La capital de España y alrededores con sus contrastes nos muestran cómo el urbanismo condiciona la forma de vivir en la calle.
Cuando miramos la evolución de Madrid, descubrimos que una parte importante de las viviendas que se construyeron fueron en las épocas de expansión que hubo en la segunda mitad del siglo pasado. El coche pasó a ser el protagonista y la ciudad comenzó a crecer hacia fuera.
Todo ello ha hecho que se cambie la forma en la que los madrileños la habitan. Hablamos de mayores distancias, un comercio de proximidad que va perdiendo fuerza y el día a día se organiza en base a vías rápidas y centros comerciales.
Esto ha hecho que los barrios más históricos y los ensanches del siglo XIX, de mayor densidad y con calles idealmente pensadas para caminar, nos proporcionen una experiencia distinta como peatones, en definitiva, la “vida de barrio” más tradicional, aunque cada vez está más en peligro por la turistificación y la gentrificación.
Lavapiés, Malasaña y la zona del centro
La mejor manera de ilustrar la tensión urbanística que hay ahora en la zona del centro son barrios como Lavapiés, Malasaña o Chueca, que han pasado de ser zona de barrio obrero y de escaso valor, a centro de nuevas culturas urbanas, escena artísticas o de movimientos sociales, así como más tarde, a un destino deseado por las clases medias de mayor creatividad.
El relato de la recuperación o de la revitalización de estas zonas convive con otro bastante más incómodo como es el de los vecinos que son incapaces de asumir el aumento del alquiler o el cambio de los usos del barrio.
Existen estudios como el de la Universidad de Valladolid que hablan sobre la gentrificación en Madrid. Este topo de procesos no solamente hablan de fachadas pintadas y cafés nuevos, también del desplazamiento de la población y de la profundidad de los cambios que se están produciendo en cuanto a población y de composición social.
El barrio de Lavapies, por ejemplo, ha llegado mucho turismo y esto ha hecho que las viviendas de utilización turística hayan acelerado un cambio progresivo que ha hecho que el barrio ya no sea el mismo. En él se debe negociar de manera constante entre la memoria popular, la vitalidad multicultural y la presión económica que hace que sean un escaparte de la ciudad a nivel global. La identidad del barrio no solo la definen los residentes históricos, también los nuevos vecinos, los visitantes temporales y el propio mercado inmobiliario.
Expansión hacia el sur y la periferia
El centro no es solo el único escenario del cambio, puesto que la revalorización urbana ha hecho que otros barrios clásicos de la periferia como Usera, Carabanchel o Vallecas, estén viendo llegar nuevos perfiles de residentes, aumento de los precios y debates sobre qué se puede hacer para mejorar un barrio.
Un ejemplo lo tenemos en Carabanchel, donde hay una nueva zona de lo más creativa, donde lo que eran antiguos espacios de carácter industrial han pasado a ser talleres o estudios creativos. Eso sí, el propio mercado ha hecho que esas naves y solares hayan pasado a ser buen caldo de cultivo para operaciones inmobiliarias.
La Moraleja, un caso particular
En Alcobendas una población situada al norte de Madrid capital, se encuentran una serie de urbanizaciones del más alto nivel social y económico. Una de las principales es La Moraleja. Esta es una urbanización residencial de lujo que tiene más de ocho décadas de historia.
Sus orígenes datan del siglo XVII, cuando era una finca de caza. En el siglo XX pertenecía a la familia de la marquesa de Aldama, la cual propició el impulso como ciudad jardín en 1946. En ella se construyeron chalés unifamiliares rodeados de multitud de zonas verdes e intentó en la década de los 90 del siglo pasado independizarse de Alcobendas por la escasez de inversiones municipales, aunque al final se paró este proceso.
En la actualidad, podemos decir que el entorno residencial de La Moraleja sigue siendo un símbolo de exclusividad, la cual se asocia con la aristocracia y la élite económica española.
¿Qué ocurre con los nuevos barrios?
Existen otros desarrollos denominados PAU, que suponen una nueva forma de habitar la ciudad. Son calles amplias, con grandes avenidas, bloques aislados y mucho espacio que contrastan, al mismo tiempo con una sensación habitual para los que pasean por estos barrios: poca vida y lugares en los que se crucen las personas de manera espontánea.
Hay urbanistas que dicen que estos barrios son zonas que funcionan como islas, donde hay poco comercio de proximidad y espacios públicos sobredimensionados que no se llenan de actividad en el día a día.
Estamos ante unas zonas en las que la ciudad depende más del coche y hay una menor mezcla de usos y menos oportunidades para los encuentros informales, lo que define el sentido de comunidad.
Habitabilidad en tiempos de grandes contrastes
Todas las capas de las que hemos hablado, al final, coexisten en Madrid y son parte del día a día de las personas que las habitan. En Madrid no se vive igual si se comparte un piso turístico en la zona de Malasaña que si se vive en un Pau o en La Moraleja.
El urbanismo no solamente diseña edificios y calles, sino también formas de vida. Las tramas densas y mixtas hacen que las personas solucionen muchas cosas caminando y se generen lazos entre las personas. En el caso de las ciudades dispersas y por zonas, se suelen fragmentar en tiempos y espacios: la casa en un lado, el trabajo en otro, el ocio en un centro comercial y el paseo en un parque más o menos aislado.
Lo cierto es que las políticas públicas, los planes que se realizan en lo urbanístico y las decisiones individuales sobre dónde vivir, lo que consumir y cómo hay que moverse, lo que hacen es alimentar los diferentes modelos.
En los próximos años se impone una pregunta que puede que sea no solo cómo se crece, sino cómo se debe cuidar, densificar y recomponer lo que ya tenemos. En resumidas cuentas, no olvidar que las ciudades deben ser habitables y que se debe luchar por tener un modelo racional que cuide lo que funcione, revisando todo aquello que sea susceptible de mejora.


