Por Aitor González J.

Todo vuelve, de Juan Gómez-Jurado, es una novela que no se limita a cerrar una historia: cierra un círculo. O, mejor dicho, demuestra que en el universo narrativo del autor nada se cierra del todo, porque todo —culpas, decisiones, violencias— acaba regresando. A veces con nombres distintos. A veces con más fuerza.

Gómez-Jurado vuelve a jugar en el terreno que domina con precisión quirúrgica: el del thriller de ritmo alto, capítulos breves y tensión constante. Pero en esta ocasión el andamiaje narrativo no se sostiene únicamente en la acción o en el misterio, sino en algo más incómodo: la memoria. La personal y la colectiva. La que se intenta enterrar y la que vuelve para reclamar su espacio.

La novela se mueve con soltura entre tramas que el lector habitual reconocerá y nuevos conflictos que amplían el foco. No es necesario entrar en detalles argumentales para entender el núcleo del libro: las consecuencias. Todo vuelve plantea una pregunta tan sencilla como perturbadora: ¿qué ocurre cuando el pasado ya no acepta ser silenciado? ¿Qué precio se paga por haber sobrevivido a costa de otros?

Desde un punto de vista psicológico, la obra destaca por su insistencia en los personajes rotos. No hay héroes puros ni villanos absolutos, sino individuos que arrastran decisiones mal cerradas, traumas funcionales y una violencia que a veces se ejerce para proteger, y otras simplemente para no mirar atrás. Gómez-Jurado entiende muy bien que el verdadero suspense no está solo en saber qué va a pasar, sino en descubrir qué parte de uno mismo está dispuesto a romperse para que eso no pase.

La prosa mantiene el estilo reconocible del autor: directa, eficaz, pensada para avanzar sin perder claridad. No busca alardes literarios, pero tampoco los necesita. El lenguaje está al servicio de la historia, y la historia, del lector. Esa es una de las claves de su éxito: la capacidad de hacer accesible lo complejo sin simplificarlo del todo.

Todo vuelve funciona tanto como pieza independiente como dentro de un universo narrativo más amplio. Para los lectores fieles, es una recompensa. Para los nuevos, una puerta de entrada sólida. En ambos casos, la sensación final es la misma: nadie sale indemne, y eso incluye al lector.

Porque, al final, Gómez-Jurado no habla solo de crímenes o conspiraciones. Habla de algo mucho más cercano: de cómo las decisiones que creemos enterradas siguen respirando bajo la superficie. Y de cómo, tarde o temprano, todo vuelve.