«Herencia del tiempo», de Alfredo Jurado

Por Juan Francisco Quevedo.

Herencia del tiempo (Editorial Ánfora Nova, 2021)es el nuevo libro que nos ofrece el poeta cordobés Alfredo Jurado. Con una fecunda trayectoria editorial durante la que han visto la luz una quincena de títulos poéticos, llega de nuevo hasta el lector con las premisas que siempre lo han acompañado intactas, un vocabulario culto y extenso, pleno de imágenes sugerentes, y un gusto poético, lleno de sentido rítmico y lirismo, donde la elegancia siempre se desborda a borbotones por entre los versos.

Esta Herencia del tiempo se constituye y edifica en tres partes; en la primera de ellas, Pretérito perfecto, la voz poética se adentra en los caminos que nos inducen a perseguir y adentrarnos en esa búsqueda constante que acompaña permanentemente al hombre, en la lucha por encontrarse a sí mismo. En el caso del poeta, uno de esos senderos que debe recorrer, en esa indagación hacia su yo más profundo, es aquel que le sugiere, y por el que le lleva, la creación literaria. Durante ese descubrimiento continuo al que se ve arrastrado, es consciente de la futilidad de los acontecimientos y del tiempo presente, reflejándose en una naturaleza que sigue componiendo uno de los ejes de su poesía.

Ya no será posible dar largas caminatas
por aquellos senderos inflamados de aromas,
aquellos que saturan el olfato,
por la alquimia hechizada
de un brote de mandrágoras.

Bitácora es el título de la parte central del libro. Constituye la más extensa, con poemas que persiguen y buscan una cierta liberación de las ataduras que nos va poniendo la vida con su simple discurrir: «Tal vez sigo esperando / que una voz me despierte / para sentirme libre, / desde esta esclavitud de la memoria».

En las evocaciones felices, en el recuerdo tal vez del amor perdido, al menos como entonces, el poeta tiende a fundirse en el instante. Lo logra en la consecución de un imposible, detener el tiempo, algo a lo que solo se llega a través del vuelo poético. Con el tiempo suspendido en el verso, toda la fuerza se concentra en el momento preciso de ese recuerdo que transmite felicidad: «La luz de aquella tarde / preñada del verano, / les lleva hasta perderse / por la trama del tiempo».

Se van sucediendo los poemas que desbordan la memoria, a pesar de saber ya entonces lo efímero y fugaz que puede resultar hasta el amor: «Brindabais con la luz / de aquella atardecida / que adelanta el neón; / acuñados los dedos, / vais consumiendo el tiempo / que transcurre despacio».

El paso del tiempo, una constante universal que acompaña a la poesía, recorre transversalmente todo el libro. Pareciera que los recuerdos, que van fluyendo a través de esa Herencia del tiempo, llegaran unas veces para servirnos de consuelo y otras para llenarnos de añoranza:  «Aquella blusa amplia movida por el viento / le descansa en los senos, los dibuja / como frutas de carne».

En ese embelesamiento que acompaña al amor, a los amantes, el mundo parece diluirse, parece no existir más allá de sus miradas: «Les late el corazón, que altera su compás, / pero ellos no lo notan».

Con una poesía que surge con emoción y verdad, donde la elegancia es un marchamo que inmediatamente atrapa al lector, Alfredo Jurado nos ofrece versos sugerentes y hermosos, en los que la naturaleza, el milagro que siempre engendra, es una constante y un descubrimiento feliz: «El verano les presta tapiz de matricarias, / aquel trasluz que llega desde los olivares / con rumor de leyenda; su cómplice es sin más, / para aquellas entregas».

Esta Herencia del tiempo finaliza con una «Ventana interior» que se abre hacia el yo más íntimo, que se aviene a recordar aquello que la vida, con su paso, nos robó, el tiempo, la edad y la juventud: «Pasó la juventud, / se escapaba lo mismo / que una torcaz en vuelo».

Estos bellísimos heptasílabos nos conducen hasta la más estricta soledad, aquella que se va abriendo paso de la mano del invierno, llenándonos de frío: «comprendamos acaso, que ya no somos jóvenes / que nuestros veinte años, se bebieron la vida».

El libro finaliza con el poema «Epílogo», una laudatoria al hecho de amar, una exégesis que tal vez culmine en los dos últimos versos, donde parece que el amor fuera el verdadero motor del hecho poético, de la composición literaria: «¿Puede ser aquel vino que te entrega / en la lengua al estadio de palabras sin orden?».

Cerramos el libro con la plácida sensación de haber besado la belleza intangible y misteriosa de los sentimientos más profundos del poeta. Alfredo Jurado nos brinda la Herencia del tiempo, de un tiempo en el que los lectores nos vemos reflejados con la emoción e intensidad que siempre desprende la buena poesía.

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