Ochenta grandes comienzos de la literatura

Por: Walter Gonzalves

Instagram   

 

Hoy más que nota, hay una excusa o, mejor dicho, un café. Una breve pausa de la rutina en la que estamos inmersos, un momento para recordar aquellos comienzos de lecturas que cambiaron nuestras vidas, aquellos instantes en el que el mundo seguía siendo el mismo y sin embargo había cambiado para nosotros. Recordar proviene del latín “recordari“, formado de re (de nuevo) y cordis (corazón). Recordar quiere decir mucho más que tener un momento presente en la memoria, significa “volver a pasar por el corazón“.

Quizá uno de los mayores placeres que brinda la lectura es encontrar ese libro que ha sido escrito para nosotros, o en palabras de Ricardo Piglia en un fragmento de la novela Blanco Nocturno «Mi madre dice que leer es pensar—dijo Sofía—. No es que leemos y luego pensamos, sino que pensamos algo y lo leemos en un libro que parece escrito por nosotros pero que no ha sido escrito por nosotros, sino que alguien en otro país, en otro lugar, en el pasado, lo ha escrito como un pensamiento todavía no pensado, hasta que por azar, siempre por azar, descubrimos el libro donde está claramente expresado lo que había estado, confusamente, no pensado aún por nosotros.» o como menciona el escritor Alberto  Manguel «ser lector es descubrir el mundo a través de los libros, saber que en alguna estantería hay un libro que ha sido escrito para nosotros y que milagrosamente pone en palabras nuestros deseos más secretos, nuestros temores más íntimos y nuestras pasiones más inexplicables. Si convenciéramos a los ciudadanos de que ésa es una verdad fundamental, tendríamos muchos más lectores.»

Hay algo misterioso y fascinante en la relectura, un impulso interior que nos conduce al mismo libro, una y otra vez, porque intuimos que este es para nosotros una fuente inagotable de novedad sobre nosotros mismos y el mundo.

El escritor Ítalo Calvino llama “clásicos” a los libros que nunca terminan de decir lo que tienen que decir, sugiriendo que se prestan a incesantes revisiones e interpretaciones. Borges ha dicho que la relectura ha sido su práctica favorita. “Yo he tratado más de releer que de leer, creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer, se necesita haber leído”, explicó en una entrevista de 1978, durante una conferencia en la Universidad de Belgrano. En un breve ensayo sobre Bernard Shaw, Borges escribe: “El libro no es un ente incomunicado: es una relación, es un eje de innumerables relaciones. Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída: si me fuera otorgado leer cualquier página actual –ésta, por ejemplo– como la leerán en el año dos mil, yo sabría cómo será la literatura del año dos mil”. De esta manera el escritor argentino da a entender esa misteriosa transformación obedece a que ningún libro es leído dos veces por los mismos ojos, parafraseando así a Heráclito, para quien “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”. 

El enigma de la relectura se encuentra en el propio lector. Es decir el cambio más significativo, no se produce en el texto sino en la manera de leer. Y esto último se produce porque inevitablemente el hombre cambia, y con él su mirada. Nadie lee dos veces el mismo libro, este termina siendo espejo y testimonio de nuestros cambios. En palabras de Roger Kimball  -crítico de arte americano y comentarista social- “Re-leer nos recuerda que nada es más vital que redescubrir las viejas verdades”.

Como toda selección no está exenta de faltas, algunas de estas despertaran nostalgia, otras curiosidad, espero que los disfruten:

 

1- Don Quijote de la Mancha, de Cervantes.

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.”

2- Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino.

“Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Ítalo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida.”

3- Lolita, de Vladimir Nabokov.

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.”

4- Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”

5- Scaramouche, de Rafael Sabatini.

“Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco. Y ese era todo su patrimonio”.

6- Yo, Claudio, de Robert Graves.

“Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico esto-lo-otro-y-lo-de-más-allá…”

7- La regenta, de Leopoldo Alas Clarín.

“La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte.”

8- Historia de dos ciudades, de Charles Dickens.

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación.

9- El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias.

“¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre! Como zumbido de oídos persistía el rumor de las campanadas a la oración, maldoblestar de la luz en la sombra, de la sombra en la luz. ¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre, sobre la podredumbre!”

10- El filo de la navaja, de William Somerset Maugham.

“Nunca he comenzado una novela con tanto recelo. La llamo novela porque no sé qué otro nombre darle. Su valor anecdótico es escaso y no acaba ni en muerte ni en boda.

11- Rayuela, de Julio Cortázar.

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua.

12- Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante.

“Showtime! Señoras y señores. Ladies and gentlemen. Muy buenas noches, damas y caballeros, tengan todos ustedes. Good-evening, ladies & gentlemen. Tropicana, el cabaret más fabuloso del mundo…”

13- El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger.

“Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso.”

14- El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald.

“En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vueltas por la cabeza.”Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien -me dijo- ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas…”

15- Tiempo de silencio,  de Luis Martín Santos.

“Sonaba el teléfono y he oído el timbre. He cogido el aparato. No me he enterado bien. He dejado el teléfono. He dicho: «Amador». Ha venido con sus gruesos labios y ha cogido el teléfono.”

16- Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez.

“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.”

17- La metamorfosis, de Franz Kafka.

“Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.”

18- Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa.

“Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?”

19- Anna Karenina, de León Tolstoi.

“Las familias felices son todas iguales; las infelices lo son cada una a su manera.”

20- El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.

“Era un viejo que pescaba solo en un bote en la corriente del Golfo y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez.

21- Middlesex, de Jeffrey Eugenides.

“Nací dos veces: fui niña primero, en un increíble día sin niebla tóxica en Detroit, en enero de 1960; y chico después, en una sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en agosto de 1974”.

22- La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares.

“Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro.”

23- El túnel, de Ernesto Sabato.

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y  que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.”

24- Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño.

“2 de noviembre. He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así.

25- El tambor de hojalata, de Günter Grass.

“Lo reconozco: estoy internado en un establecimiento psiquiátrico y mi enfermero me observa, casi no me quita el ojo de encima; porque en la puerta hay una mirilla, y el ojo de mi enfermero es de ese color castaño que a mí, que soy de ojos azules, no es capaz de calarme.”

26- Me llamo Rojo, de Orhan Pamuk.

“Encuentra al hombre que me asesinó y te contaré detalladamente lo que hay en la otra vida.”

27- David Copperfield, de Charles Dickens.

“Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas páginas. Para empezar mi historia desde el principio, diré que nací (según me han dicho y yo lo creo) un viernes a las doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, el reloj empezó a sonar y yo a gritar simultáneamente.”

28- Babbitt, de Sinclair Lewis.

“Las torres de Zenith se alzaban sobre la niebla matinal; austeras torres de acero, cemento y piedra caliza, firmes como rocas y delicadas como varillas de plata.”

29- La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes.

“Yo despierto… Me despierta el contacto de ese objeto frío con el miembro. No sabía que a veces se puede orinar involuntariamente. Permanezco con los ojos cerrados. Las voces más cercanas no se escuchan. Si abro los ojos, ¿podré escucharlas?…”

30- El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers.

“En la ciudad había dos mudos, y siempre estaban juntos”

31- Niebla, de Miguel de Unamuno.

“Al aparecer Augusto a la puerta de su casa extendió el brazo derecho, con la mano palma abajo y abierta, y dirigiendo los ojos al cielo quedóse un momento parado en esta actitud estatuaria y augusta.”

32- 1984, de George Orwell.

“Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece”.

33- Moby Dick, de Herman Melville.

“Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo.”

34- Matadero cinco, de Kurt Vonnegut.

“Todo esto sucedió, más o menos“.

35- El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas.

“El 24 de febrero de 1815, el vigía de Nuestra Señora de la Guarda dio la señal de que se hallaba a la vista el bergantín El Faraón procedente de Esmirna, Trieste y Nápoles.”

36- El Siglo de las Luces, de Alejo Carpentier.

“Detrás de él, en acongojado diapasón, volvía el Albacea a su recuento de responsos, crucero, ofrendas, vestuario, blandones, bayetas y flores, obituario y réquiem —y había venido éste de gran uniforme, y había llorado aquél, y había dicho el otro que no éramos nada…”

37- Musashi. La leyenda del samurai, de Eiji Yoshikawa.

“Takezo yacía entre los cadáveres, que se contaban por millares. «El mundo entero se ha vuelto loco —pensó nebulosamente—. Un hombre podría compararse a una hoja muerta arrastrada por la brisa otoñal.» Él mismo parecía uno de aquellos cuerpos sin vida que le rodeaban.”

38- Orgullo y prejuicio, de Jane Austen.

“Es una verdad universalmente aceptada, que todo hombre soltero en posesión de una buena fortuna, debe estar en búsqueda de esposa.”

39- El arco iris de gravedad, de Thomas Pynchon.

“Un grito a través del cielo.”

40- Murphy, de Samuel Beckett.

“El sol brillaba, no teniendo otra alternativa, sobre lo nada nuevo.”

41- Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Marquez.

“El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.”

42- Robinson Crusoe, de Daniel Defoe.

“Nací en el año 1632 en la ciudad de York, de una buena familia, aunque no del país, pues mi padre era un extranjero, oriundo de Bremen, que se había radicado inicialmente en Hull. Gracias al comercio, poseía un considerable patrimonio, y, al abandonar los negocios, vino a vivir a York, donde casó con mi madre, que pertenecía a una distinguida familia de la región, de nombre Robinson, razón por la cual yo fui llamado Robinson Kreutznaer.”

43- El buen soldado, de Ford Madox Ford.

“Esta es la historia más triste que jamás he leído.”

44- El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien.

“Cuando el señor Bilbo Bolsón de Bolsón Cerrado anunció que muy pronto celebraría su cumpleaños centesimodecimoprimero con una fiesta de especial magnificencia, hubo muchos comentarios y excitación en Hobbiton.”

45- Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Horacio Quiroga.

“Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia.”

46- Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago.

“Se iluminó el disco amarillo. De los coches que se acercaban, dos aceleraron antes de que se encendiera la señal roja. En el indicador de paso de peatones apareció la silueta del hombre verde. La gente empezó a cruzar la calle pisando las franjas blancas pintadas en la capa negra del asfalto, nada hay que se parezca menos a la cebra, pero así llaman a este paso.”

47- Herzog, de Saul Bellow.

“Si estoy chalado, tanto mejor”, pensó Moses Herzog. Algunos lo creían majareta, y durante algún tiempo él mismo había llegado a pensar que le faltaba un tornillo.”

48- El Capitan Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte.

“No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente.”

49- Viaje al centro de la tierra, de Julio Verne.

“Un domingo, el 24 de mayo de 1863, mi tío, el profesor Lidenbrock, volvió precipitadamente a su casa, sita en el número 19 de Königstrasse, una de las calles más antiguas del viejo barrio de Hamburgo.”

50- El principito, de Antoine de Saint-Exupéry.

“Cuando yo tenía seis años vi en un libro sobre la selva virgen que se titulaba “Historias vividas”, una magnífica lámina. Representaba una serpiente boa que se tragaba a una fiera.”

51- El nombre de la rosa, de Eco

“En el principio era el Verbo y el Verbo era en Dios, y el Verbo era Dios. Esto era en el principio, en Dios, y el monje fiel debería repetir cada día con salmodiante humildad ese acontecimiento inmutable cuya verdad es la única que puede afirmarse con certeza incontrovertible.”

52- El extranjero, de Camus

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: “Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias”. Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.

53- Colmillo Blanco, de London

Aun lado y a otro del helado cauce de erguía un oscuro bosque de abetos de ceñudo aspecto. Hacía poco que el viento había despojado a los árboles de la capa de hielo que los cubría y, en medio de la escasa claridad, que se iba debilitando por momentos, parecían inclinarse unos hacia otros, negros y siniestros. Reinaba un profundo silencio en toda la vasta extensión de aquella tierra. Era la desolación misma, sin vida, sin movimiento, tan solitaria y fría que ni siquiera bastaría decir, para describirla, que su esencia era la tristeza.

54- Miedo y asco en Las Vegas, de Thompson

Estábamos en algún lugar de Barstow, muy cerca del desierto, cuando empezaron a hacer efecto las drogas. Recuerdo que dije algo así como:

—Estoy algo volado, mejor conduces tú…

Y de pronto hubo un estruendo terrible a nuestro alrededor y el cielo se llenó de lo que parecían vampiros inmensos, todos haciendo pasadas y chillando y lanzándose en picado alrededor del coche, que iba a unos ciento sesenta por hora, la capota bajada, rumbo a Las Vegas.

55- El camino, de Delibes

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así.

56- Asfixia, de Palahniuk

Si vas a leer esto, no te preocupes. Al cabo de un par de páginas ya no querrás estar aquí. Así que olvídalo. Aléjate. Lárgate mientras sigas entero. Sálvate. Seguro que hay algo mejor en la televisión. O, ya que tienes tanto tiempo libre, a lo mejor puedes hacer un cursillo nocturno. Hazte médico. Puedes hacer algo útil con tu vida. Llévate a ti mismo a cenar. Tíñete el pelo. No te vas a volver más joven. Al principio lo que se cuenta aquí te va a cabrear. Luego se volverá cada vez peor.

57- El aleph, de Borges

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.

58- El jardín de cemento, de McEwan

Yo no maté a mi padre, pero a veces me he sentido como si hubiera contribuido a ello.

59- La máquina del tiempo, de H. G. Wells

El Viajero a través del Tiempo (pues convendrá llamarle así al hablar de él) nos exponía una misteriosa cuestión. Sus ojos grises brillaban lanzando centellas, y su rostro, habitualmente pálido, mostrábase encendido y animado. El fuego ardía fulgurante y el suave resplandor de las lámparas incandescentes, en forma de lirios de plata, se prendía en las burbujas que destellaban y subían dentro de nuestras copas.

60- El mundo de Sofía, de Gaarder

…al fin y al cabo, algo tuvo que surgir en algún momento de donde no había nada de nada…

61- Los teólogos, de J. L. Borges

Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras, entraron a caballo los hunos en la biblioteca monástica y rompieron los libros incomprensibles y los vituperaron y los quemaron, acaso temerosos de que las letras encubrieran blasfemias contra su dios, que era una cimitarra de hierro. Ardieron palimpsestos y códices, pero en el corazón de la hoguera, entre la ceniza, perduró casi intacto el libro duodécimo de la Civitas Dei, que narra que Platón enseñó en Atenas que, al cabo de los siglos, todas las cosas recuperarán su estado anterior, y él, en Atenas, ante el mismo auditorio, de nuevo enseñará esa doctrina.

62- La familia de Pascual Duarte, de Cela

Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo.

63- Romancero gitano, de Lorca

El río Guadalquivir

va entre naranjos y olivos.

Los dos ríos de Granada

Bajan de la nieve al trigo.

64- A sangre fría, de Capote

El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman “allá”.

65- Las aventuras de Huckleberry Finn, de Twain

No sabréis quién soy yo si no habéis leído un libro titulado Las aventuras de Tom Sawyer, pero no importa. Ese libro lo escribió el señor Mark Twain y contó la verdad, casi siempre. Algunas cosas las exageró, pero casi siempre dijo la verdad. Eso no es nada.

66- Fahrehneit 451, de Bradbury

Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia.

67- El Hobbit, de Tolkien

En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.

68- Luces de Bohemia, de Valle-Inclán

Hora crepuscular. Un guardillón con ventano angosto, lleno de sol. Retratos, grabados, autógrafos repartidos por las paredes, sujetos con chinches de dibujante. Conversación lánguida de un hombre ciego y una mujer pelirrubia, triste y fatigada. El hombre ciego es un hiperbólico andaluz, poeta de odas y madrigales, Máximo Estrella. A la pelirrubia, por ser francesa, le dicen en la vecindad Madama Collet.

69- El hombre invisible, de Ellison

Soy un hombre invisible. No, no soy uno de aquellos trasgos que atormentaban a Edgar Allan Poe, ni tampoco uno de esos ectoplasmas de las películas de Hollywood. Soy un hombre real, de carne y hueso, con músculos y humores, e incluso cabe afirmar que poseo una mente. Sabed que si soy invisible ello se debe, tan sólo, a que la gente se niega a verme. Soy como las cabezas separadas del tronco que a veces veis en las barracas de feria, soy como un reflejo de crueles espejos con duros cristales deformantes. Cuantos se acercan a mí únicamente ven lo que me rodea, o inventos de su imaginación. Lo ven todo, cualquier cosa, menos mi persona.

70- Fiebre en las gradas, de Hornby

Me enamoré del fútbol tal como más adelante me iba a enamorar de las mujeres: de repente, sin explicación, sin hacer ejercicio de mis facultades críticas, sin ponerme a pensar en el dolor y en los sobresaltos que la experiencia traería consigo.

71- La isla del tesoro, de Stevenson

El squire Trelawney, el doctor Livesey y algunos otros caballeros me han indicado que ponga por escrito todo lo referente a la Isla del Tesoro, sin omitir detalle, aunque sin mencionar la posición de la isla, ya que todavía en ella quedan riquezas enterradas; y por ello tomo mi pluma en este año de gracia de 17… y mi memoria se remonta al tiempo en que mi padre era dueño de la hostería «Almirante Benbow», y el viejo curtido navegante, con su rostro cruzado por un sablazo, buscó cobijo bajo nuestro techo.

72- Memorias del subsuelo, de Dostoyevski

Soy un hombre enfermo… Un hombre malo. No soy agradable. Creo que padezco del hígado. De todos modos, nada entiendo de mi enfermedad y no sé con certeza lo que me duele. No me cuido y jamás me he cuidado, aunque siento respeto por la medicina y los médicos. Además, soy extremadamente supersticioso, cuando menos lo bastante para respetar la medicina (tengo suficiente cultura para no ser supersticioso, pero lo soy). Sí, no quiero curarme por rabia. Esto, seguramente, ustedes no lo pueden entender. Pero yo sí lo entiendo.

73- Las intermitencias de la muerte, de Saramago

Al día siguiente no murió nadie.

74- La Estrella de Ratner, de Don DeLillo

El pequeño Billy Twillig se subió a bordo de un 747 con rumbo a una tierra lejana. Esto se sabe a ciencia cierta. El hecho de que se subió al avión. El avión era un Sony 747, etiquetado como tal y programado para llegar a su punto de destino un número exacto de horas después del despegue. Todo esto es susceptible de verificación, marcado con guijarros (khalix, calculus), tan real como el número uno.

75- La loca y el relato del crimen de Ricardo Piglia.

«Gordo, difuso, melancólico, el traje de filafil verde nilo flotándole en el cuerpo, Almada salió ensayando un aire de secreta euforia para tratar de borrar su abatimiento. Las calles se aquietaban ya; oscuras y lustrosas bajaban con un suave declive y lo hacían avanzar plácidamente, sosteniendo el ala del sombrero cuando el viento del río le tocaba la cara. En ese momento las coperas entraban en el primer turno. A cualquier hora hay hombres buscando una mujer, andan por la ciudad bajo el sol pálido, cruzan furtivamente hacia los dancings que en el atardecer dejan caer sobre la ciudad una música dulce. Almada se sentía perdido, lleno de miedo y de desprecio. Con el desaliento regresaba el recuerdo de Larry: el cuerpo distante de la mujer, blando sobre la banqueta de cuero, las rodillas abiertas, el pelo rojo contra las lámparas celestes del New Deal. Verla de lejos, a pleno día, la piel gastada, las ojeras, vacilando contra la luz malva que bajaba del cielo: altiva, borracha, indiferente, como si él fuera una planta o un bicho. “Poder humillarla una vez”, pensó.».

76- Las Ruinas Circulares de Jorge Luis Borges

“Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra.”

77- Jane Eyre de Charlotte Brontë

“Aquel día no hubo manera de dar un paseo. El caso es que por la mañana anduvimos deambulando una hora entre los pelados arbustos; pero después de comer -y la señora Reed, cuando no había invitados, comía pronto- el helado viento invernal había acarreado unas nubes tan sombrías y una lluvia tan penetrante que volver a a poner el pie fuera de casa era algo que a nadie se le pasaba por la cabeza. Yo me alegré.”

78- El castillo soñado de Dodie Smith

“Escribo esto sentada en el fregadero de la cocina”

79- El hombre que se enamoró de la luna de Tom Spanbauer.

“Si tu eres el diablo, no soy yo quien cuenta esta historia. Ni soy Afuera-en-el-Cobertizo. Ése es el nombre que ella me dio sin siquiera saberlo.”

80- Ulises de James Joyce

Majestuoso, el orondo Buck Mulligan llegó por el hueco de la escalera, portando un cuenco lleno de espuma sobre el que un espejo y una navaja de afeitar se cruzaban. Un batín amarillo, desatado, se ondulaba delicadamente a su espalda en el aire apacible de la mañana. Elevó el cuenco y entonó: -Introibo ad altare Dei. Se detuvo, escudriñó la escalera oscura, sinuosa y llamó rudamente: -¡Sube, Kinch! ¡Sube, desgraciado jesuita!

Un extra…

Tan alto el silencio de Ricardo Martínez Llorca

“Yo pensaba que mi hermano era inmortal”

 

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *