Decir más con menos

Ricardo Álamo.- Decía Bernard Pivot que «ser crítico literario implica tener una memoria considerable para los libros, una cultura todoterreno, el espíritu de un descubridor, una capacidad de análisis sobresaliente y verdadero talento para escribir», y que por eso mismo, por no tener reunidas esas estimables cinco cualidades, él, ante el público, no se podía hacer pasar por crítico y a lo más que intentaba llegar era a mostrar su apasionamiento y su arrebatado amor por los libros. Pivot era un entusiasta lector, un buen lector, un obseso de la lectura, tanto que los días y las horas se le iban, encerrado en su casa, leyendo un libro tras otro, casi sin solución de continuidad. Y ya se sabe que quien lee mucho tiene muy poco tiempo para dedicarse a otras cosas. La lectura requiere concentración y atención, pero también soledad y renuncia. «Leer para morir», afirmaba Cernuda, queriendo decir con ello que las excesivas horas de lectura son un polvo bárbaramente intelectual y casi como un apartamiento de la vida. Algo de eso, creo yo, tenemos los críticos literarios o los lectores compulsivos, que en cierta manera no hacemos sino apartamos un mucho o un poco de las cosas de la vida para —paradójicamente— buscar algo de vida palpitante en las páginas de los libros, sobre todo en las de las novelas y relatos, amén de en las de la poesía. Pero, ¿y en los libros de aforismos?, ¿qué buscamos? Por su misma estructura compresiva y sentenciosa difícilmente pueden los libros de aforismos ofrecernos una representación más o menos diáfana del autor que los enuncia, y sin embargo el cúmulo de mínimas máximas que los conforman y que generalmente se explayan sin orden ni concierto sobre un sinfín de asuntos relativos a la vida no impiden, al fin y a la postre, que el lector pueda acabar creándose una imagen (o la sombra de una imagen) del autor de las mismas. Bien es cierto que esa imagen (o sombra) suele ser fragmentaria, como si estuviera hecha con piezas sueltas de un puzzle inacabado. Al ojear con suma atención este nuevo libro de aforismos de Aitor Francos, se diría que ya desde su mismo título hay un propósito manifiesto de trasladarle al lector la idea de que efectivamente la imagen que vaya a obtener del escritor vasco le resultará cuando menos borrosa o imprecisa, incluso apócrifa. A ello contribuye en gran medida el que el autor se valga abundantemente de una serie de citas ficticias de autores igualmente ficticios tras los que se esconde una profusión de voces más o menos coincidentes sobre un amplio repertorio de temas, que van desde la felicidad a la muerte, pasando por la soledad, el amor, el silencio o la propia escritura, entre otros muchos.

El poeta es un fingidor, decía Pessoa, y Aitor Francos parece que juega a fingir que es un fingidor o a ocultarse detrás de diversas máscaras. Por eso quien escribe es otro. Un «otro» que, además, escribe copiosamente sobre la poesía y los poemas, a veces con un tono censor («Demasiados son los poetas que no saben qué preguntar al poema») y otras en clave apologética («La poesía, cuando nombrarla es defenderla»), sin renunciar abiertamente a puntear la importancia que le da a cierta poética del silencio y el misterio («La poesía se corrige con silencios breves y largas ausencias») así como a subrayar —por dos veces— el carácter especular de los buenos poemas («Un buen poema hace de espejismo de la realidad. Pero crea monstruos felices», «Un buen poema hace de espejismo de la realidad. Eso sí, aunque puede deformarla, crea monstruos felices»). Esa predilección por la poesía y sus alrededores se expresa, además, claramente en una de las dos partes en que está dividido el libro, donde Francos saca a relucir toda su dialéctica a favor de unas determinadas prácticas poéticas, en especial las que de repente nacen de la oscuridad o del silencio y vuelven a él: «Creo en una poesía constructora de arquetipos y de sombras chinescas. Como una ventana que se ilumina de repente, automáticamente, cuando algo sucede dentro del hombre», «La ley de la poesía solamente se puede admirar y cumplir, aunque dicte silencio», «Quien respeta el silencio casi lo dice todo». En estas reiteradas invocaciones al silencio es inevitable no pensar en la poética de José Ángel Valente, quien, en defensa de lo que él entendía que era el origen de la poesía, en alguna ocasión llegó a declarar lo siguiente: «Mucha poesía ha sentido la tentación del silencio. Porque el poema tiende por naturaleza al silencio. O lo contiene como materia natural. Poética: arte de la composición del silencio. Un poema no existe si no se oye, antes que su palabra, su silencio». Así se explica que el propio Aitor Francos nos exhorte a amar las palabras porque más antes que después nos llevarán al silencio.

No obstante esta apologética del silencio, algunos de los aforismos de Quien escribe es otro adoptan un tono metafórico, simbólico o cercano a la alegoría. Son también aquellos en los que pareciera que su autor insinuara, sugiriera o invitara al lector a que los acabara y los interpretara a su manera, en aras de escapar a la grave sentenciosidad de quien los enuncia para darle así cabida a la serpenteante elipsis. Ejemplos de este recurso a lo elisivo serían estos: «Rezar arañando piedras», «… voces encharcadas en mi conciencia». Que la imaginación del lector tenga que poner algo más en lo que ya está puesto en los textos (como ya planteara Hemingway en su teoría del iceberg, al referir que en última instancia lo que debe hacer todo texto es reflejar únicamente una parte pequeña de lo que quiere mostrar, dejando el resto a la interpretación del lector, sin sacar por tanto a la luz todo lo que no se ve) es un rasgo casi consustancial a los aforismos, de ahí que no sea de extrañar que también en este libro haya abundantes ejemplos de este recurso. Se le da así la oportunidad al lector de ser copartícipe del libro, y quizá por eso cobre pleno sentido lo que el autor dice cuando escribe que hay que ser breve con redundancia, porque la redundancia la pone el lector, que es quien interpreta el texto que se le da. Y en este sentido Aitor Francos nos da una ristra considerable de textos abiertos. Textos en los que su verdad no es categórica: «La verdad nunca da sombra, pero nos oscurece». A este oscurecimiento es al que el lector ha de poner luz, para salir un poco más iluminado de este claroscuro libro en el que sus aforismos dicen mucho más de lo que dicen y que, a decir verdad, es el logrado sueño de quien sabe decir más con menos.

Aitor Francos, Quien escribe es otro. Renacimiento, Sevilla, 2022.

 

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