Por Bernardo Santos.

Fidel Moreno no necesita mucha presentación en este país porque, más allá de su faceta de novelista, ensayista notable, cantante, musicólogo, gestor cultural, docente y periodista, es un personaje mediático.

Pues bien, Fidel Moreno ha escrito su primer libro de poemas cerca ya de los cincuenta años. Solo este hecho merece esta reseña, lanzar algunos fuegos artificiales y preguntarse cómo es posible, por qué alguien que ha hecho con éxito tantas cosas se arriesga en un terreno tan abigarrado de autorías y navajas, preceptos y escrúpulos. Preguntarse por qué da a la imprenta un pequeño libro de poesía de 31 poemas y 56 páginas alguien que ha escrito, por ejemplo, el ensayo-enciclopedia Qué me estás cantando, que junta musicología, crónica contemporánea, reflexión existencial y autobiografía con erudición, lucidez, humor y un Orinoco de 752 páginas.

Quizás porque la poesía, que no sirve para nada, es una de las drogas que le faltaba por conocer; quizás porque casi todos los buenos lectores de poesía sienten alguna vez el vértigo de ponerse al otro lado de la página; quizás por una autoimposición, una autoapuesta, un autojuego de quien aspira a ser príncipe del Renacimiento.

Aunque mejor sería dejar de elucubrar y atender a lo que él nos dice, porque estamos ante un libro absolutamente honesto, que se inicia con un poema que es una cartografía detallada de la obra y que, no sin humor, se titula Prólogo. Fidel nos dice en él que ha escrito el libro porque ha llegado el tiempo propicio, el momento oportuno, y nos lo ofrece con toda honestidad desde el convencimiento de que, a lo mejor, no es el esperado vate que dicta el oráculo ni el torturado vórtice de una vida maldita; que él es él, alguien a mitad de camino entre su proyecto y su resultado, un funambulista siempre a punto de caer, quizá el hombre equivocado, alguien que no es que esté poseído por la poesía y viva en su sahumerio, sino que la usa, quizás pervirtiendo su función primera, como se usa una silla o una mesa para alcanzar algo que está encima del armario.

Trapecista colgado de la rama
sin posibilidad de avance o de regreso,
sin ganas de caer,
yo salté a este mundo con el impulso de llegar a otra parte
que no fuera yo;
y aquí me tienen,
poco más que un balanceo.

[…]

La poesía también sirve
como la silla y la mesa sirven de escalera
y es verdad que a ratos y por accidente.

Podría decir: el hombre equivocado
en el momento oportuno.
O, más fácil, hombre de mediana edad
con las cosas propias de su tiempo.

En todo caso, ha escrito Fidel un libro bien interesante. No solo por lo que podríamos llamar “la calidad de su poesía”, cuestión siempre tan espinosa; no solo por el formato y la estructura elegidas, sino también por el tono, que funciona como hilo conductor del libro porque, en ausencia de una temática común, ese tono supera la mera yuxtaposición de poemas de temas variopintos. También porque nos regala algunos pasajes realmente creativos, por su buen humor, por su mirada atenta a aquello que le pasa a él, pero puede ser útil (como la poesía, como la silla o la mesa) a los de su generación y, finalmente, por su planteamiento humilde, consciente de lo que ofrece y sin vanas pretensiones de trascendencia, erudición o adanismo.

Un libro que contiene fundamentalmente poemas existenciales, pero también alguno de crítica social o política, bastantes de amor y desamor, con formatos igualmente muy diversos: a veces formato narrativo, muchas veces confesional, las menos experimental, a ratos discursivo, a ratos aforístico; con títulos, sin títulos, con brevedad o extensión, aunque generalmente con formatos de página completa, esa ley no escrita de la poesía actual. También alguno de imprecación al misterio, como el magnífico Plegaria, que inicia con un casi endecasílabo: “Dios de las sagradas fuentes primitivas”, que recuerda al hermoso verso de la canción Todo es de color, esta vez sí un verdadero endecasílabo: “Señor de los espacios infinitos”.

Me gusta del libro de Fidel que está escrito desde una —podríamos llamarlo así— nueva masculinidad, o al menos un intento de una posible versión personal de una nueva masculinidad, que no es explícita pero que se mastica de forma transversal. Aunque, personalmente, no estoy de acuerdo con él en algunos planteamientos que ha hecho en su actividad periodística, no construiremos una masculinidad diferente si no debatimos, nos contradecimos y llevamos este ensayo-error a nuestra vida, nuestra actividad y nuestra escritura.

Por ejemplo, el poema dedicado a su hijo mayor, que refleja una paternidad gozosa, disfrutona, a la vez que responsable, donde se explicita que el principal legado que queremos dejar a nuestros hijos es ayudarles a desarrollar una conciencia clarividente, ojalá en un mundo mejor. Y pienso aquí en Enrique Falcón, de la mano de su hijo asistiendo al fin del capitalismo en su poema-apocalipsis El fin y la caída, o pienso en Isaac Rosa cuando habla de sus hijas en sus artículos de prensa. Qué lejos queda esta poesía valiente y necesaria de aquella del realismo sucio o de las andanadas machistas de los supuestamente malditos poetas de la experiencia. Porque aquellos malditos no podían ser más convencionales para el patriarcado y, sin embargo, estos escritores que están buscando ser hombres amables en un mundo amable, que intentan cambiarse a sí mismos, que intentan no engañarse y ser amantes igualitarios de las mujeres que desean, se equivocarán, pero su intento de normalización de los cuidados es, en sí, más leña al fuego en el desafío del orden establecido. Por ejemplo, este otro poema:

Construir un hombre
es quitar los ladrillos
que sostienen su mentira.

Que el viento barra la arena a sus pies
y pula el canto de sus ruinas.

Que en la superficie despejada
se levanten cabañas
que no sobrevivan al invierno.

Que un pájaro anide en el hueco.

O, por ejemplo, este otro:

Todos los plazos han vencido,
mi derrota es trofeo para cualquiera, menos para mí,
una multitud murmura poniendo un precio ridículo a mi cabeza.

Mi vida vale poco;
quizás eso me salve.

Fidel pertenece a esta rara burbuja de escritores que han desarrollado oficio para moverse con soltura entre los géneros y vivir de ello, no sin debatirse entre la pasión y el oficio, entre la pulsión creativa del escultor de cerámicas y la vida que fluye entre taludes en la reproducción de vasijas del alfarero, siempre en la rama que pende, siempre en la cuerda floja.

Tienes un trabajo
y te pagan bien por tus labores,
eso debería ser suficiente
y, sin embargo, el barro
entorpece el giro del torno
y encuentras placer en dejar caer
los jarrones al suelo.

El hombre equivocado en el momento oportuno
Fidel Moreno
Valencia, Pre-Textos, 2025