La grandeza de Juan Rulfo en un acontecimiento teatral. «Pedro Páramo» con Vicky Peña y Pablo Derqui

Por Horacio Otheguy Riveira

Pedro Páramo ha salido de las 136 páginas originales para renacer con fuerza en el escenario. Lo escribió Pau Miró y dirigió Mario Gas con fabuloso respeto por la composición literaria de Juan Rulfo, gran precursor en 1955 de lo que en la década del 60 se dio en llamar El Boom Literario Latinoamericano. Novela breve, misteriosa, que deambuló con maestría por las cornisas de tradiciones legendarias en torno a las luchas sociales y la muerte, la revolución mexicana, la feroz guerra de los cristeros (1926-1929, unión de hombres armados contra una ley que limitaba los cultos católicos), y desde luego la abrumadora violencia del abuso de poder terrateniente.

 

Antes de iluminarse el escenario, la banda sonora de Orestes Gas inicia la espléndida ambientación musical donde se combinan ecos del folclore mexicano con atonalidades varias y un aire majestuoso, sinfónico, que cada tanto reaparecerá en su punto justo para apuntalar la casa derruida donde todo transcurre, esa casa venida a menos con falsas escaleras que, sin embargo nos llevarán a poéticos o lacerantes encuentros con historias de amores y abandonos, entre amargos morideros.

Solo dos intérpretes para cubrir los distintos personajes en una preciosa síntesis dramática que logra erigir lo que parecía imposible: la delicada fusión de la palabra del gran escritor con imágenes cinematográficas sobre una pared como una antigua pantalla de Cinerama con su desierto, su desolación, su caballo desbocado, su parte de fiesta cadavérica rindiéndose al colorido del Día de todos los santos, festejo mexicano, único en Hispanoamérica donde la muerte no es llorada sino festejada con golosinas y pasiones de todos los colores.

Igual que la novela, esta función empieza con un mandato y un imperioso deseo de conocimiento. Vocablos que hipnotizan no más se pronuncian:

VINE a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo -me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.» Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me había dicho:
-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
-Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.

Durante dos horas compartimos la consolidada reunión de personajes, y en ellos la fragilidad de toda existencia de tal manera que la puesta en escena, con decidido lenguaje visual de terror gótico, rompe el estigma de lo puramente mexicano para universalizar la tragedia del hombre extremadamente rico que compra y mata con tal de conseguir el amor absoluto de la única mujer que se lo niega, tras dejar embarazadas a muchas otras, abandonadas como deseos caducados, seres imposibilitados de oponerse al poder de su derecho de pernada.

-Susana -dijo. Luego cerró los ojos-. Yo te pedí que regresaras . . .
«. . . Había una luna grande en medio del mundo. Se me perdían los ojos mirándote. Los rayos de la luna filtrándose sobre tu cara. No me cansaba de ver esa aparición que eras tú. Suave, restregada de luna; tu boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas; tu cuerpo transparentándose en el agua de la noche. Susana, Susana San Juan.»

Quiso levantar su mano para aclarar la imagen; pero sus piernas la retuvieron como si fuera de
piedra. Quiso levantar la otra mano y fue cayendo despacio, de lado, hasta quedar apoyada en
el suelo como una muleta deteniendo su hombro deshuesado.
-Esta es mi muerte -dijo.

En el perfil de Pedro Páramo se dan cita todos los tiranos que en tierras americanas han sido y continúan dominando bien protegidos por disfraces democráticos.

En la figura de un hombre que corroe cuanto toca, todo un mundo en conflicto permanente. Lo descubre entre la vida y la muerte su hijo Juan Preciado, guiado por un buen equipo de seres que han muerto pero necesitan permanecer un largo tiempo transitando por los gritos y susurros de quienes permanecen vivos, como todos nosotros, vehículos de mensaje, de luchas con la necesidad de justicia para las mujeres y los hombres de buena voluntad, los «nadie», la chusma para el poder establecido.

La musicalidad de la palabra escrita recorre el talento de Vicky Peña y Pablo Derqui, logrando que broten sus diálogos como mensajes del inframundo que se resiste a mantenerse alejado de la tierra. Diálogos, silencios, pasos delicados, susurros, para una sobrecogedora cadencia que oscila entre el poema dramático y el terror ante el infierno de la desolación.

DIRECCIÓN:MARIO GAS
AUTORÍA JUAN RULFO
DRAMATURGIA PAU MIRÓ 
REPARTO PABLO DERQUI Y VICKY PEÑA

DISEÑO DE ESPACIO ESCÉNICO SEBASTIÀ BROSA

DISEÑO DE ILUMINACIÓN PACO ARIZA

MÚSICA ORIGINAL Y ESPACIO SONORO ORESTES GAS

DISEÑO DE VESTUARIO ANTONIO BELART

VIDEOESCENA ÁLVARO LUNA

AYUDANTE DE DIRECCIÓN MONTSE TIXÉ

AYUDANTE VIDEOESCENA ELVIRA RUIZ

AYUDANTES ESCENOGRAFÍA PAULA FONT Y FRANCESC COLOMINA

AGRADECIMIENTOS TEATRE DE SARRIÀ

UNA COPRODUCCIÓN DEL TEATRO ROMEA, GREC 2020 FESTIVAL DE BARCELONA Y EL TEATRO ESPAÑOL

NAVES DEL ESPAÑOL MATADERO. SALA FERNANDO ARRABAL. DEL 16 DE OCTUBRE HASTA EL 8 DE NOVIEMBRE 2020. 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *