«El verdugo» eres tú

José Luis Trullo.- Ayer, de madrugada, y fiel a mi predilección por la televisión pública y de calidad (frente a quienes, a despecho de su ideología nominal, se decantan por defecto por los elitistas canales de pago), volvía a ver en La 2 -aunque la tenga en DVD- El verdugo, de Luis García Berlanga, una película que no deja de crecer con cada nueva visita, tan densa y profunda es tras su aparente desenvoltura formal. Los grandes filmes tienen esa virtud: siempre se guardan una carta para el futuro, ajustándose a la definición de «clásico» que formuló Ítalo Calvino (aquella obra que nunca acaba de decir lo que tiene que decir, poco más o menos).

Francamente, quedarse con la impresión de que la película es un mero alegato antifranquista resulta de un ramplón que no merece mayor comentario (cualquier obra maestra le planta cara al poder, sea del color que sea: azul, rojo, morado o gris marengo), aunque en nuestro país no sobran precisamente las mentes sofisticadas. No, si El verdugo constituye un hito cultural y artístico es porque nos habla de lo único de lo que hablan los genios: de la condición humana, de nuestros miedos y concesiones, de nuestra falsa confianza en las propias fuerzas, de la sutil malla de chantajes y derrotas que se ciernen sobre nosotros y acaban, casi siempre, por condenarnos al más abyecto entreguismo moral.

Porque eso es lo que hace José Luis Rodríguez en la película, prácticamente desde el primer momento: dejarse arrastrar por una corriente de fuerzas que no necesitan ejercer de violencia para lograr lo que se proponen. De hecho, no resulta aventurado presumir que, al arrancar el metraje, si el protagonista se dedica al ingrato oficio de enterrador, seguramente es porque toda una retícula de diminutos estímulos y amenazas invisibles le indujeron a aceptarlo. Rodríguez es el epítome del ciudadano inerte. Su manera de sostener el sistema es hacer lo que éste espera de él, ni más ni menos. Y eso ocurría durante el franquismo y durante el estalinismo, ya en la Grecia clásica y ahora en la España del siglo XXI. Ninguna sociedad se sostendría en pie si cada uno de sus miembros reflexionaran sobre lo que hacen: todas cuentan con la anuencia tácita de quienes se conforman con un piso en propiedad, un empleo fijo o un cónyuge para toda la vida. ¿Platos de lentejas? Sin duda. Pero es que de lentejas viven, vivimos la mayoría de los hombres y mujeres: tú, yo, el otro y el de más allá, ¿acaso no perpetramos a todas horas pequeñas ejecuciones, ya no de un reo condenado a muerte, sino de nuestra propia dignidad personal, dispuesta a abandonar lo que tengamos entre manos si aparece un agente (uniformado o no) para decidir por nosotros por dónde debemos caminar, a quién tenemos que creer, cómo debemos comportarnos?

La resistencia de El verdugo al paso del tiempo se alimenta precisamente de esa lucidez para detectar y ponernos ante los ojos nuestra propia pusilanimidad existencial. Nos vemos como ante el espejo, y no podemos apartar la mirada. ¿Quién no se ha sentido alguna vez como José Luis Fernández (o Martínez, o López, qué más da) cuando lo arrastran a través del patio de la cárcel camino de la sala de ejecuciones? Esa escena, para mi gusto uno de las mejores de la historia del cine de todos los tiempos -¡ese sombrero que se resiste a que le arrastren a él también hasta el desagüe-, ese Via Crucis laico donde se intercambian los papeles de víctima y verdugo, sintetiza en apenas dos minutos todo un tratado de psicología humana. Porque, en unos cuantos fotogramas, asistimos al espectáculo del que podría ser, fácilmente (basta con que las temidas «circunstancias» así lo dispongan), nuestro propio destino fatal. Porque, amigo lector -mi hermano, mi semejante-, no te engañes: con tu abulia, tu desánimo y tu falta de carácter, el auténtico verdugo de tu vida… acabas siendo tú mismo.

 

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