David Lorenzo Cardiel.
¿Qué tienen en común el dios egipcio Osiris, el sacrificio de Alcestis y la búsqueda sin fin de Gilgamesh? ¿Acaso Narciso, Caín y Maui son parientes mitológicos, a pesar de la distancia cultural y geográfica de las civilizaciones que los inventaron? Sí hay un rasgo transversal que, con el tiempo, hemos olvidado, y es que todos los mitos nos cuentan relatos, unas veces ejemplarizantes, otras veces limitadas a observaciones sobre el contexto humano y natural, pero con un gran valor humanístico. He de recordar al lector que cuando se gestó el cuerpo mítico de las culturas antiguas lo hizo en un periodo histórico en el que la transmisión del saber era oral y no existía educación reglada. Salvo en las ciudades y los grupos sociales pudientes, la mayor parte de la población permanecía en una diáspora identitaria, más vinculada a las normas morales de la aldea que a los designios de señores y reyes. Hammurabi construyó el primer código de leyes que conocemos (c. 1.750 a.C.): grabó sus designios en piedra. La mayor parte de esas «normas» resultan, leídas con los ojos de nuestra época, obviedades, un equivalente a los Diez Mandamientos que recibió Moisés de parte de Yavé para el pueblo hebreo. La tensión entre la «costumbre» local y la «ley» fue reconocida en la China antigua como una disputa de difícil resolución que los Legistas, un grupo de eruditos equivalente al de nuestros especialistas en Derecho, salvando las grandes distancias, a nuestros juristas, condujeron a un breve reinado del terror que terminó con ejecuciones sumarias de enemigos del orden establecido y una miserable quema de libros. Nombro China porque da una pista del libro del que voy a hablar, aunque en él se hable muy poco del país asiático: a falta de mito, de relato, hay filosofía, hay pensamiento. Esta realidad estuvo tan vigente hace miles de años como a día de hoy.

Todas las culturas antiguas que conocemos comparten unos mismos arquetipos (Mircea Eliade dixit), unas construcciones mentales que reflejan estados de la psique humana, o bien representaciones de disposiciones del individuo, de la adversidad, de las consecuencias de actos comunes. El mito fue el conocimiento básico durante miles de años, muy asociado a la religión, hasta que la reflexión, con el dominio del pensamiento abstracto, los transformó en filosofía y ciencia. Pero los mitos que han llegado hasta nosotros preservan la esencia pura de la naturaleza humana, un código de conducta que, en nuestros días, hemos olvidado y merece la pena recordar.
Revivir el mito y acercarlo al lector de nuestro siglo es el objetivo que pretendieron Liz Greene y Juliet Sharman-Burke, especialistas en Psicología. En su último libro publicado en castellano, Sabiduría mítica, publicado con exquisitez de la mano del sello madrileño Errata Naturae, abarcan diversos arquetipos y han seleccionado una serie de mitos de diversos continentes y culturas. Los hay de Oceanía, de África, de Europa y de América. Los hay tristes y hermosos, bastante desconocidos y bien sabidos (como el de Parsifal, por ejemplo). El libro es hermoso y se revela una grata lectura por la cantidad de mitos que abarca más de cincuenta mitos donde hombres y mujeres, algunos puede que reales, otros de fantasía, se entremezclan con las fuerzas de la naturaleza en una búsqueda perenne del hilo conductor que nos vincula a través del tiempo tanto con nuestros ascendientes como con nuestros descendientes. Las autoras no explican los mitos contando una extensión exagerada, sino centrándose en el aspecto psicológico y resumiéndolos en poco más de dos páginas, lo que facilita, en mi parecer, el acceso al corpus mitológico universal para el lector que no esté familiarizado con la dureza de textos clásicos. Por escoger algunos, elijo el bellísimo episodio de la Epopeya de Gilgamesh donde el rey divinizado mesopotámico intenta revivir a su amigo y compañero de batalla, Enkidu, en un viaje al mundo de los dioses, donde la tabernera le explica que la vida humana está limitada con los siguientes versos, que en este libro aparecen recogidos en una traducción bastante correcta: «Gilgamesh, ¿adónde te diriges?/ No hallarás lo que buscas./ Cuando los dioses crearon a los seres humanos,/ les asignaron la muerte a los mortales,/ reteniendo el secreto de la vida en sus manos./ Llena tu vientre, Gilgamesh,/ y haz una fiesta cada día./ Día y noche, baila y juega./ Báñate, hazle caso al niño que te coge la mano,/ y deja que tu esposa se deleite sobre ti./ Pues esta es la tarea de la humanidad». [Personalmente, prefiero esta traducción, mía del original, y no la que probablemente proviene del inglés, tomada de alguna edición canónica de la Epopeya y adaptada a una mirada del mundo muy concreta: «Gilgamesh, ¿adónde te diriges?/ Lo que buscas no lo vas a hallar./ Cuando los dioses crearon al ser humano/ les asignaron la muerte como final/ reteniendo el secreto de la vida para ellos./ Goza los manjares, Gilgamesh,/ celebra cada jornada./ De día y de noche, baila./ Aséate, juega con el niño que te coge de la mano y haz el amor con tu esposa:/ esta es la tarea que tiene encomendada la humanidad»]. O la historia de la amantísima Alcestis, que trasciende los pueriles límites del egoísmo y, en un acto de amor universal, más allá de la lealtad al marido, decide sacrificarse a cambio de devolverle la vida a su pareja (según la versión, el relato tiene final feliz, spoiler).
Hay, al menos, medio centenar de razones para leer Sabiduría mítica. Sólo adolezco el exceso de mitos griegos y la falta de egipcios, mesopotámicos, indios (de la India, aclaro) y orientales (China y Japón). El libro está espléndidamente traducido por Mario Lamberti. Les recomiendo esta lectura que se disfruta, de la que se aprende y de la que, dulcemente, no se regresa igual que se ha iniciado. Porque, recuerden, como dijo la diosa tabernera al rey-héroe Gilgamesh, la tarea de la humanidad es vivir su existencia con el gozo de la felicidad de ser consciente de la belleza de cada instante en que respira. Háganlo, y háganse con este libro rutilante.

