De la utilidad del saber para la vida

 

 

José Luis Trullo.- De toda la vasta producción textual de Nietzsche, las Consideraciones intempestivas son, quizás, las menos divulgadas; en comparación con sus obras mayores (Así habló Zaratustra, Humano demasiado humano, La genealogía de la moral, Más allá del bien y del mal, La gaya ciencia), se las percibe como lo que también fueron: obras de combate con su propia época, algo ramplonas y panfletarias, si bien hay que admitir que la esencia del pensamiento nietzscheano ya se percibe en ellas de manera definida. No tengo el propósito de glosarlas aquí, sino de rescatar algunas reflexiones vertidas por su autor en la intitulada Sobre la utilidad y los perjuicios de la historia para la vida,* pues me parece que muchos de los diagnósticos que vierte en sus páginas son todavía plenamente vigentes, aunque sus propuestas terapéuticas -tras las vanguardias artísticas y los totalitarismos del siglo XX- ya no resulten de recibo.

La tesis central del libro se resume en unas pocas y acertadas frases del prefacio, y es la siguiente: “La enseñanza que no estimula, la ciencia que paraliza la actividad, la historia en cuanto preciosa superfluidad del conocimiento y artículo de lujo, nos resultan seriamente odiosas”, ya que si “necesitamos la historia [es] para la vida y la acción, no para apartarnos cómodamente de la vida y de la acción”. Para Nietzsche, la sociedad de su época sufre una inflación de conocimientos históricos, entendidos estos como áridos documentos acerca de un pasado apreciado como glorioso, sí, pero que no parece brindarnos lecciones existenciales de valor, antes al contrario: su grandeza nos apabulla hasta el punto de hacernos sentir “epígonos”, incluso de vivir en una época decadente, estéril y sin pulso vital. Para recobrar la confianza perdida y alzar de nuevo el vuelo, Nietzsche anima a la juventud a romper las “cadenas” de un conocimiento que él denomina anticuario para entroncar con lo que de vivo y fecundo posee el gran arte del pasado (esos “modelos de lo excelso, de lo natural y de lo humano” que convenimos en llamar clásicos). De hecho, es en el sano ejercicio del olvido selectivo como el hombre puede volver a confiar en su propia capacidad para realizar cualquier tarea con aspiraciones a perdurar; en la medida en que nos entregamos a lo ahistórico y lo suprahistórico (a “lo eterno”), con la inocencia de un niño que cree ingenuamente que todo es posible en cualquier momento, nos hacemos dignos de trascender los estrechos márgenes de nuestra época para inscribirnos en el continuo de los logros intemporales (esa “carrera de antorchas”): de lo contrario, solo produciremos obras anémicas, irónicas e incluso cínicas, exangües en suma.

El libro es una glosa extensa y algo redundante sobre estos principios básicos. Basta sopesarlos, siquiera someramente, para percibir que nos resultan de una actualidad desasosegante, impresión que se centuplica cuando desciende al análisis del tipo de saber que domina en su época. Escribe Nietzsche: “Las palabras fábrica, mercado de trabajo, oferta, utilización -y toda la terminología auxiliar del egoísmo- acuden a los labios cuando se quiere hablar de la más moderna generación de doctos”. ¡Y lo dice en pleno siglo XIX! No me quiero imaginar lo que exclamaría ante la actual academia, rendida ante los protocolos de la productividad capitalista, atenazada por las exigencias del rendimiento cuantitativo y despojada de cualquier inquietud acerca de la realidad que le rodea… salvo cuando trata de domeñarla blandiendo la espada del fanatismo ideológico y el sectarismo más execrable (lo cual es mucho peor, claro). Clama el alemán:

Es cierto que, en los últimos decenios, la ciencia ha progresado con rapidez sorprendente; pero contemplad también a los científicos, esas gallinas exhaustas. No son, verdaderamente, naturalezas “armónicas”: pueden solamente cacarear más que nunca porque ponen huevos con más frecuencia, pero, en realidad, los huevos son cada vez más pequeños (aunque los libros son cada vez más grandes).

Nietzsche denuncia a renglón seguido la “contraposición entre vida y sabiduría” que, de hecho, es una de las grandes y fatales consecuencias que han acarreado el triunfo de la Ilustración y la generalización de la racionalidad moderna, para la cual el conocimiento no es más que un instrumento para dominar el mundo material, quedando relegados los valores estéticos, espirituales y religiosos al ámbito de lo privado, cuando no de lo carente de relevancia intelectual, de lo decorativo. Arremete entonces contra ese “tropel de puros pensadores que no hacen más que asistir como espectadores de la vida”, así como contra esos “individuos sedientos de saber, que sólo con el saber se sienten satisfechos y para quienes el aumento de conocimientos es el objetivo en sí”: lógicamente, habla de los eruditos, ese ejército de técnicos especialistas cuya labor es necesaria, sí, pero siempre que esté al servicio de algo más (ese algo más que nuestras instituciones educativas han olvidado):

Tampoco hay que despreciar a los trabajadores que acarrean, supervisan y clasifican los materiales de la historia porque ellos no podrán llegar a ser grandes historiadores; pero todavía menos debemos confundirlos con estos últimos, más bien hay que comprenderlos como necesarios colaboradores y obreros al servicio del maestro.

Quizás sobren dóciles albañiles y falten arquitectos con ambición intelectual, habría que apostillar. Yo mismo, cuando cursé el doctorado en Filología Románica, no encontré a nadie que me considerase otra cosa que un útil carretillero… Sea como fuere, confundir erudición con sabiduría y acumulación de conocimientos con hondura intelectual es un pecado todavía vigente (y que se remonta, cuanto menos, hasta los sofistas, si hemos de creer a sus detractores): “Un gran erudito y una gran cabeza vacía son cosas que fácilmente pueden encontrarse bajo un mismo sombrero”, ironiza Nietzsche. Seguro que el lector conocerá a más de un docente, investigador o incluso catedrático que se ajusta a ese perfil. Por otro lado, quien más quien menos ha experimentado la íntima decepción de contrastar la alta estima en la que tenía a alguna eminencia con su desabrido trato personal; y es que resulta infinitamente más sencillo escribir una enciclopedia en varios tomos que alcanzar la auténtica excelencia humana.

Y yo me pregunto: ¿ha cambiado algo el modo en que la sociedad se relaciona con el saber, en pleno siglo XXI? Tanto tiempo después de que Nietzsche proclamase a los cuatro vientos lo nocivo que puede resultar un conocimiento que descuida su dimensión existencial, ¿en qué situación nos encontramos hoy?

Basta con prestar atención a lo que piensan de ella los propios miembros de la academia: lamentan el incremento exponencial de la burocracia, el bajísimo nivel del alumnado, los acicates espurios a producir publicaciones indexadas (¡cada vez más huevos cada vez más pequeños!), la escasísima enjundia intelectual de la que adolecen la inmensa mayoría de las mismas, el fraude encubierto de las publicaciones subvencionadas con cargo a los presupuestos de los equipos de investigación a los que pertenecen los autores… Nos encontramos ante una enorme rueda girando en el vacío de su propia irrelevancia, ya que a estas alturas son pocas las aportaciones sustantivas en la rama de las humanidades y enorme el caudal de prescindibles inanidades. Ello por no hablar del nulo impacto que, según mis fuentes, suponen los estudios en las propias existencias de quienes los cursan: las auténticas vocaciones son escasas, prolifera el rudo ventajismo cuando no el afán por hacerse con un título para opositar a cualquier cuerpo de la administración. Así las cosas, cabe preguntarse en qué ha cambiado el desastroso panorama que pintaba Nietzsche de las instituciones académicas de su época; poco, me temo.

Tal vez podríamos caer en la tentación de establecer una fácil correlación histórica con el Renacimiento, época en la cual los saberes hormigueaban al margen de la universidad, y fabular la existencia de una rica pléyade de sabios trabajando al margen de la misma. Vana ilusión. Si los hay (que los hay), la mayoría tampoco son (somos) mucho mejores los que estamos fuera que los que están dentro: compartimos el mismo pecado de tomar el conocimiento como un fin en sí mismo, devorando libros y escribiendo otros nuevos sin que aporten ni nos aporten otra cosa que un efímero cosquilleo de satisfacción, entre vanidosa y ridícula. La alternativa a la anquilosa institución, pues, y salvo honrosísimas excepciones no es mucho mejor que ella: impostura, autoindulgencia, ¡cáscara!

Quizás llevamos arrastrando demasiado tiempo la pesada carga de una escisión fatal: la que establece una cesura irreconciliable entre la vida y el conocimiento. Hemos acabado identificando la primera con una anodina supervivencia desprovista de enjundia significativa (ese “ir tirando” que tantas veces oímos de la cuna a la tumba) y el segundo con atesorar datos más o menos pintorescos pero sin trascendencia alguna para la misma. Hay que decirlo claro: un saber que humilla a quien lo cultiva no es digno de atención; y una existencia que no lo aprovecha para dejarse iluminar por él no merece estima. Es preciso reflexionar acerca de nuestra relación con el saber: restañar la herida que ha ocasionado la Modernidad tanto en el cuerpo del conocimiento (reservado ya a una élite de fríos técnicos) como en el de nuestras propias vidas (degradadas a una ominosa insignificancia), recobrar la perdida unidad del hombre, rescatar su dignidad. De no ser así, los estragos tanto en uno como en otro ámbito no harán más que acrecentarse, y las consecuencias para todos solo pueden ser irreversibles.

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*Cito por la traducción de Dionisio Garzón sobre la edición crítica de Colli y Montinari. Madrid, EDAF, 2000.

 

 

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