Lucha de clases y tormento femenino en «Los Pazos de Ulloa»

Por Horacio Otheguy Riveira

Emilia Pardo Bazán escribió en 1886 las 400 páginas de la novela Los Pazos y Ulloa, una revolución en toda regla en la que una mujer de familia noble muy pudiente presentaba a un aristócrata terrateniente adicto al desborde pasional como un fiero adolescente, obsesionado por el sexo de las mujeres y el poder que en realidad no ostenta porque hace y deshace su capataz, mucho más hábil en el arte de dominar sin perder el control de sus emociones. Entre ambos, vino y autoritarismo, mientras España intenta una revolución integral rumbo a una república, perdiendo colonias, víctima de un caciquismo mortífero.

Una novela densa, riquísima en sugerencias, audaz, que tuvo una segunda parte, La madre naturaleza, más corta y mucho menos interesante, donde el coraje empleado en la primera se diluye en una especie de arrepentimiento por el tono revolucionario, profundamente crítico con el apoyo de la Iglesia al poder establecido y desgarrador en el sufrimiento de sus mujeres.

Con este material Eduardo Galán ha conformado una síntesis teatral muy valiosa con personajes bien delineados entre diálogos muy cuidados hacia un epílogo quizás precipitado en el que no luce demasiado el impactante final. En todo caso, la puesta en escena de Helena Pimenta ha logrado un emocionante fresco gótico, a través del terror impuesto por el señor que en lugar de habitar un castillo —como en las obras de ese género— ocupa tierras y gente en medio de la naturaleza que imaginamos dentro y fuera de sus Pazos [Casa antigua y señorial característica de Galicia, en especial la que está situada en el campo, y en algún caso antigua fortaleza medieval]; así, alcohol, sexo y dinero se exponen con el vigor de un expresionismo latente en la escenografía diseñada por José Tomé y Mónica Teijeiro, así como en la minuciosa iluminación de Nicolás Fischtel. Armónico marco para un recorrido de intenso alcance dramático, donde no hay un solo instante de reflejo literario: pura acción que envuelve a los personajes y atrapa a los espectadores.

Fotos: Pedro Gato.

Foto: Juan Carlos Arévalo.
Foto: Juan Carlos Arévalo.

Encabeza Don Julián, el cura enviado como capellán a los Pazos de Ulloa, quien recorrerá como gran personaje trágico los desniveles de un mundo desconocido, pobre niño encerrado en un colegio, luego seminarista sin posibilidad de elección y finalmente cura que ha de enfrentarse a sus demonios en un proceso muy bien escrito en la dramaturgia de Galán y al que Pere Ponce infunde notable energía en un exhaustivo trabajo, ciertamente muy agotador, a tal punto que creemos verle agitado, tropezando con las paredes, perdiendo aire y ganando temores con candelabros (que no aparecen) deambulando por las tinieblas de las habitaciones donde busca protección la bella mujer maltratada ferozmente, interpretada de manera magistral por Esther Isla. Víctimas del abuso de poder, el buen cura y la espléndida e indefensa joven burguesa, se convierten en los protagonistas más atractivos y vigorosos de una función que rinde tributo a lo que más interesa de Emilia Pardo Bazán (1851-1921): su prolífica obra narrativa, filosófica y periodística y por la que dejó huella indeleble de rebeldía, siempre dando voz a los más débiles frente al terrible poderío de los poderosos. Algo que en gran medida sigue ocurriendo hoy en España y muy especialmente en muchos países hispanoamericanos donde se padecen historias como la que aquí se cuenta sin la menor protección.

La tragedia de Los Pazos de Ulloa se nutre en esta ocasión de brillantes pasos de comedia cuando Don Pedro, el implacable marqués, llega a Santiago en busca de esposa. Gran ocasión para que Marcial Álvarez cambie de registro y pueda expandir su gran dominio de los contrastes y matices. Y lo mismo puede decirse de Diana Palazón y Francesc Galcerán al asumir segundos personajes muy opuestos. Mención aparte para David Huertas, quien resuelve con acierto el aire fresco que trae a los pazos su personaje de médico dispuesto a bregar por una república que abomine de los señoritos.

En definitiva, un gran trabajo en el que cada intérprete obtiene de su personaje el colorido o la oscuridad imprescindibles para que el carácter desgarrador de la trama llegue al espectador con la fuerza del original, pero con un vigor teatral que pareciera escrito por Pérez Galdós, ya que Eduardo Galán escribió la versión teatral de su novela Tristana con similar talento. Misma época, amantes Pardo Bazán y Galdós, y en ambos protagónicos Pere Ponce… y el teatro que fluye como un río incesante de emociones y sugerencias ideológicas.

Autora: Emilia Pardo Bazán
Adaptación: Eduardo Galán
Dirección: Helena Pimenta

Intérpretes (por orden de intervención):

Don Julián Pere Ponce
Sabel / Rita Diana Palazón
Don Pedro, El marqués de Ulloa Marcial Álvarez
Primitivo y Señor de La Lage Francesc Galcerán
Nucha Esther Isla
El Médico David Huertas

Diseño de escenografía José Tomé y Mónica Teijeiro
Diseño de iluminación Nicolás Fischtel
Diseño de vestuario Mónica Teijeiro y José Tomé
Vestuario Sastrería Cornejo
Música original y espacio sonoro Íñigo Lacasa
Ayudante de dirección Ginés Sánchez

Ficha técnica

Producción ejecutiva Secuencia 3
Dirección de producción Luis Galán
Comunicación y coordinación de producción Beatriz Tovar
Coordinación técnica y de construcción Luis Bariego
Ayudante de producción Borja Galán
Administración Gestoría Magasaz
Transporte Miguel Ángel Ocaña
Realizaciones: Construcción de escenografía Luis Bariego / Secuencia3
Diseño gráfico Alberto Valle – Raquel Lobo/Hawork Studio
Peluquería y maquillaje Roberto Palacios
Fotografía de escena Pedro Gato
Producen: Secuencia3, La Villarroel, Saga Producciones, Olympia Metropolitana
Con la colaboración de Teatro Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa, Ayuntamiento A Coruña

TEATRO FERNANDO FERNÁN GÓMEZ HASTA EL 7 DE NOVIEMBRE 2021

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Otras creaciones de Helena Pimenta:

Enamorando a Lope de Vega en El perro del hortelano

Admirable Verdad sospechosa

Formidable Alcalde de Zalamea

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