David Lorenzo Cardiel.
Una obsesión, un ideario, un partido. Nadie puede salirse de la norma. En nombre de la ciencia, se ensalza la prédica de la fe, el amor por la creencia. Bajo ese estado de las cosas, cada aula se convierte en un patíbulo para el intelecto. Cada familia es un checkpoint de la manera de pensar del individuo. ¿Pasarás la prueba, un día más? ¿O serás depurado mediante alguna de las miles de creativas maneras que los seres humanos siempre atesoran para hacer daño a sus semejantes?

La herida del derribo o caída de la Unión Soviética en 1991 sigue estando presente en el corazón y la mente de la población rusa de nuestros días. Unos por provenir de aquellos tiempos, otros por haber nacido en época de la Federación, lo cierto es que no hay familia que no tenga la espina clavada del recuerdo o del olvido forzado. Los mercadillos moscovitas todavía están repletos de una iconografía comunista (la estrella roja, el ensalzamiento leninista) que ni siquiera han desaparecido del acervo del nuevo Estado ruso. La educación soviética y sus reminiscencias de grandeza acompañan a una población que oscila, fundamentalmente, entre dos paradigmas: sobrevivir o vivir en una ficción caduca de imperialismo y poder.
Hace poco, escuché a una tiktoker rusa asentada en el extranjero comparar la vida de su madre, de origen rural y de unos sesenta años de edad, con la suya. Me fascinó comprobar uno de mis análisis sobre mecánica social: los nacidos en cada época no somos demasiado diferentes entre sí. Hay variación en costumbres, moral, conocimiento, educación y contexto circunstancial (eso que vulgarmente se llaman «oportunidades», como si los seres humanos fuésemos gólems incapaces de obrar y tomar suficiente control de nuestras vidas, como si necesitásemos que cualquier señorito adinerado nos echase el céntimo en la bandeja de pedigüeño), pero hay un compás holístico, geopolítico y de consciencia, que nos sincroniza. Llamémosle geist, que es como decir «nada», llamémosle mejor «contexto común» (pues las comunidades aisladas sí viven diferencias para mismas generaciones). Lo cierto es que por avances tecnológicos, capacidad industrial y grado de conocimiento comúnmente aceptado a nivel colectivo humano comprobé que un español nacido en los años cincuenta apenas diferencia sus rasgos generales biográficos de un francés, un alemán, un americano o un ruso en circunstancias y época semejante.
¿Cómo nos limitan los credos populares y el peso de la educación dirigida? ¿Qué supone haber nacido en un país y en un tiempo determinados, y no en otros? ¿De qué forma nos configura? La doctora en Historia y en Civilizaciones Europeas, Olga Medvedkova, ha publicado en español su única novela hasta el momento, La educación soviética, una narración que posa todas estas cuestiones con suavidad, al mismo tiempo que con la contundencia que suele caracterizar al profundo realismo del que está dotada la literatura rusa y soviética, en general. La novela sitúa la narración alrededor de una adolescente de la aristocracia comunista, Liza. Son los años ochenta, y la URSS está inmersa en la Guerra de Afganistán. El folclore de la comunidad internacional se hizo notar: boicoteo en los Juegos Olímpicos, sanciones, suspenso en las relaciones internacionales. Mientras tanto, el desgaste, el intento norteamericano de devolver al bloque comunista la apabullante derrota que sufrieron en las selvas vietnamitas, donde la industria de guerra y los avances tecnológicos no le sirvieron de absolutamente nada al gigante americano para evitar la carnicería de miles de jóvenes de su población, subrayar las diferencias sociales del sistema económico y social capitalista y provocar disturbios, movimientos pacifistas y una oposición creciente.
En medio de esa escalada, un caos que ahora se vertía sobre los rusos, aunque en aquellos años todavía no fueran conscientes de su inminente fracaso en las desérticas montañas afganas, Liza, la protagonista de esta novela, viaja con su madre al campo en sus vacaciones de verano. Son apenas unos días, pero incluso en un breve periodo de asueto seguirá el deber y la presión sobre el carácter de la joven. He de decir que la novela representa el retrato de una generación de la clase alta comunista, probablemente un reflejo bastante íntimo de las vivencias de la propia autora.
No obstante, su valor reside en las dotes literarias con las que está escrita. La educación soviética se lee con dulzura. Los personajes deambulan bien, y se exponen las preocupaciones y el contexto propio de la juventud soviética de la época van introduciéndose con buena técnica narrativa según avanzan las páginas. Es fácil integrarse con personajes como David, Lucie, Max o la propia protagonista, por ejemplo. Lograr este resultado es clave en el arte narrativo. Medvedkova lo consigue con intensidad, construyendo así una novela cautivadora.
Tras su lectura, entiendo muy bien la acertada decisión de Acantilado de traer al castellano a esta ópera prima de la académica rusa. Hay enormidad en este reflejo de una generación marcada que se ha hecho adulta viendo cómo toda una cosmovisión se ha deshecho a medias. Cuenta con la traducción de María Teresa Gallego y Amaya García (gracias, siempre, a los traductores por su habitual impecable labor). Ahora, a las Liza sólo les queda atarse a la grandilocuencia u oponerse al esbozo de una nueva Rusia que, lejos de alcanzar la gloria, huele a sangre seca, muebles quemados y destrucción. Y esa forma de entender la vida (no desde el bienestar para el que debería servir un Estado, sino desde la destrucción de sus habitantes) ya la conocemos unos y otros a este y al otro lado del muro otanista, lamentablemente.

