‘España’, de Santiago Alba Rico

España

Santiago Alba Rico

Lengua de trapo

Madrid, 2021

313 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Cuando se nos pide que olvidemos se nos pide un imposible: olvidar debería suceder sin esfuerzo, sin resistencias, como sucede la respiración en un día muy puro. Si ese olvido obedece a una petición, se nos pide un esfuerzo. Olvidar es algo que sucede a favor del placer y no como un mandamiento. Esa impresión, la del esfuerzo del olvido, que es la del esfuerzo de la memoria, flota a lo largo de este brillante ensayo de Santiago Alba Rico (Madrid, 1960) que lleva el título de España, una palabra de corto aliento, pues, como él mismo explica, hemos llamado España a una unidad demasiado reciente y demasiado encajada a partir de retazos, de ficciones, de mitos y de más deseos que realidades. Conviene advertir, antes que nada, de que los años de dictadura franquista condicionan cualquier análisis sobre quiénes somos. Pesa mucho el malestar y el malestar de no conseguir sobrevivirlos con un olvido fácil y seguro. Salvando las distancias, sucede algo parecido a la manera que tiene de explicar de dónde venimos Constantino Bértolo en su ensayo, también extraordinario, 55 ¿Quiénes somos?, en el que estudia varios libros fundamentales de la literatura española del siglo XX. Parece que el franquismo no sólo creó los monstruos futuros, esos con los que estamos condenados a vivir, sino también sus antecesores, la lectura que nos hizo y que nos condiciona al revisar el pasado.

Alba Rico, que no es historiador pero sí filósofo y uno de los pensadores más lúcidos del panorama mundial, revisa qué define España atendiendo a la historia de la región que hoy delimita las fronteras de España. Entra a la misma a partir de la literatura y, sobre todo, de dos autores que no abandonará a lo largo del ensayo: Cervantes y Galdós:

“Don Quijote es un español fallido (cristiano nuevo, exiliado en el campo, tocado del ala) y es, por esa razón, España misma, la España pensada con angustia, hasta hace poco, por varias generaciones de intelectuales, reformadores y políticos”.

A lo largo de la exposición analítica de filias y fobias, que Alba Rico expresa con un estilo impecable, limpio y que sólo tiende a la glosa cuando es preciso, se nos explica qué es la patria, ese concepto que no existe, al menos de forma verosímil, porque la autoreferencia será fundamental en un texto en el que uno trata de explicarse a sí mismo y a lo concerniente al ambiente en que se educó:

“Reivindico igualmente una españolidad sin sexo o con poco sexo, constitucional, republicana, federal, que dé satisfacción a todas las demandas de filiación nacional a partir de un refrendo afiliativo democrático; y que proteja -de los identitarismos y del capitalismo- eso que he llamado en otro sitio “prevaricaciones antropológicas”, todas esas “vividuras” comunes sin relación con la verdad y la justicia pero compatibles con el Derecho, llamadas también costumbres y tradiciones, que nos unen sin parar, sin saberlo, a los otros cuerpos: los arbóreos, los humanos o los literarios”.

A lo largo del texto iremos comprobando cómo se expone el extrañamiento de los tópicos, algo que debería compartirse en cada debate, en cada charla, para cuestionar en qué consiste el vocablo secuestrado que es españolidad. El pensamiento, y su historia, quedará vinculado a la religión, en una pretensión de fabricar un consenso cerrado y homogéneo que sólo puede dar lugar a la neurosis: frente al imperio mediático y atrabiliario, Alba Rico reclama el ágora, la dialéctica. Y siente que los conflictos en esto que hoy llamamos España siempre han sido de católicos contra católicos, que el relato que se intenta imponer, forzando al olvido, es e de quienes ganaron la batalla intercatólicaa o intercastiza:

“¿Cuál es la contribución de España al léxico universal? Cuatro palabras muy elocuentes: casta, macho (y machismo), liberalismo y guerrilla. Todas ellas, es verdad, son palabras antiguas que hablan de la historia de España más que de su personalidad”.

Para Alba Rico, todavía estamos a tiempo de reiniciar en una serie de actos de reforma, y cuando sea preciso de incitación a la rebelión, es decir, a la reforma contundente. No estamos hablando de intervenciones políticas (y mucho menos militares), sino de iniciar un proceso para encontrarnos con la verdad, o las verdades, pues tal vez sea un sustantivo que debamos articular en plural, de tal manera que sea la diversidad lo que facilite la unidad de la convivencia:

“¿Qué clase de país es este en el que parte de la población tiene que falsificar la historia para poder caber en ella? ¿En el que parte de la población tiene que falsificar la historia no para justificar un crimen o un privilegio o una ceguera sino su existencia misma: su desnudo, elemental, raspado derecho a la existencia?”

El problema de seguir enlodados en el mismo barro es la vuelta a los mitos parciales, a las tachaduras destructivas, a los falsos recuerdos y a los olvidos violentos. En realidad, el problema y sobre el problema que deberíamos empezar a tratar atañe a los recuerdos, a esa forma de memoria voluntaria en la que buscaríamos explicarnos, conocernos, para evitar guerras eternas de algo que puede ser nación o no-nación, que es Estado y en el que muchos quieren ver un Imperio histórico, cuando es dudoso que haya una España en la historia, al menos si miramos más atrás de los últimos doscientos años:

“El pasado, como el mar de Paul Valéry, siempre vuelve; regresa implacablemente cuando no se tiene el valor de dejar de ser lo que se es para llegar a ser otra cosa, sin dejar de llamarse de la misma manera”, sostiene Alba Rico, en un ensayo que destaca por la serenidad, que no quiere enfrentarse al poder, pero sí sabotearlo un poco, y que revisa las verdades negativas, esas que se instalaron en los lugares comunes: “un tópico es una isla unida a la realidad por un istmo que se llama historia y que por eso, si no ellos mismos, al menos sí sus cambios orográficos, en sociedades complejas, permiten medir los del país que describen borrosamente”.

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