Pepe Viyuela en un Tartufo extrañamente reciclado por Ernesto Caballero

Por Horacio Otheguy Riveira

Entre las acepciones del verbo reciclar, según el DRAE, me interesa la aplicada a Tecnología: someter repetidamente una materia a un mismo ciclo, para ampliar o incrementar los efectos de este. Dada la profunda desconfianza del dramaturgo y director Ernesto Caballero por la vitalidad del texto original estrenado oficialmente en Francia en 1669, su adaptación se parece demasiado a un sainete mechado de brotes de actualidad sin el vigor testimonial del autor, considerado entonces «impío e inmoral» por ridiculizar los falsos dones religiosos de un «seguro servidor».

Grande es el panorama sobre el que plantear renovadas miradas sobre el texto, pero las aquí planteadas resultan poco satisfactorias, con ráfagas, eso sí, de auténtico Molière o aportes vagamente interesantes de la versión actual. Podría decirse que Pepe Viyuela es tan grande y tan brillantes sus compañeros de reparto que entre todos son capaces de dar en la diana, pero solo llegan a tanto por momentos, los que les deja el autor-director de la versión, a quien para enmendarle la plana a Molière le falta creatividad y sobre todo conciencia política, ambos elementos muy bien asentados en su época. Es esta una comedia (así considerada por Molière), a menudo puesta en escena como un drama con final feliz por el deux ex machina propio de la época, justicia bendecida por el rey, que en esta versión se acerca más a un juguete cómico —con criada que habla cheli y mucha evidencia sexual donde había sobreentendidos—.

Con rigor de buenos profesionales los actores se mueven a cara descubierta y nunca vestidos con los trajes del XVII —que, sin embargo, están presentes en escena—, se promueve una banalización del conflicto que no resiste un análisis cotejado con las riquísimas fuentes existentes desde que Molière consiguiera estrenar su texto, protagonizarlo y dirigirlo después de duros cinco años de prohibición o censuras exigiendo cambios por parte de la temible Compañía del Santo Sacramento, una oscura institución cuya influencia llegaba a la beata madre del joven rey Luis XIV, quien adoraba el teatro, la farsa, y la crítica a los excesos de la bullente beatitud que encarna el personaje. Muerta la madre de su Majestad, éste ya dio el visto bueno sin sentimiento alguno de culpa y El Tartufo o El impostor se estrena con gran éxito, formando parte del repertorio de los más importantes teatros del mundo, con el tiempo incluidas versiones de producciones alternativas, musicales o cinematográficas.

Ernesto Caballero, generalmente admirado en estas páginas, es el autor de la versión y director de este Tartufo protagonizado por Pepe Viyuela, en esta foto transformado en un símil grotesco del XVII de Molière, con pelucón adornado por seis latas usadas de cerveza, algo que no aparece en escena y que hubiera dado un giro mucho más interesante que el existente, donde Tartufo siempre viste de negro, a ratos como un vampiro expresionista, casi siempre como un bufón de dudoso alcance.
Gran actor con una versatilidad admirable, Pepe Viyuela saca el mayor provecho posible a esta versión en la que se cruzan escenas auténticas del texto con añadidos muy obvios o gratuitos de un texto asaineteado.
Paco Déniz realiza una estupenda composición de Orgón, el gran protagonista fascinado por el vagabundo que dejó entrar en su casa… y le está devorando con un cinismo extraordinario. Ambos personajes han generado miles de páginas en la historia del análisis teatral, símbolos perfectos del ingenuo señor necesitado de sostén ideológico, y el hipócrita que dice servirle en bandeja la salvación de su alma.
De pronto irrumpe un toque de musical fuera de juego pero muy gratificante, como todo el movimiento escénico del reparto, muy bien asesorado por una mujer de teatro muy completa: Karina Garantivá.

Primer Memorial presentado al rey sobre la comedia del Tartufo: «Siendo el deber de la comedia corregir a los hombres divirtiéndolos, he creído que no podía hacer nada mejor que atacar, mediante pinturas ridículas, los vicios de mi siglo; y, como la hipocresía es, sin duda, uno de los más en uso, de los más incómodos y peligrosos, se me ocurrió, Sire, que no rendiría pequeño servicio a todas las gentes honradas de vuestro reino haciendo una comedia que pregonase a los hipócritas y pregonase todas las trapacerías encubiertas de esos monederos falsos en devoción, que pretenden embaucar a los hombres con celo fingido y una caridad engañosa».

Reparto: Pepe Viyuela, Paco Déniz, Silvia Espigado, Germán Torres, María Rivera, Estibaliz Racionero, Javier Mira, Jorge Machín

Versión y dirección: Ernesto Caballero
sobre la traducción versificada de José Marchena.

Escenografía: Beatriz San Juan
Vestuario: Paloma de Alba
Iluminación: Paco Ariza
Asesoría de Movimiento: Karina Garantivá.
Espacio Sonoro: Luis Miguel Cobo
Ayudante de Dirección: Nanda Abella
Dirección de Producción: Maite Pijuán
Producción ejecutiva: Álvaro de Blas
Ayudante de Producción: Ana López-Rúa
Reportaje Fotográfico: David Ruano
Maquillaje Fotografía Cartel: Carmela Cristóbal
Estilismo Fotografía Cartel: Fer Muratori

Una producción de Lantia Escénica

TEATRO REINA VICTORIA. DESDE EL 1 DE SEPTIEMBRE DE 2021

 

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