y que ahora encuentran un desmentido radical de su forma de ver el mundo en la pálida y escurridiza figura del escribiente, que, pese a recibir un generoso salario a cambio de un trabajo fácil y cómodo, responde a cada petición con mansa firmeza: “Preferiría no hacerlo”. La reacción de ambos parece buscar, al menos en parte, reintegrar a Bale en su sistema ideológico, acomodarlo en el mundo que conocen y en el que se sienten cómodos o, como ellos dicen, hacerle entrar en razón. Pero él “por ahora preferiría no ser razonable”.

De modo que la historia de Bale, el escribiente, nos plantea a todos sus lectores de forma implícita una pregunta de muy difícil respuesta: ¿quién tiene razón, el escribiente o el abogado? ¿Es más razonable, en realidad, el sistema económico y social del fútbol de élite o la educada indiferencia del oficinista? Se han dado al respecto opiniones numerosas y divergentes: Bale como un héroe trágico apartado de la sociedad por negarse a participar en la vorágine mercantil del capitalismo, Bale como una especie de representación mítica de la negación estoica de la vida, Bale como el arquetipo del melancólico según la teoría hipocrática de los humores, Bale como alguna clase de enfermo mental, Bale como un personaje alienado en términos marxistas, Bale como un reflejo del vacío y el absurdo de nuestras propias vidas puesto ante nuestros ojos, Bale como tímido patológico huérfano de amistad o amor, Bale como un escéptico, Bale como un redentor de la humanidad, más allá del sufrimiento y la desesperación. Bale, incluso, como un golfista frustrado.

En fin, ahora que se ha ido (Florentino Pérez no ha tenido al menos, al contrario que el abogado de Melville, que trasladar la sede del club para librarse de él) y su ausencia, con el tiempo, hará que se nos calmen los nervios y se nos aclare la cabeza, todos los amantes del fútbol y de la literatura deberíamos dedicar algún tiempo a intentar responder al enigma de Bale, el escribiente. Tengo la sensación de que la respuesta que demos dirá mucho de cada uno de nosotros y de que, si somos sensibles a la desgracia de la vida humana, cuando le encontremos postrado en el cementerio de elefantes londinense, solo podremos exclamar: “¡Ah, Bale! ¡Ah, humanidad!”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *