The Mauritanian (2020), de Kevin Macdonald – Crítica

Por José Luis Muñoz.

Es el cine de denuncia, del que El Mauritano de Kevin Macdonald (Glasgow, 1967) es un paradigma ejemplar, un elemento que sirve para levantar conciencias individuales sin conseguir avances reales a cambio, sin tener ni siquiera repercusiones penales por los delitos que pone en pantalla. Se permite este tipo de cine, y hasta es bien recibido e incluso distinguido con algún premio, precisamente porque la ficción, aunque sea reflejo de la realidad, no altera ésta ni cuestiona un sistema que viola sus propias leyes impunemente. Sobre esa mancha en la democracia norteamericana que es el campo de Guantánamo se han rodado, que yo sepa, dos películas notables: Camino a Guantánamo, del británico Michael Winterbottom, y Atrapada en Guantánamo, del norteamericano Petter Sattler.

Esta película británica, producida por la BBC y basada en hechos reales, cuenta la odisea de su protagonista Mohamedou Oul Slahi (perfectamente encarnado por el actor francés de origen argelino Tahar Rahim, el protagonista de Un profeta y Samba, en el cine francés, y que ya había trabajado con Kevin Macdonald en La legión del águila), de la que dejó constancia en un diario que escribió en su encierro como una de las muchas víctimas de la guerra contra el famoso Eje del Mal, cuyos ideólogos fueron George W. Bush, Donald Rumsfeld y Dick Cheney y dio pie al periodo más vergonzoso de la reciente historia de los Estados Unidos.

Mo, como le conocían los americanos tan dados a acortar nombres, fue secuestrado en Mauritania, cuando asistía a la boda de un familiar, y paseado por diversos centros de detención ilegales de la CIA para acabar en el chupadero de Guantánamo, ese limbo legal que sigue existiendo en la isla de Cuba para vergüenza internacional, en donde permaneció más de una década detenido sin ser juzgado, como otros muchos prisioneros, y sometido a un sinfín de torturas y vejaciones autorizadas por Donald Rumsfeld, el secretario de defensa de la administración Bush. Por fortuna se cruzan en su camino la abogada especializada en casos de vulneraciones de derechos humanos Nancy Hollander (Jodie Foster obtuvo con esta interpretación el Globo de Oro a la mejor actriz de reparto) y su ayudante Teri Duncan (Shailene Woodley) que se baten el cobre por llevar su caso a juicio y conseguir su libertad.

Con una narración deliberadamente fragmentada, como un rompecabezas, que nos va informando a pequeñas dosis de quién es Mohamedou Oul Slahi, el Mauritano tiene la desgracia de haber combatido en Afganistán contra los soviéticos a las órdenes de Bin Laden (cuando éste recibía apoyo de la CIA) y haber recibido una llamada de su teléfono poco antes del 11S que lo mete en la lista de sospechosos de estar relacionado con el atentado, el realizador de El último rey de Escocia reconstruye su peripecia al hilo de las conversaciones que mantiene en su encierro de Guantánamo con sus abogadas.

Kevin Macdonald, que no omite las escenas brutales de los interrogatorios a que eran sometidos los prisioneros, concentradas en el último tramo del film (ahogamiento simulado, torturas acústicas con heavy metal, privación del sueño, violaciones y vejaciones sexuales y simulaciones de ejecuciones en alta mar), conduce con buen pulso este film en el que también destaca la presencia de Benedict Cumberbatch en el papel de abogado militar acusador Stuart Couch, determinado en pedir la pena de muerte para el Mauritano, que va cambiando la percepción que tiene del caso a medida que se entera de cómo se obtuvieron los testimonios por los que el prisionero acabó autoinculpándose. Guantánamo no va a desaparecer por muchas películas que denuncian lo que pasó y sigue pasando en ese limbo legal que mantiene la primera potencia, y allí dentro siguen encerrados un puñado de seres humanos a los se les ha destrozado sus vidas para siempre sin que ya nadie alce la voz por ellos.

 

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