Por David Lorenzo Cardiel.

Rusia siempre ha resonado como paradigma de civilización y barbarie. Tierra de grandes estepas que se hielan en invierno, asida entre las costas de gélidos océanos, con la excepción del Mar Negro y sus aguas tranquilas. Durante siglos, las llanuras entre los grandes ríos y las costas de apariencia infinita estaban habitadas por peligrosos pueblos nómadas, como los tártaros o los urálicos, por ejemplo. Mientras fue configurándose el imperio ruso a partir de los tiempos de Iván el Terrible (s. XVI) y el control de los monarcas se fue extendiendo desde las fronteras centroeuropeas hacia el lejano este, más allá de los Urales, Rusia obtuvo varios desafíos. Uno de ellos, social, tenía que ver con la integración entre la población eslava, vinculada con el grupo de poder, y los pueblos nómadas en su origen, que tenían vínculos con sus territorios ancestrales y a los que no querían renunciar. El otro desafío fue político: según avanzaron los siglos, la expansión de las ideas y de su comunicación, la población fue dividiéndose en intereses estamentales e ideas.

Ayer y hoy, Rusia, como maquinaria al margen de la población, funciona muy bien. Sucede lo mismo con los Estados Unidos. Al otro lado del Atlántico, el Estado está diseñado como una institución que se retroalimenta de simbolismo, retórica y ejercicio de la fuerza. La población estadounidense sólo tiene un camino, y es honrar o, al menos, tolerar esa retórica ultranacionalista. Cualquier disidencia, por discreta que ésta sea, suele ser interpretada como un rechazo a la nación y a sus intereses, una agresión al Estado que, entonces sí, se asocia a la compleja población del país. Parecido sucede con China, salvo que en el caso del país asiático los chinos, tradicionalmente, han aceptado su realidad en base a dos principios, el centralismo universal chino en el mundo, y la cultura china, basa en la filosofía y los principios armonizados del Estado (con su relación estrecha con el Tian o «Cielo») como cultura rectora en común que sostiene el Orden frente al Caos, entendidas como dos fuerzas que, evidentemente, fueron convirtiéndose en conceptos más difusos, cuando no abstractos, con el paso del tiempo. Las etnias, en China, han de obedecer al Estado y respetar la cultura dominante, pero no ahora, siempre a lo largo de su historia.

Rusia, en cambio, tiene un problema, y es el vacío. No existe una «Rusia vaciada» ni «vacía», porque Rusia siempre ha sido más páramo que urbe. Al principio, Rusia se centró en establecerse como un país europeo, centrado al oeste de los Urales. Sin embargo, los avances técnicos y científicos del siglo XVIII crearon un nuevo problema para la Rusia del zar Pedro I: la carrera por la expansión hacia el este era indiscutible, así como las posibilidades de recursos (que hoy sabemos fecundos y extensos), pero la población, especialmente en el área en contacto con Europa central, comenzaba a crecer exponencialmente. Surgieron tres problemas. El primero, el más evidente por aquel entonces, mantener una posición como país europeo y competir con otros imperios, como Austria, los otomanos, China y el reino de Suecia por convertirse en los amos del Gran Norte euroasiático. Este problema lo resolvió casi por completo Catalina la Grande. La segunda dificultad era cultural. ¿Qué posición debía tomar Rusia? ¿Parecerse más a Europa occidental, asemejarse a la diáspora de poblaciones minoritarias? Como eslavos, se asemejaban mucho a Polonia-Lituania y a otros territorios limítrofes. Inventar una cultura nueva no era cosa fácil. Hasta el final de la guerra contra Napoleón, Rusia se dividió en dos bandos, los aristócratas, afrancesados y afines a un europeísmo filoilustrado, muchas veces idealizado, y las clases populares, fueran o no étnicas, centradas en sus costumbres particulares. Pero a partir de la victoria de la Coalición en el periodo napoleónico se aprovecharon las circunstancias para crear un nacionalismo basado en la maquinaria bélica, en Rusia como una población unida en torno a su zar y a la idea de ser la «civilización». Este concepto es vertebral si se desea entender un poco mejor qué es Rusia. En esas latitudes, la civilización verdadera es Rusia. Ya no desean ser Europa, son Rusia. Europa, en cambio, es tamizada desde el sistema de valores de esa identidad nacionalista construida a marcha forzada durante los últimos doscientos años: débil, por desmilitarizada; decadente, por sus ideas éticas y civiles, que alejan a nuestra sociedad de la tradición, tan importante al norte; y envejecida. Demasiada poca población. Porque Rusia fue el país que supo convertir un problema en una virtud, casi siempre, de manera trágica.

Aquí llego al tercer tropiezo que los zares y la clase gobernante tuvieron que sortear. Desde el siglo XVIII en adelante, la población en Rusia comenzó a crecer vertiginosamente. Junto a la técnica del exilio, normalmente a tierras étnicas o a Siberia, una de las maneras de control social más habituales fueron las kártogas, un sistema carcelario, precursor del famoso y posterior gulag, que dominó como amenaza represiva desde el siglo XVII. En ellas, se concentraba a delincuentes junto con díscolos, enemigos políticos del régimen, revolucionarios y, también, miembros de grupos étnicos, religiosos o culturales, cuando el país atravesaba algún momento difícil con ellos. Rusia, como idea de civilización, ha distado demasiado de ser un ejemplo de refinamiento y mesura si se tienen en cuenta el empleo de técnicas de ejecución tan creativas como el paso entre filas (se situaba al reo entre dos filas de veinte soldados con la bayoneta del fusil calada y debía cruzar un cierto número de veces de lado a lado; obviamente, el reo no sobrevivía).

De los gulags se ha escrito mucho, pero apenas de las kártogas. El poeta y revolucionario judío Leyvik Halpern (1888-1962) narra en su obra En las kártogas del zar un necesario testimonio sobre el sufrimiento del exilio, la reclusión y los trabajos forzados en Rusia desde época zarista. Halpern vivió el doble proceso de represión. Primero, pasó seis años en una kártoga (como se menciona en la nota de los traductores, el étimo probablemente provenga del griego kartegon o embarcación remada por esclavos. Después, fue excarcelado y deportado a Siberia en una larga caminata a pie (un año). La obra posee momentos tan duros como de una sensibilidad destacable, sin perder demasiada objetividad. El relato de las vivencias del autor, tamizadas, sin la menor duda, por el paso del tiempo y la condición inherente de ficción que, por voluntad, despiste o creatividad mental siempre posee toda obra de carácter literario, muestra la maquinaria psicológica para despojar de dignidad humana a cada prisionero. Al mismo tiempo, la misma humanidad que es perseguida y que se intenta arrebatar aparece en los gestos de bondad, de solidaridad, de egoísmo o de traición que suceden entre los habitantes de las kártogas. En las kártogas, miles de seres humanos sufrieron la crueldad desmedida del ser humano, agonizaron bajo el frío y la enfermedad, se ayudaron y repudiaron mutuamente.

En un pasaje muy característico, desgarrador, donde muestra su fragilidad y algo más trascendental, cómo la vida nos reúne a aliados y adversarios en circunstancias parejas cuando menos lo pensamos -y, por tanto, se desvela la estupidez de la mayor parte de nuestras preocupaciones cotidianas y de nuestros rencores, siempre vacuos-, dice el autor: «¿Por qué estaba allí? Un judío, un judío revolucionario. No quería al zar. Quería la revolución. Quería cambiar el mundo. Un mundo nuevo. Quería seguir siendo poeta en lengua yiddish, inclinarme sobre una tabla y escribir, quitarme las cadenas y escribir poemas. Escribir poemas. El esbozo de todo un poema ya lo tenía bajo mi colchón. ¿Y él? Asesinó a cuatro personas. Una familia judía entera: padre, madre y dos hijas. Los descuartizó con el hacha. Y ahí estaba yo, pensando en él conmovido, casi con compasión. Un montón de carne humana que yacía a mi lado con una manta gris. Había descuartizado a cuatro personas y allí estaba: respiraba. Esas cuatro personas ya no estaban y él sí, él existía, él, la personita de rezar existía. ¿Por qué existía él?».

La obra, terminada en 1912, está dividida en dos partes, En las kártogas del zar y Por los caminos de Siberia. La belleza de este libro reside en la profundidad del reflejo humano que encierra. Lejos de cualquier atisbo de sensiblería, pero con una sensibilidad bien matizada y en un relato, más bien una confesión, bien estudiada, Leyvik rememora momentos de su infancia y juventud, preña al relato de pensamientos como el breve pasaje que he compartido en esta crítica y, además, incluye una hoja de ruta del difícil proceso. De esta manera, el autor consiguió construir un testimonio que trasciende la experiencia personal, siempre limitada por el peso de las impresiones subjetivas. Leyvik escribió una obra que recupera la memoria extraviada de miles de personas que pasaron por aquellos crueles presidios y que vivieron una exclusión dirigida y sin resquicios.

Con la publicación en castellano de En las kártogas del zar, Acantilado ha recuperado un testimonio imprescindible de la historia de Rusia y de la humanidad, un reflejo de la brutalidad que el ser humano es capaz de conferir a sus semejantes, pero también de su capacidad de resistencia, de esperanza y reconversión. La traducción del yiddish ha corrido a cuenta de Rhoda Henelde y Jacob Abecasís en un resultado impecable, que se lee gratamente y se disfruta desde la perspectiva lectora. Les recomiendo esta obra espléndida con pasión. No se la pierdan.