Horacio Otheguy Riveira.
Mérito notable realizar un ejercicio literario como este adscrito al género de novela negra, ya que, escrito aquí y ahora, la acción se desarrolla en un periodo de poscrisis de los años 30 entre California y Londres, ciudad ésta donde se asienta una trama de interés creciente con personajes y temas de colorido vigor. Un simpático detective metido —a pesar suyo— en camisa de once varas, rodeado de hermosas mujeres un día y otro también, a todas adora y de todas se cansa, entre soviets peligrosos, Scotland Yard, y otros buitres propios de aventuras peligrosas.
Lo importante es que si todos los ambientes recuerdan a los clásicos del género (Chandler, Hammett, Ross Macdonald, por ejemplo), la trama adquiere estupenda voz propia con el protagonismo de un simpático buscavidas, un detective que, no más empezar, encontramos en su posición ideal, «recostado en el sillón de mi despacho, con los pies elevados sobre el escritorio y un cigarrillo colgado de los labios. Leía con poco interés las noticias de la sección de sucesos de Los Angeles Times cuando el rostro y los hombros de Audrey asomaron por la puerta de la recepción. Era una joven de ojos verdes y sonrisa amable a quien había contratado un par de años atrás.
—Jack, ha llegado el señor Brown. ¿Quieres que le haga pasar?
—Claro, preciosa. Dile que entre.
Entró en el despacho con paso firme un hombre de estatura media y complexión ovalada, casi obeso, escaso de cuello, con una prominente papada que competía con su barriga. Su cabeza, redonda y calva, trataba de disimular lo inevitable con un peluquín de color gris que no lograba pasar desapercibido. Sostenía un bombín en la mano y vestía un traje negro, con un pañuelo vistoso adornando el bolsillo del pecho, una camisa blanca con gemelos de oro en los puños, y una corbata oscura, sujeta sobre el botón de la americana por un alfiler de diamantes. Su rostro impasible, mostraba una seriedad extrema, acorde con su indumentaria…
Me violentó sentirme observado por Brown durante unos segundos, que se hicieron interminabes, hasta que finalmente, se decidió a hablar:
—¿Y bien, señor Murphy? Dígame, ¿qué ha logrado averiguar?
Sacudí la cabeza, esbocé un débil sonrisa y le respondí:
—Le complacerá saber que, en realidad, no he averiguado nada. ¿Un trago?».
Pronto el señor Brown no se creerá que el encargo de descubrir a su mujer con un amante no diera resultado. También pronto el lector se imaginará que no encuentra nada sospecho porque en verdad el amante de la espectacular señora es el propio detective… Algo fácilmente reconocible que no impide, que la novela crezca estupendamente hasta instalarse en un Londres de abrumadora presencia para el ingenuo detective encargado de una misión que, a medida que circula se torna más peligrosa.
Los buenos terminan felices. Los malos también. Solo los tontos terminan arrepentidos. (Epígrafe muy acertado con esta frase de Oscar Wilde).

IGNACIO DEL BURGO (Pamplona, 1973) es abogado y letrado asesor de empresas. En su faceta de escritor, ha publicado las novelas «La conspiración del Temple» (2000), «Asedio» (2002), «Cae la noche sobre La Habana» (2023), «El trono en llamas» (2024) y «Demasiado tarde para huir» (2025). «El eco de la culpa» es su primera obra de teatro
«En Limehouse el aire estaba impregnado de salitre, carbón húmedo y algo más turbio que no alcanzaba a discernir. Se mezclaba con el humo de las chimeneas y el tufo del río. Era el tipo de barrio donde los barcos descargaban mercancías procedentes de medio mundo. Contrabandistas, buscavidas y matones se desenvolvían en la penumbra como si formaran parte del mobiliario urbano. Las farolas emitían una luz ocre, insuficiente para iluminar las calles empedradas llenas de baches y charcos de agua oscura. Desde luego, no era la clase de lugar donde una pianista famosa se hospedaría por elección propia. Algo no encajaba. ¿Qué hacía Linda en un barrio portuario como este?»




