JOSÉ LUIS MUÑOZ

Vuelve el director de 20 días en Mariupol a narrar desde las tripas esta guerra interminable y absurda que se libra en el centro de Europa entre una Ucrania que defiende su territorio y una Rusia que quiere arrebatárselo. Un documental compulsivo que huye de toda épica y habla de una operación absurda: la conquista de un pueblo, Andriivka, que ya no existe, que solo son ruinas y cadáveres, a través de los ojos de un fotoperiodista incrustado en un batallón que avanza por un delgado bosque y va perdiendo a sus hombres metro a metro.

Parece el documental una película dogma, pues la cámara se revuelve, gira sobre si misma, tiembla en la mano de quien la empuña, se ciega ante las explosiones de las granadas. El enemigo es alguien anónimo, a quien apenas se enfoca, lejano, sobre el que dispara esa patrulla ucraniana que pelea por su tierra y no sabe cuando terminará este absurdo combate. Por ese raquítico bosque, que no protege a nadie (una delgada línea en medio de una llanura sin fin) avanzan esos hombres que rechazan el apelativo de héroes y no saben por qué son filmados por el fotoperiodista. Muchos de ellos, nos cuenta el realizador mientras los entrevista, morirán en esa operación o en otras que vendrán. No son soldados profesionales sino civiles que empuñan las armas por patriotismo. Los disparos son secos, no son como los de las películas bélicas que retumban en los oídos. Las explosiones de las granadas no son dantescas, lo más que hacen es levantar montañas de tierra. Los muertos, desparramados, sobre los que saltan los soldados de la patrulla ucraniana, no tienen rostro, permanecen abatidos sobre ese paisaje yermo y quemado. Esa guerra es absurda y aburrida, porque en la toma de ese enclave que ya no existe no hay ni siquiera adrenalina y no se sabe bien porqué arriesgan unos y otros el pellejo. Disparan contra rusos que salen de los rudimentarios bunkers madrigueras excavados en la tierra cuando lejos de rendirse les lanzan granadas. Todo en 2000 metros hasta Andriivka, que es la distancia que recorre esa patrulla, es muy diferente a una película bélica. Un ruso, al que hacen prisionero y al que le dan un poco de agua, no sabe lo que hace allí, peleando por un puñado de tierra, entre cascotes de lo que fue una aldea. Y todo por clavar la bandera ucraniana que al día siguiente será sustituida por la rusa.

Mstyslav Chernov filma el absurdo de la guerra desde su interior. Documental antibelicista que nos muestra la fealdad de la guerra, de cualquiera de ellas, desprovista de épica. Lo más humano, y enternecedor, es un gato que los soldados ucranianos rescatan entre los cascotes y se llevan en sus mochilas.