Por Alberto García-Teresa.

El quinto poemario de María García Díaz (Pola de Siero, 1992) nos adentra en el misterio de lo desconocido, de lo que no tenemos controlado. Nos sitúa ante su estímulo y juega con el miedo y la curiosidad que nos provoca. Ese planteamiento conduce una poética que mira con severidad e interrogación el mundo. Y lo hace de una manera muy singular.

Doctora en Física, la poeta comparte experiencias, sobre todo ancladas en la cotidianeidad y en el ámbito cercano, con el lenguaje y el método de los experimentos científicos en los tramos más interesantes del poemario. En otros, recurre a un tono narrativo constituido alrededor de un episodio pasado de la vida del “yo”, frecuentemente vivido en compañía, pero que no pierde contención emocional. La frialdad de aquel método, ese acercamiento científico a la realidad inmediata, contrasta con la vivencia que recoge o que narra en ese mismo poema y, sobre todo, con el trasfondo y las consecuencias de lo que trata: planteamientos sentimentales y relaciones sociales. El rigor intelectual (no en vano, la primera sección del volumen se titula “Venerad nuestro intelecto”) puede encorsetar la dicción, pero la resonancia de lo que analiza y comparte empapa de vitalismo y sensibilidad los textos. También allana el camino de conclusiones rotundas o el espacio de escucha necesario para las sentencias que nutren muchas de sus piezas, y que avanzan hacia parámetros existenciales y filosóficos. Esa perspectiva, donde el elemento humano resulta fundamental, queda bien reflejada cuando se asevera: “La física no explica cómo es el mundo en nuestra ausencia, / sino cómo respira / cuando estamos delante”. Precisamente, las alusiones a ese campo son múltiples a lo largo del libro: la autora salta a ella para construir comparaciones, para explicar lo que acaba de acontecer en los versos previos y, en definitiva, dar sentido al mundo y a quienes conviven en él. Por ahí penetra el recuerdo y dignificación de los abuelos, con su austeridad y la insinuación de las dificultades que tuvieron que encarar. Se reafirma, así, la materialidad de la existencia al mismo tiempo que se resalta el valor de lo minúsculo (en todos los sentidos, también en las vidas sencillas y humildes). En el fondo, García Díaz exalta la observación, la mirada atenta, la percepción penetrante que indaga, que se cuestiona, no que meramente recibe.

Con ese efecto sosteniendo el libro de manera intermitente, esa atmósfera de extrañeza o de cierta disonancia por la colisión de esas dos maneras de mirar la realidad, transcurre este particular poemario.

María García Díaz
En tu piscina de esmeraldas calculé y lloré
103 páginas

Ultramarinos, 2025