JOSÉ LUIS MUÑOZ

No siempre bastan las buenas intenciones en el cine o en la literatura. El mensaje de denuncia social, en las artes narrativas que quieran esgrimirlo, debe ser impecable en el fondo, pero también en la forma. De no ser así, se cae en el panfleto.

Esta reflexión viene al hilo de la galardonada película iraní Un simple accidente que obtuvo la Palma de Oro en el pasado festival de Cannes y se postula para el Oscar a la mejor película extranjera que muy probablemente consiga porque su director Jafar Panahi, como represaliado por el régimen teocrático iraní, centra su película precisamente en eso, en la represión salvaje con que se oprime cualquier tipo de disidencia en esa teocracia fascista y sanguinaria.

La trama es simple, esquemática resaltaría. Un coche averiado, el simple accidente del título del film, va a parar a un taller perdido y el mecánico de ese establecimiento cree reconocer en su lisiado conductor que camina con una prótesis en la pierna, a su temible torturador y lo secuestra para vengarse de él, pero no está seguro de su identidad y recaba el testimonio de otras tres víctimas más (una fotógrafa, una novia a punto de desposarse, un amigo de la primera) para asegurarse de que su prisionero es quien sospecha que es.

Existe un principio en la literatura y en el cine que se llama verosimilitud, que el escritor o el director de cine te cuenten algo que sea creíble. Jafar Panahi prescinde desde el minuto cero (ese presunto perro que atropellan en una carretera en una larga secuencia de cámara fija) de ese principio: el secuestro del verdugo por su víctima se produce a plena luz del día; el cajón de madera en el que es introducido no reúne las medidas necesarias; las supuestas víctimas, escogidas aleatoriamente, casualmente conocen todas al verdugo). Hay un momento, cuando el grupo secuestrador socorre a la mujer del secuestrado que a punto está de dar a luz o esos dos policías aceptan a ser sobornados con datáfono, que la película parece hacer un giro hacia la comedia. ¿Voluntario o involuntario?

Un buen número de críticos defiende el planteamiento narrativo de Jafar Panahi y lo sitúa en el teatro del absurdo reivindicando a Samuel Becket. La película es esquemática, las interpretaciones son infaustas sencillamente y la trama hay que cogerla con pinzas: teatrillo de aficionados. Con temática similar, la de la víctima que reconoce a su verdugo años después de haber sido torturada por él, Román Polanski rodó la soberbia La muerte y la doncella y Liliana Cavani su perturbador Portero de noche, ambas a años luz del film iraní.

Tengo la sospecha de que la sobrevaloración del cine del país asiático, presente en casi todos los festivales y frecuentemente premiado, tiene más de compromiso político que de arte en sí. Un simple accidente compitió, y ganó, por la Palma de Oro en el pasado festival de Canne con Sirat y lo volverá a hacer con la película de Oliver Laxe en los Oscar de Hollywood. Las comparaciones resultan odiosas.