‘La Romana’, de Alberto Moravia

ANDRÉS G.MUGLIA.

Todo el tiempo que leemos la obra de Moravia tenemos la sensación de estar viendo una película del neorrealismo italiano. Pero no es sólo una cuestión contextual. Hay como una voluntad de presentar con todo detalle realista un mundo demolido por la guerra que intenta reconstruirse, donde los personajes trasuntan de un lado a otro intentando sobrevivir de la mejor manera, dejando la parte del pellejo que por esa época era necesario dejar para poder comer. La obra de Moravia transmite esta como sensación existencialista de que los personajes viven al borde del precipicio.

La romana, una de las novelas más famosas de Moravia tiene como telón de fondo la Italia devastada tras la guerra. La historia central, contada en primera persona y a modo de memorias, es la de Adriana, una joven romana que ha tenido la suerte (o la desdicha) de nacer hermosa en un medio de pobreza. Esta belleza de Adriana será una suerte de predestinación que pende todo el tiempo sobre ella. Es la que hace que su madre (que el lector odia desde las primeras páginas), un mal bicho que quiere salir de la pobreza a como dé lugar, la empuje todo el tiempo por un camino que no tiene otra salida que la prostitución.

Es ella la que la hace posar desnuda para un pintor, en un oficio que en esos tiempos llevaba connotaciones impuras. Allí Adriana, una joven inocente que sólo sueña con formar una familia como la que nunca tuvo, se encuentra con Gisella, otra mala influencia que la ayudará a profundizar el camino que ya su madre había trazado. También conoce a Gino, chofer de una familia acaudalada que la conquista y la engaña haciéndola ilusionar con casarse y se queda con su «honor». El tema de la virginidad es un eje sobre el que gira buena parte del argumento. Desde luego no es algo que surja del autor, sino que es parte del contexto sexualmente opresivo de esos tiempos. Una vez atravesada esa barrera fuera del matrimonio, Adriana queda manchada. En este sentido la novela es toda una declaración de la moral de una época.

Los personajes de la novela parecen puestos allí expresamente para que la vida de Adriana adquiera ribetes cada vez más tortuosos. Hasta desembocar, con la amargura de quien se siente acorralado e inexorablemente condenado de antemano, en la decisión de prostituirse; decisión que más parece haber tomado la vida que ella misma. En ello ayudará la aparición de Astarita, un poderoso funcionario de la policía política que se enamora de Adriana y la obliga a tener relaciones con él, en una suerte de emboscada preparada por Gisella.

Ya de lleno en su vida de prostituta, Moravia se dedica a describir los mecanismos psicológicos a través de los cuales Adriana consigue superar la dureza de su oficio sin perder la esperanza de una vida mejor. En esto no sale muy bien parado el autor, porque a pesar de haber pergeñado minuciosamente el destino infeliz de la romana, se dedica a sugerir una tendencia natural de Adriana hacia el deseo y la voluptuosidad. Una especie de inclinación suya (que tiene algo de lombrosiana) hacia el pecado, que desarma un poco el laborioso terreno de perdición que Moravia le había preparado. En esto hay una especie de tensión contradictoria dentro del texto. No se termina de saber si Adriana se hace prostituta porque el contexto la empuja a eso, o porque tiene una inclinación a ello; o simplemente esa inclinación le ayuda a aceptar su destino. Prejuicio, más prejuicio, más prejuicio; tampoco se puede culpar a Moravia a compartir los des contexto y época.

En la segunda parte del libro aparece Mino. Un anarquista de diecinueve años del que Adriana se enamora perdidamente. Este joven, estudiante provinciano de «buena familia», tiene algo que lo comunica con aquel otro personaje, Renaud, de Christiane de Rochefort en su obra El reposo del guerrero. Giacomo es un joven brillante, inteligente, pero igualmente cínico y autodestructivo; incapaz de amar a otra persona que no sea él mismo. Quizás sea el personaje más dañino para Adriana, porque la distrae de su destino de tristeza y resignación pero sólo para sumergirla en un infierno más complejo y tortuoso que ella enfrenta a puro amor.

El desenlace de todo este enredo de personajes, a los que se integran Solsogno, un matón y asesino que Gino le presenta a Adriana; Astarita,  que sale y entra de la trama todo el tiempo, incluso a pedido de Adriana que permanentemente le solicita favores por su destacada posición dentro de la policía; tiene mucho de un aroma a melodrama que bordea todo el tiempo esta novela un poco larga, que uno se siente tentado por momentos a llamar novelón. La prosa de Moravia es sencilla, realista de un modo directo, que sólo se hace más profunda a la hora de describir la psicología de los personajes. Ese mismo estilo, un poco seco, es lo que quizás hace al libro algo pesado, además de que es deprimente ver rodar todo el tiempo al personaje de Adriana de una situación mala a otra peor.

Lo interesante es el telón de fondo de esta Italia de posguerra; más todas las implicancias de una sociedad fuertemente tabicada y separada por lo económico. La inequidad se hace palpable y de algún modo influye en la trama de la novela a través del destino de los personajes. Este realismo con toques de novelón sentimental, a veces recuerda a Dickens por el infortunado destino de los personajes; pero en el autor inglés se nota el artificio, como si uno estuviese asistiendo a una pieza teatral. Aquí en cambio la realidad se presenta cruda y dura, y los protagonistas dan la sensación que no hacen más que rodar en un escenario que a veces si inclina peligrosamente, hasta dejarlos al borde del precipicio.

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