La vida solitaria, de Petrarca, se traduce por primera vez desde el s. XVI

 

  • Por primera vez desde hace nada menos que medio milenio, se traduce al castellano, directamente del latín, La vida solitaria, una obra fundamental para conocer la esencia del pensamiento de Francesco Petrarca, padre del humanismo renacentista y poeta inmortal. La versión, que ha corrido a cargo del poeta y latinista Jesús Cotta Lobato, incluye abundantes notas a pie de página que documentan las numerosas referencias eruditas del autor. Además, el libro cuenta con una introducción en la cual se interpreta el papel que desempeñó Petrarca en el desarrollo del Renacimiento, así como la vigencia de su legado en pleno siglo XXI. La única versión disponible hasta la fecha, firmada por un tal licenciado Peña (o Pena), se remontaba al siglo XVI, y según ha constatado el traductor Cotta, «estaba plagada de errores, omisiones y paráfrasis que no se correspondían con el original», de manera que se puede considerar que la que ahora se publica es la más fiel al texto original. A continuación, reproducimos algunos pasajes de esta obra singular, cuya lectura permite constatar la permanencia de los valores que propone y el valor de los clásicos para la vida.

 

«Una gran erudición no siempre habita en un pecho modesto, y hay grandes desavenencias entre decir y sentir, entre pensar y vivir».

«La soledad sin letras es destierro, cárcel, potro de tormento; añádele las letras y es patria, libertad, goce».

«Cuando se toma la decisión de encauzar y cambiar la vida, lo primero que se ha de tener ante los ojos es que, con la confianza puesta no en un deseo inane sino en la guía de la naturaleza, tomemos el camino que más se adapte a nosotros, no el que nos parezca más llamativo. Y para ese cometido conmino a cada cual a conocerse a sí mismo y juzgarse con rectitud y severidad, no sea que, dejándose embaucar por cualquier cosa que resulte agradable a sus ojos o le regale los oídos, yerre el camino».

«A nadie quiere [la soledad] engañar, nada simula o disimula, nada hermosea, nada esconde, nada finge. En suma, está desnuda y sin galas, pues nada sabe de espectáculos y de sus aplausos, tan venenosos para el alma. De su vida y de todos sus actos tiene a Dios como único testigo y, respecto a sí misma, no se fía del vulgo ciego y mendaz, sino de su propia conciencia».

«Querer siempre una sola cosa real y concreta es señal de sabiduría; la inconstancia de los deseos es la suprema prueba de estupidez».

«Los hombres irreflexivos no saben lo que hacen; por eso, cualquier cosa que hagan, apenas la empiezan, deja de gustarles, pues no hacen lo que hay que hacer, sino que andan siempre buscando qué podrían hacer y, a la caza de enredos y complicaciones, se meten en unos tremendos zarzales. De ahí que zascandileen sin parar y discutan en medio de la calle; de ahí que cualquier empresa que acometan esté condenada de antemano y no lleven ninguna a término».

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