Teatro para leer: Aquiles, de Marino González Montero. Deconstruyendo el héroe.

Por Francisco Collado

En el mundo culinario el proceso de desconstrucción respeta las armonías y sabores de los ingredientes, pero trata de transformar texturas, formas o temperatura. En literario símil, el dramaturgo Marino González Montero, nos deconstruye uno de los mitos básicos de la cultura occidental: Aquiles, el Pelida. El de los pies ligeros.

¿Cierra? de este modo el autor una trilogía conceptual que comenzara en Muerte por Ausencia, continuara en Laberinto. Anatomía del presente y enlazara (vía Homero) con esta huida de sí mismo (el sí mismo de las leyendas y las loas), que efectúa Aquiles en busca de la belleza.

El lector (y el futuro espectador) se encontrarán de nuevo con ese lenguaje marinomonteresco que es capaz de hibridar las más profundas reflexiones sobre “lo divino y lo humano”, el verbo más intenso y lírico, para culminar con una de sus habituales monterescadas. Nadie más mezclaría “Amémonos, pues a las luces, olas y estrellas, para culminar con “pautado guirigay”. Hay mucha osadía y modernidad en romper de ese modo la genésica y homérica referencia, para epilogar con una ruptura total del concepto y la estructura lógica. Los connaisseurs de la obra del almaraceño, podrían hasta esperar algún “darling”, por parte de una diosa políglota Tyche, como la que aparece en “Laberinto”. Nadie, más que él, tendría la osadía espartana de referirse al padre de los dioses como “zeusito”, después de una frase demoledora, de un clasicismo brutal. Plena de helénica filosofía:

Y a los dioses nos ha sido confiada

La tarea de dictarles a los hombres

los renglones donde mejor se escribe…

 Y no son los “reglones torcidos” de Luca de Tena. Son certeras saetas aqueas dirigidas al corazón de la conciencia humana. El origen literario es hijo putativo del aedo jónico. En el texto aún centellean las naves “de larga sombra”, el “argénteo puño” o la “aurora de rosados dedos” que tan bien definiera el vate helénico.

De la luna libros.

Pero Marino González engarza la clásica declamación con sus habituales referencias y estilemas. Así podemos encontrar referencias borgianas en que “el hombre es sombra de otra sombra” (Las Ruinas Circulares); aunque en el caso de Borges era sueño de otro sueño; hasta referencias (nada veladas) a las querencias y vivencias del autor. De este modo, la playa donde el Pelida comienza su viaje iniciático puede llenarse de expresiones como “potro de rabia y miel”, navegar por el erotismo palpitante del “El Cantar de los Cantares” o dejarnos un Aquiles que no desea ser estatua, que no anhela que erijan efigies en su honor y tan sólo desea “la piel que habito”. Desaparecida la terrible “cólera de Aquiles”, el ser humano aparece vulnerable. Se transmuta en el antihéroe que busca un “minuto de amor, más fuerte que la muerte”. En el hombre que quiere conservar su amor por Patroclo.

Ya no es el héroe invicto que ofrenda la muerte a Héctor, el domador de caballos. Un hombre, tan sólo un hombre…

De este modo las referencias homéricas que abocetaban el texto homérico (Dánaos, El Leteo, Los Argivos. Mirmidones) se misturan con las vivencias literarias del autor. Sin chirriar de pórticos, ni brillos artificiosos en el luciente bronce.

El resto de obsesiones del autor están presentes, como ya prefaciara en su obra “Muerte por ausencia”, donde el misterioso demiurgo convoca a tres personajes a un velatorio (divinidad, muerte, orfandad del personaje) o la parquedad escénica, una desnudez que habita al personaje, dejando a la palabra toda la labor de zapa espiritual.

Aquiles siente; como los personajes de Laberinto. Una anatomía del presente; que todo aquello que ha soportado su vida carece de la belleza primigenia, envuelto en el disfraz de lo épico. Habitado con la vestidura de la trascendencia. De nuevo Marino González nos obsequia esos ramalazos del teatro del absurdo, sazonados con helénico coro, aderezados con nietzscheana y abismal reflexión.

La reconstrucción del héroe para renovar el ser humano (como Afrodita naciente de las aguas). Pero este nacimiento solicita el dolor como sendero. La belleza a que aspira Aquiles ha de obtenerse a través del tamiz de la aflicción. La belleza precisa que Patroclo se “marche por donde más duele, a contarle a la muerte lo que sabemos de ella”. Una muerte siempre presente en la obra del autor. Siempre latente. Siempre dibujando su larga sombra.

Como las anteriores obras de esta “trilogía”, este Aquiles es de representación espinosa y, al mismo tiempo, gratificante. La inclusión de canciones, de intrincada métrica y dificultosa armonización, no facilita la ardua tarea.

Una vez más, el dramaturgo nos habla de la búsqueda de la belleza absoluta; incluso en la oscuridad. El Aquiles que renace de sus cenizas no es el invicto vencedor de Héctor; el domador de caballos. Es un hombre desnudo que busca vencer a la muerte con el amor. Ahora es un verdadero héroe…

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